MisHistorias
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Temática: Literatura y cómics
Para dejar volar tu imaginación :)
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08-10-2012 / 16:31 h#1
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En este capítulo se presenta la que es para mi la mejor raza de las que he creado, Los Desterrados. Espero que lo disfruten. También he querido quitar "poder" a Jollen, ya que puede parecer que se ha hecho muy fuerte y tal, y quería demostrar que aún no, que le queda un gran camino por recorrer y que muchos le pueden superar con facilidad este es el 2º capítulo más largo que he hecho de los 20 que llevo escritos con 21 páginas . Gracias por leer
Capítulo 16: Madera Tras salir del bosque de madera de Hayas, Ser Barringan, Ser Claudio y Ser Niggle se dirigieron al Palacio. Lo acaecido en el bar les seguía comiendo los pensamientos, mermándoles la razón lentamente. Cuando Ser Barringan copio el broche, los tres Caballeros salieron corriendo a perseguir al “Asesino de Corriente Marina”. Le persiguieron por toda la ciudad, pero al llegar al bosquecillo de Hayas que se cernía alrededor de la ciudadela, protegido por la cóncava muralla, el Asesino desapareció. Volvieron sobre sus pasos, exhaustos tras la carrera, aquel hombre de la mascara de hierro sin duda tenía una velocidad sobrehumana. Ser Barringan miraba el broche de metal, con una ola grabado en él. Lo reconocía, era el símbolo de la ciudad “Corriente Marina”. Aquel asesino no la podía haber dejado caer así como así, lo había echo a posta. Ser Barringan estaba seguro incluso de que había matado al guardia solo para que ellos se dieran cuenta de su presencia. Le gustaba jugar con ellos a pillar al gato. Se divertía, para el solo era eso, un juego de niños, solo que el niño ya había matado a cerca de 20 personas. Iban a ver al Rey para que les permitiera partir hacia Corriente Marina en busca del Asesino de la Daga. Sin duda Ser Barringan sabía que tratar de convencer a su amigo Adriel era una tarea harto complicada. Los tres se dirigían al Palacio por la calle principal. La Luna ya estaba encima de ellos, tan grande como siempre, y al reflejar su luz plateada con la armadura negra de los guardianes, estas brillaban ciegamente c, proyectando alargadas sombras por el suelo de piedra deforme de la Capital. Las tres capas plateadas ondeaban al son de la leve brisa que soplaba. El tejido plateado brillaba aún con más fuerza, creando el ilusionismo de que las capas ondeantes eran más largas de lo habitual. Visto por cualquier otra persona ajena a la situación, los tres “Ser” parecían demonios viejos y ataviados de negro bajo la luz de la Luna. El Palacio rara vez estaba en silencio. Siempre se podía escuchar el herrero del armero Real en la armería, creando alguna arma bella y poderosa, o el sonido de los niños entrenando para ser Caballeros, el de las niñas cosiendo y el de las señoras contándose los cotilleos del Reino incluso a veces con sus sirvientas, o el de los Nobles caminando y enseñando sus lujosas y vírgenes armaduras de plata, que nunca usarían para luchar en una Batalla, pero si para huir de esta. Pero esa noche, el palacio estaba sumido en el más absoluto y terrorífico de los silencios. No se oía a los grillos que emitían su armoniosa canción apoyados en sus verdes tronos de hojas, tampoco se podía oler en el aire el olor a la comida que servían los sirvientes para ellos mismo, que consistían en un caldo que contenía más agua que comida, y que llevaba los restos de los huesos con algo de carne de pollos o corderos que habían dejado los Nobles en su cena. Las luciérnagas, que solían vagar por el patio de Leyendas, como estrellas flotantes que habían perdido el rumbo en el cielo y que buscaban el camino a casa, hasta ellas parecían dormir aquella noche. Si Ser Barringan no hubiera visto a los Guardias apoyados en los muros del Palacio ni en las pequeñas almenas, habría pensado que todo se había convertido en una fría tumba de piedra amarilla que esperaba su regreso. Las puertas se abrieron y un mayordomo con cara adormilada les dio la bienvenida y les guió. Por primera vez en todo el trayecto, Ser Barringan se preguntó cuanto tiempo habían pasado bebiendo en aquella taberna. Sus dos compañeros se habían recuperado de la borrachera por los acontecimientos sucedidos en la taberna, pero aún se tambaleaban levemente mientras caminaban por el oscuro pasillo que llevaba hasta los aposentos del Rey. Al doblar una esquina, Ser Barringan se dio cuenta de que la puerta a la habitación de trabajo de su amigo Adriel estaba entreabierta, pero no le dio importancia, su Rey a pesar de ser muy inteligente, siempre se olvidaba de cerrar las puertas, ventanas y libros, al caballero no le extrañaría que un día se olvidara de donde había puesto su cabeza. Rió hacia sus adentros al imaginarse tan desastrosa y divertida situación. Les guiaron a través de unas pétreas escaleras de caracol, que daban lugar a la puerta de los aposentos del Rey. El mayordomo tocó la puerta tres veces, con educación, pero no por eso sin aminorar el sonido. La voz de Adriel contestó desde el otro lado de la puerta, invitándolos a entrar con un brusco gruñido. Al parecer, al Rey se le olvidaban los modales cuando se despertaba. La habitación era una rectangular estancia. Las paredes de piedra gris y amarilla, adornadas con tapices de seda verde que contenían escenas de la historia del reinado de Adriel. Ser Barringan se alegró al ver que una de ellas era la de su amigo nombrándolo Caballero de la Guardia Real. La habitación tenía diversos muebles de madera de Cedro, como mesas y armarios, que contrarrestaban en su color marrón suave con las del fuerte negro de la madera de Ébano, que era la madera con la que estaba construida la cama y una mesa. Todos los muebles de la estancia estaban adornados ricamente con Pan de Oro en grandes cantidades, forrando muchas partes de los muebles, y incrustaciones de Oro de verdad en menor cantidad. El Rey yacía con su esposa, de 38 años, la hermana de Ser Barringan, Lady Marie. Ambos estaban tapados por densas sabanas de seda escarlatas que les protegían del viento mordaz que soplaba a través de la ventana abierta, que daba a un pequeño balcón de piedra. La Reina, al ver a su hermano, sonrió complacida. - ¿Qué es lo que queréis? –soltó el Rey con el ceño fruncido- Por si no veis, mi señora esposa y yo estábamos durmiendo placidamente hasta hace unos momentos. Ser claudio tomó las riendas de la situación que había comenzado de manera tan brusca. - Perdone, Mi Señor Rey –dijo, y mirando a Marie añadió- Y mi señora Reina. Hemos de comentarle un asunto de máxima urgencia. Marie se incorporó de la cama ante que su esposo. Tapaba su cuerpo desnudo con las mantas de la cama. Ella siempre había sido una mujer bella, pero a ojos de Ser Barringan, la edad había echo que esa belleza se acentuara aún más. De ojos almendrados y felinos, un pelo largo, ondulado y de un marrón rojizo, que le confería la apariencia de gato, acentuada por las mejillas hundidas sutilmente y los pómulos marcados sobre su piel lisa y blanca, aún sin atisbo de arrugas. Su sonrisa hacía que hasta el frío corazón de Ser Niggle se calentara. En todas las batallas ella era la fuente de inspiración de los guerreros para ir a la guerra, para proteger a su señora y a su blanca sonrisa. Su hermana era de las pocas personas que tenían el don de caer bien a cualquiera, no importase su edad, sexo o puesto social. Ese don, que no compartía su esposo, era el que la había llevado a ser la Reina, enamorando el corazón de un entonces joven Adriel. - Comentadnos pues, buen Caballero, ese asunto tan urgente –dijo con delicadeza, aunque algo de cansancio, inundando toda la estancia con una de sus sonrisas. - Como queráis, mi señora –continuó Ser Claudio, algo sonrojado, Ser Barringan no sabía si por la desnuda presencia de su hermana, tapada solo con unas mantas, o por el alcohol que aún no se le había bajado de la cabeza- Hoy comenzamos la búsqueda del artífice del asesinato de los 6 guardias, con la pista de que posiblemente fuera el “Asesino de Corriente Marina”. Al caer la noche, y sin ninguna pista, nos reunimos en una taberna. El viejo caballero obvió la parte de la borrachera con cierta maestría. - Estábamos por reanudar nuestra investigación cuando un joven Caballero cayó muerto ante nuestros ojos, ante los ojos de todas las personas que se encontraban en aquellas tabernas. La muerte fue a causa de un dardo envenenado –miró a Ser Barringan para que continuara. - Yo pude ver al agresor. Era un joven de mediana estatura, que vestía una tunica con capucha y una mascara de hierro que le cubría de la nariz hacia arriba….- se paró un momento para dejar que las palabras fluyeran más cómodamente a través de su boca- Por taba una daga de oro, con incrustaciones de Rubíes –consiguió decir- Al irse, nos dejo esto. Le tiró al Rey el broche de metal con cierta insolencia, pero dadas las altas horas de la noche y la fuerte amistad que les unía, el Rey se lo perdonó. La examinó y sopesó en su mano, hasta que reparó en el símbolo de la ola. - Es…la insignia de “Corriente Marina” –dijo con cara de asombro. - Así es, mi Rey. Queríamos pediros permiso para que nos deje partir hacia allí de inmediato con tal de atrapar a tan sanguinario asesino. Si nos dá su aprobación, mañana ya estaremos saliendo por la puerta de la muralla de la Capital. Toda la curiosidad del Rey se desvaneció, y pronto se enrojeció de furia: - ¡Acaso piensas que dejare que mis tres espadas más veteranas abandonen sus posiciones solo para cazar a un vulgar asesino! – el sueño y la furia habían podido con la frágil paciencia del Rey Adriel. - No es un vulgar asesino, mi Rey, ha matado al menos a 20 personas, que sepamos. Es astuto como los zorros y se esconde entre las sombras para atacar a su victima, no es alguien normal –contestó Ser Niggle con su sonrisa negra. - Además –dijo la Reina, Lady Marie, que hasta entonces no había entrado en la conversación- Que alguien como él entre en la ciudad sin ser visto y asesine fácilmente a 6 de nuestros guardias, desde luego pone en entredicho la defensa de nuestra amada Capital y la maestría de nuestros caballeros, esposo mío, ese honor hay que repararlo –dijo mirando con ternura a Adriel. Ser Barringan se alegró de que su hermana estuviera de su parte. De acuerdo –dijo el Rey al fin- Podréis partir mañana al alba, pero os advierto, en 6 días de Luna y tres de Sol tendréis que estar aquí, con o sin él. Si no, en lugar de su cabeza, pondré las vuestras en la guillotina –amenazó el Rey sarcástico y de mal humor. Y así, al día siguiente, con la Dama Luna guiando sus pasos, partieron los tres Caballeros a lomos de tres blancos caballos, con rumbo hacia Corriente Marina y con la intención de cazar al “Asesino de la Daga”. Madera negra, era lo único que Tyron veía mientras caía. El Bosque Crepúsculo se extendía ante él, y ni las altas y picudas murallas de Punta Lanza podían tapar semejante belleza. Caían precipitadamente, pero ninguno de los dos gritaba, no se atrevían. Tyron no podía apartar la vista del suelo, que se iba se cernía ante ellos cada vez más cercano, Tyron comenzaba a poder ver las piedras que componían el camino ennegrecido. De pronto, todo se volvió fuego. Tyron lo vio todo, la hermosa Punta Lanza consumida por las llamas. Sus grandes y afilados colmillos de poco le servían contra tal diabólico enemigo. Y de entre los escombros de cenizas y almas, salió una figura que se dirigía hacia él. Se detuvo a escasos metros, para que Tyron la pudiera ver bien. Era Tyrell, su hermano. Tenía la piel pálida como la nieve, los ojos amarillos y llenos de odio, y su rizado pelo negro se había vuelto de un rubio ocre, sin vida. Le sonrió y abrió la boca, pero ningún sonido salio de esta, solo un rugido tan fuerte y profundo que sacó al propio Tyron de su visión. El Caballero pudo ver un saliente en forma de ventana picuda, saliendo de la pared, que estaba a unos 2 metros de su izquierda. Sabía lo que debía hacer para sobrevivir. Dejo que el viento se hiciera uno con el, y el viento le contestó con gratitud ante tal honor. Una ráfaga de viento proveniente del este los sacudió, desplazándolos levemente hacia la izquierda, pero lo suficiente para que Tyron aprovechara la oportunidad. Se movió con Lady Alice, realizando piruetas en el aire hasta estar en la posición de la ventana saliente, encima de esta. No calculó bien y se pasaron de largo, solo unos centímetros, así que Tyron estiró el brazo para poder agarrarse al saliente. El dolor apareció al instante, tan desgarrador como una daga clavada en la barriga. A su vez, un sofoco comparado al de mil antorchas le empezó a subir a través del brazo. Tyron gritó, pero aguantó. El suelo quedaba ya a unos 5 metros. Se sintió idiota, por mucho que hubiera caído en la ventana, una altura de quince metros los habría matado igualmente, y toda aquella altura lo había pagado su brazo izquierdo. Se descolgó y aterrizaron en el suelo de forma violenta. Alice le sujetó para que no se cayera de rodillas al suelo. - te has descolocado el brazo, idiota, ¿Nunca piensas? – le dijo enfadada, pero Tyron pudo leer en sus ojos el agradecimiento. Colocó su mano alrededor de la espalda, agarrándole el sobaco, y le ayudó a caminar. - No tenemos mucho tiempo, pero al menos la parte difícil ha pasado –susurró. La noche era estrellada, y la Luna se cernía en el centro, proyectando las afiladas sombras de punta lanza por todo el campo. Cruzaron el jardín y se apoyaron en una pared de la muralla. No había nadie, pero ya se oían pasos que iban hacia donde estaban ellos. Lady Alice se sacó una llave de el sostén, con cara pícara y Tyron sonrió ante la astucia de la Reina de Punta Lanza, por mucho que la secuestrasen, si osaban violar a una noble, sin duda el Reino se cernería sobre Fortaleza torre, así que los pechos eran el mejor escondite para guardar algo valioso. Metió las llaves en un hueco de la pared y la giró, al instante, esta se movió hacia adentro. - Deprisa –dijo ella agarrándole. Los pasos estaban cada vez más cerca. Tyron se sorprendió ante la nueva salida secreta. Punta Lanza era un laberinto de pasadizos secretos y puertas ocultas con las cuales se podía atajar, esconderse o coger a los enemigos por la retaguardia. Muchos de los caminos llevaban afuera del prado, a unas cuevas cercanas a Punta Lanza, así permitían a los soldados coger a los enemigos desprevenidos. Pero solo los Nobles de Punta lanza se sabían todos los pasadizos secretos, entre ellos los de huida, como el que estaban cruzando ahora, mientras que a los soldados y guerreros solo se les daban la ubicación de un par de pasadizos para atacar, y a los Caballeros se les daba otros tantos más, pero aquel era nuevo para Tyron. Cerraron la puerta detrás de ellos y avanzaron por un estrecho y oscuro pasillo.- Caminaban lentamente, sin miedo, nadie podía cogerles ahí. Palpaban las paredes para guiarse, hasta que llegaron a un punto muerto, donde se encontraron una pared delante de ellos. Lady Alice extendió el brazo hacia arriba y encontró una cerradura oculta en la oscuridad. La abrió y tiró fuertemente hacia arriba. El techo se movió y salieron a dar al prado, justo al lado del Bosque Crepúsculo. Al otro lado de este se cernía el Camino Real. El Bosque Crepúsculo era larga extensión arbórea, que casi duplicaba en tamaño al Bosque Real. Los árboles del bosque eran de un profundo color negro. Los troncos se cernían como sombras en la oscuridad, y las hojas parecían figuras de carbón que ondeaban al viento. El Bosque Crepúsculo alcanzaba su máximo esplendor cuando el Sol del atardecer rozaba las negras hojas, y los filos de estas cobrabas un vivo color naranja, calido. Entonces, el oscuro bosque parecía cobrar vida. - No debemos perder el tiempo, cuanto antes nos encontremos con ellos, mejor –dijo Lady Alice comenzando a caminar- Si logramos que nos ayuden, tal vez te curen ese brazo –añadió intentando animar al Caballero. - Eso es solo si nos ayudan y no nos matan en cuanto nos demos la vuelta – contestó Tyron con voz caída a causa del dolor- Odian a cualquier ser humano, y más a ti, que eres de la estirpe que los desterró en este oscuro Bosque –dijo Tyron, faltándole el respeto, pero ella no pareció ofenderse. Los Desterrados era un clan de sombras que vagaban por los Bosques. Se decía que alguna vez fueron humanos, pero que las artes oscuras los hicieron sucumbir, y el entonces Lord de Punta Lanza los mandó a exiliar al Bosque Crepúsculo, lejos de cualquier mirada humana. Se decía que desde ese día, el Bosque, que hasta entonces había sido verde claro, comenzó a tornarse negro. Se adentraron en el Bosque, intentando no hablar. Tyron no reconocía que árboles eran aquellos, tampoco sabía con certeza si estaban vivos o muertos, pero poco le importaba en ese momento. El Caballero se preguntaba como serían Los Desterrados, hacía más de un siglo que nadie había visto sus rostros, ya que cualquiera que se internara en el Bosque, jamás había vuelto a salir. Tyron pronto comprobó a donde habían ido a parar las personas que habían entrado. Según avanzaron, tropezaron con un árbol, al que estaba atado un esqueleto de hombre, aún con la ropa puesta. El hueso ya era grisáceo, debía de llevar tiempo allí. Siguieron avanzando, cada vez habían más esqueletos atados a los árboles, diez, once, doce, trece….Lady Alice se llevó la mano a la boca, por fin había comprendido que terrible decisión había tomado al entrar al Bosque Crepúsculo. - Debemos marcharnos de aquí lo antes posible- susurró mientras se daba la vuelta. - Me alegro de que estemos de acuerdo –contestó Tyron mientras ambos ya empezaban a caminar de vuelta lo más rápido que podían, sin levantar ruido. Se habían internado en lo más profundo del Bosque y les costaría salir. Tyron escuchó el sonido de una leve brisa que sorteaba los troncos negros que se cernían alrededor de ellos. Cuando tocó la piel de Tyron, este se estremeció, estaba tan fría como el hielo. Supo enseguida de que no se trataba de ninguna brisa, y desenfundó con la mano derecha a Matalobos. - ¿Qué ocurre? –dijo Alice, asustada al ver al Caballero. - Me temo, mi lady, que nuestros anfitriones ya nos han encontrado. De pronto, una polvareda negra apareció al lado de Lady Alice, y comenzó a tomar forma humana. Esta intentó huir, pero se encontró con otra enfrente ella. Tres más se sumaron, y al final cinco figuras se cernían alrededor de ellos. Tyron sujetó fuertemente el mango de Matalobos ante los extraños seres que se encontraban enfrente suya. Llevaban mantas grises ennegrecidas, que estaban echas jirones. Sus brazos estaban envueltos en vendas grises y desgastadas, largas cadenas y afilados cuchillos se asomaban por las manos, de un color negro carbón. Una capucha tapaba sus rostros dejando al descubierto poco más que la barbilla, pero la manta no tapaba más que hasta el pecho, dejando al descubierto parte de los pectorales y el tronco de aquellos seres. Eran increíblemente negros, un negro que hasta parecía brillar y reflejar todo lo demás, un negro aún más profundo que el de los árboles de aquel maldito bosque. Llevaban unas faldas de armaduras que les cubrían la cintura hasta las rodillas, casi tan negras como su piel y que estaban también vendadas. Iban descalzos, con sus pies de carbón y unos anillos dorados alrededor de los tobillos. Pisaban la el fino manto de hojas negras que cubría el bosque y cada paso que daban no hacían el menor ruido. Aquello era lo que sacaba de quicio a Tyron. - Somos Los Desterrados, guardianes de Bosque crepúsculo –dijo el que estaba enfrente de Tyron, con una voz profunda y llena de odio. - ¿Quienes osan adentrase en nuestros dominios?¿Acaso viajeros que han perdido el rumbo o…simples almas que vienen a morir en paz? –continuó una segunda sombra, que dejó ver una sonrisa diabólicamente blanca, que resaltaba contra la oscura piel. - Este es Ser Tyron, y yo soy Lady Alice, Reina de punta Lanza –dijo con seriedad Alice, aguantándose el miedo. Las cinco sombras dejaron escapar un rugido y se miraron unas a otras. - ¿Y que hace una Reina de Punta Lanza aquí? –dijo una tercera sombra con visible odio. - Venimos a imploraros que nos ayudéis en una Batalla que se está desarrollando en estos momentos. Ayudadnos a proteger Punta Lanza –dijo Tyron, que creyó que en esos momentos lo mejor era ir al grano, pero pronto vio cuan equivocada fue su decisión. Las cinco sombras comenzaron a reírse con voz de ultratumba. - ¡Ustedes, malditos humanos, nos desterrasteis aquí! ¡Éramos hermanos, pero nos desterrasteis, y no volvisteis a mirarnos! –dijo una cuarta sombra, cada vez más furioso- ¡Y os atrevéis entrar a nuestros dominios y pedirnos que os ayudemos!¡Antes devolvednos nuestras vidas, devolvednos nuestra piel humana, devolvednos nuestro honor! - El honor solo lo consigue aquel que se lo merece –le espetó Tyron. Lady Alice le miró con los ojos desorbitados, faltar al respeto era sin duda lo peor que podía haber echo. - ¿Enserio?¿Tu nos vas a hablar de honor, Ser Tyron?¿Acaso no has sido expulsado del castillo de Punta Lanza? -dijo la quinta y ultima sombra. Tyron se quedo helado –dijo la primera sombra. - ¿Como lo sabéis? –inquirió sin aparentar la sorpresa. Las cinco sombras sonrieron. - Nosotros…lo sabemos todo – dijeron las cinco sombras al unísono. - Cualquier ojo, de cualquier ser vivo, es nuestro ojo –dijo la quinta sombra, que empezó a caminar alrededor de los dos invitados- Cualquier acontecimiento, pasado o futuro, cualquiera, lo vemos. - Cualquier voz nos pertenece –dijo la segunda sombra, que comenzó a caminar junto a la primera. - Cualquier sangre derramada es nuestra sangre –dijo el tercero, sumándose al coro. - Cualquier hijo humano que nace, es nuestro hijo – dijo el la cuarta mientras comenzaba a caminar junto a sus tres compatriotas. Una leve brisa fría se levantó de golpe. - ¿No lo entiendes, joven humano? –dijo la primera sombra, que comenzó a moverse- Nosotros lo somos todo, la discordia entre la vida y la muerte, la llama negra que nunca se extingue. Nosotros controlamos la vida de cualquiera…incluida la de u hermano Tyrell. La imagen de su hermano frente a las llamas de Punta Lanza le recorrió la cabeza a Tyron. Con un rugido se lanzó hacia los cinco Desterrados. Ellos se desvanecieron en el aire. Tyron registró todo, una ligera brisa le toco la mejilla derecha. Lo adivinó, y realizó un barrido en aquella dirección. Una pesada cadena de plata paró la espada. Tyron gritó con más fuerza, para disipar todos sus temores, y ante la mirada de Lady Alice, que no se movía de su sitio, sin saber que hacer, se dirigió hacia la sombra. Cuatro brisas más se asomaron a su espalda, pero para cuando se dio la vuelta, ya estaban agarrando a la Reina de punta Lanza. Un sonido metálico cortó el viento, y la pesada cadena de la primera sombra se estampó contra el brazo dolorido de Tyron. El caballero gritó de dolor y se cayó al suelo, aquella cadena no era normal, donde le había dado le comenzó a crecer una mancha negra que dolía aún más que el brazo roto en sí. Iban a matarlos. Pero en vez de eso, los cinco Desterrados se miraron entre ellos, sin saber que había ocurrido. - El joven humano…¿cómo ha podido saber donde íbamos a aparecer? –dijo uno de ellos. - Por la brisa, imbéciles – les espetó Tyron, aún tumbado en el suelo, sin poder moverse. El Caballero pudo ver que debajo de la capucha, los ojos de las sombras se habrían de par en par. - ¿Brisa? –dijo uno de ellos. Tyron vio la expresión de desconcierto de Alice, ella tampoco había sentido ninguna. No pudo evitar sonreír ante aquella situación. - ¿Es posible que el chico lleve la sangre de…? –dijo la tercera sombra, sin acabar la frase. Al momento se quedaron mirando fijamente al Caballero, soltando a la Reina de sopetón. Tyron les devolvió la mirada. Sus ojos ámbar se tornaron amarillos durante unos instantes, pero fue lo suficiente, las cinco figuras se postraron de rodillas frente a él. - Lamentamos lo ocurrido, mi lord – dijo la primera sombra. Tyron no sabía que estaba ocurriendo, miraba hacia los lados con la esperanza de ver al Lord al que se referían, pero allí no había nadie más- Con gusto pondremos nuestras armas a vuestro servicio. - ¿Qué pasa?¿Sangre de que? –dijo Tyron, sin saber bien que decir o que preguntar primero. Los cinco desterrados se miraron unos a otros: - Pronto, muy pronto lo entenderéis. Dicho esto se quitaron las capuchas, dejando al descubierto sus rostros. Tyron nunca se los habría esperado así. La piel negra les cubría el rostro hasta tal punto que los rasgos de su cara parecían fundirse con la oscuridad, aún así se podían ver perfectamente. Tenían el pelo largo, liso y rubio, un rubio oscuro y apagado, casi gris. Los ojos eran de un azul claro como el mar. Su cara era humana, sin duda, pero aparte de la piel brillante de carbón, tenían otros rasgos que los diferenciaban. El primero eran unos cuernos que les crecían en la frente, pero a todos de manera distinta. Mientras que la primera sombra tenía solo un gran cuerno en forma de hoja de cuchillo en medio de la frente, la segunda y la quinta sombra tenían dos cuernos pequeños a los lados de la frente, sujetándoles la larga melena. La tercera tenía uno pequeño a la derecha de la frente, mientras que la cuarta sombra tenía uno en el lado izquierdo. Lo que los cinco desterrados tenían en común eran sus largas y puntiagudas orejas, tan negras como todo lo demás. Sin previo avio, la primera sombra desapareció y apareció enfrente de Tyron, que yacía en el suelo. - Yo soy Van, mi señor –dijo mientras con un dedo puntiagudo tocaba el brazo dolorido de Tyron. La mancha negra se fue, y todo el dolor. - Probad si podéis moverlo ahora – le dijo Vaan. Tyron se sorprendió al ver que estaba bien otra vez, el dolor había desaparecido, pero aún así, al moverlo, le seguían dando profundas punzadas- Muy pronto le pondremos un par ungüentos y tendrá el brazo recuperado enseguida. - Yo me llamo Daan, mi señor –dijo el tercer Desterrado. Al momento, los otros tres se sumaron: El segundo era Paan el cuarto se llamaba Kaan y el quinto Gaan. Al acabar las presentaciones, dieron la mano a Alice, con una dulzura que hasta hace escasos instantes Tyron nunca pensó que podían albergar. - Bueno, ¿Qué le parece si planeamos esa batalla suya? –dijo el Daan - Me parece bien –dijo Tyron con una sonrisa- Pero no me trates de usted –inquirió. - Como quieras – Tyron no supo que había pasado, pero lo cierto era que habían logrado convencer a los Desterrados, magos oscuros de gran poder, de que les acompañaran en la batalla. - ¿Cuántos más sois? – preguntó Alice que se esforzaba por seguirles el paso. - Unos ochenta más –dijo Paan- Nosotros somos los cinco hermanos del consejo sagrado –añadió con orgullo. El mundo se les vino encima. 86 contra cerca de mil soldados, era una muerte segura, no valía la pena. Vaan le leyó la mente: - Mi joven niño, pronto, comprenderás que un numero no es más que eso, un simple numero –dijo sonriendo y enseñando su dentadura perfecta y brillante- El destino solo sonríe a aquellos que tienen el valor de empuñar una espada sin temor, nada más simple que eso. Espadas de madera. Jollen sujetaba una con aire desconfiado, pesaba incluso más que Rosa Florette. La cena había sido exquisita. El y Khaleen entraron a un gran salón, en donde Lord Victorian y sus familia les esperaban. Su esposa se llamaba Gellen, y era una hermosa mujer de cabellos castaños y largo y ojos almendrados. Tenía una hija de la edad de Jollen, que se llamaba Lyda, y el muchacho se sonrojo al verla. A pesar de su edad tenía ya cuerpo de mujer, y en belleza era igual a su madre. También estaban los pequeños hermanos Rod y Tod, los cuales tenían los cabellos castaños y revueltos, pero mientras Rod tenía los ojos negros, su hermano Tod los tenía verdes. Los dos niños no pararon de jugar con la comida en toda la cena, y más de una vez un trozo de la estupenda carne de cordero fue a pararle a los pantalones de Jollen, pero los padres ni se inmutaron. Lord Victorian había dicho que su hijo mayor, llamado Victorian en honor a él, estaba como aprendiz en Punta Lanza. El primer plato consistió en una sopa consistente con diversas verduras. Jollen reconoció las zanahorias y unas enormes papas cocidas del tamaño de su puño, bañadas en el caldo de la sopa. Una fina capa de grasa cubría el espeso liquido. De segundo plato fue el exquisito cordero asado, el cual tenía una manzana en su boca y aún conservaba el aspecto de cuando aún vivía, pero a la piel rosa le había sustituido el color marrón y humeante. La carne estaba pegajosa pero deliciosa. Jollen no pudo contener una sonrisa mientras probaba aquel plato. Cada bocado lo acompañaba con un sorbo de un vino tinto aromatizado con miel, el cual bajaba por su garganta, cubriéndola del embriagador calor de la miel y el alcohol. Tras el segundo plato los mayordomos trajeron el postre, que consistía en unas deliciosas piezas de frutas que se encontraban esparcidas en un fino cuenco de porcelana. Habían manzanas, peras, moras y cerezas, y Jollen encontró una fruta rosada parecía a un melocotón, pero de piel rugosa. - Es la Mitro, pruébala, solo se puede encontrar en las Cordilleras Gigantes, en las Tierras Salvajes –le dijo Se Victorian. Jollen se la comió. Tenían un sabor agridulce y un tanto acido. Era jugosa, así que el liquido de la fruta le bajó por la barbilla y estropeó la camisa blanca de lino. En toda la comida, el Rey Victorian les contaba anécdotas de sus batallas, como aquella vez que empaló con su espada a tres soldados a la vez, o cuando saltó desde la punta arriba de la Muralla Dragón hasta una Catapulta cercana y la destrozó. Mientras tantos, su esposa cimóía con la delicadeza de una dama y Lyda no paraba de mirar a Jollen, y cada vez que este cruzaba su mirada con las de ellas, esta sonreía. Jollen hasta llegó a pensar que bañado y con ropas limpias podía resultar atractivo. A su lado, Khaleen escuchaba las hazañas del Señor de la Piedra con atención, riendo de manera torpe todas las gracias de este. Vestía una tunica fina de seda violeta y su pelo rojizo estaba recogido en un estilizado y complicado moño. Al terminar la cena, Lady Gellen llevó a sus hijos pequeños para que se acostaran, mientras que Lord Victorian se levantó e indico a Jollen que le acompañara, mientras Khaleen y Lyda se retiraban juntas al salón principal. Jollen escuchó risas provenientes de una conversación entre las dos. Pasearon por los pasillos que daban a los bonitos jardines y se metieron por un pasillo lleno de cuadros de los antiguos Reyes de aquel Palacio. Jollen esperaba que Lord Victorian le contara todas las historias sobre ellos, pero este no abrió la boca hasta llegar a su destino. Cuando llegaron al jardín interior, que se encontraba en la parte abierta dentro de la Fortaleza de Cascada Emergente, lord Victorian cogió dos espadas de madera que le tendió un mayordomo y le tendió una a Jollen. Ahí fue cuando Jollen la examino y miró al señor de la piedra extrañado, aunque sin duda sabía lo que iba a continuación, y eso le puso la piel de gallina de la emoción, pues no todos los días se tenía la oportunidad de practicar el arte de la espada con un Señor de la Piedra. - Vamos, demuéstrame lo que sabes –inquirió el Lord, preparándose para luchar en el jardín. Emocionado, Jollen se abalanzó sobre él, y dando un salto, realizó un tajo. Pero Lord Victorian se abalanzó sobre él cuando estaba en el aire, y sin darle tiempo a reaccionar realizó un barrido que dio de lleno a Jollen en la barriga. Este cayó al suelo, gimiendo. - Has cometidos dos fallos. Primero, nunca ataques por delante de una manera tan obvia. Y segundo, intenta no usar nunca esos trucos de niños en el aire, o si no, morirás –dijo el Lord mientras caminaba a su alrededor- Vamos, levántate, y muéstrame lo que tienes de verdad. Jollen se incorporó y emocionado por la pasión que ponía el Señor de la piedra se puso en guardia, esa vez iba a defenderse sin atacar. Lord Victorian le miró con cara de observador, arqueando su ceja derecha. - Tienes la guardia de defensa más. Inclínate un poco más y ladea la espalda hacia la derecha, apoyándote en la pierna derecha más que en la izquierda.. Si, así. Ahora separa más las manos unas de otras, si, pero sujeta el mango con fuerza. Muy bien –tras acabar la improvisada clase, se separó un par de metros y sin previo aviso comenzó a correr para atacar. Se abalanzó sobre él y usó una pierna para impulsarse. Jollen lo vio, iba a saltar. Llevó la guardia para defenderse hacia arriba. Pero Lord Victorian en vez de saltar, apoyó rápidamente el pie que estaba en el aire y de un rápido mandoble tiró por tierra a Jollen. - Te dije que atacar por arriba era de niños pequeños. ¿Por qué creías que lo iba a hacer? No te fíes de nada en una batalla hasta el ultimo instante, si no, mueres. – dijo de forma fría y con decepción en los ojos- Vamos, levántate otra vez. Jollen se sentía impotente, pero apretó los dientes con fuerza, no debía mostrar debilidad ante un Señor de la Piedra. Se levantó y ataco de nuevo, con fuerza. Las espadas entrechocaron rápidamente, una vez, dos, tres... Jollen se esforzaba por mantener el ritmo, mientras que Lord Victorian usaba una mano en vez de las dos y no parecía esforzarse mucho. Mantuvieron el ritmo durante un tiempo, hasta que Jollen, cansado, bajó la guardia y el Lord realizó una estocada de madera que impactó contra el hombro derecho del chico. Jollen cayó de espaldas contra el suelo, con el hombro dolorido y los dientes apretados de impotencia. Lord Victorian le miró un instante. En sus ojos se podían leer la decepción y la tristeza. - Así no durarás ni un día en las Tierras Salvajes, me sorprende hasta que hayas llegado aquí –del ijo con voz monótona y cansada- La clase ha terminado –dicho esto, se dio la vuelta y comenzó a marcharse, dejando a Jollen tirado en el suelo. El mozo de cuadras se levantó. La desesperación se transformo en furia. Cogió la espada, corrió hacia el Lord y le atacó por la espalda. Lord Victorian se anticipó y realizó un mandoble de tal potencia que lanzó por los aires a Jollen. En su cara ya no había rastro de la decepción anterior, ahora solo había tristeza. - Tu…nunca serás un Caballero –aquellas palabras le dolieron como un puñal atravesándole el corazón, un puñal con el nombre de “verdad”- Es lo ultimo que podías hacer, atacar por la espalda en un justo combate – el Señor de la Piedra se llevó las manos a la cara- Si pierdes tu honor, ya solo te quedaran las palabras de un hombre mentiros., cualquier batalla que ganes, de nada te servirán, si no las ganas con honor. El honor es la fuente de la existencia humana, por eso nosotros gobernamos los campos y no lo hacen los Lobos. El honor deriva en inteligencia, pero también en deber –le miró entristecido- si pierdes tu honor…dejas de ser humano. Tras aquellas palabras se dirigió hacia sus habitaciones, y Jollen, desesperado, gritó. Un grito que resonó en todas y cada una de las paredes de la Fortaleza de cascada Emergente. No gritó de dolor, ni tampoco de furia, gritó porque había perdido algo que nunca jamás había llegado a tener. Fin del capítulo 16
08-10-2012 / 19:14 h#2
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Que largo no?? Tiene que estar muy bien la historia pero me da pereza leerla...  . A ver si empiezo un día de estos desde el capítulo 1...
08-10-2012 / 20:26 h#3
Nivel 65
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Que largo no?? Tiene que estar muy bien la historia pero me da pereza leerla... . A ver si empiezo un día de estos desde el capítulo 1...
No te pierdes mucho, tranqui, es mi primera historia, falla tanto como en trama como a nivel escrito Mejor léete "La Vida Anónima de los Monstruos" Aunque sí te quieres leer las dos...
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