Universo Paranormal
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Temática: Religión y creencias
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20-06-2010 / 22:59 h#1
Hells
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La marca de la bestia - de Rudyard Kipling

"Vuestros dioses y mis dioses... ¿acaso sabemos, vosotros o yo, quiénes son más poderosos?" - Proverbio Indígena.

Cuando Fleete llegó a la India poseía un poco de dinero y algunas tierras en el Himalaya. Ambas propiedades le fueron legadas por un tío, y, de hecho, vino aquí para explotarlas. Era un hombre alto, pesado, afable e inofensivo. 

Bajó a caballo desde sus posesiones en las montañas para pasar el Año Nuevo en la estación y se alojó con Strickland. En Nochevieja se celebró una gran cena en el club, y la velada —como es natural— transcurrió convenientemente regada con alcohol. 

En consecuencia, cuando salió del club, a las tres y media de la madrugada, se enfureció con su caballo porque sufría ataques de tos, e intentó subirse a la montura de un salto. El caballo se escapó y se dirigió a los establos, de modo que Strickland y yo formamos una guardia de deshonor para conducirle a casa.

El camino atravesaba el bazar, cerca de un pequeño templo consagrado a Hanuman, el Dios-Mono, que es una divinidad principal, digna de respeto.

Había luz en el templo, y al pasar junto a él, escuchamos las voces de unos hombres que entonaban himnos. Antes de que pudiéramos detenerlo, Fleete subió corriendo las escaleras, propinó unas patadas en el trasero a dos sacerdotes y apagó solemnemente la brasa de su cigarro en la frente de la imagen de piedra roja de Hanuman. Strickland intentó sacarlo a rastras, pero Fleete se sentó y dijo solemnemente:

—¿Veis eso? La marca de la B... bessstia. Yo la he hecho. ¿No es hermosa?
En menos de un minuto el templo se llenó de vida y de bullicio, y Strickland, que sabía lo que sucede cuando se profana a los dioses, declaró que podría ocurrir cualquier desgracia. Fleete se había sentado en el suelo y se negaba a moverse. Dijo que el «viejo Hanuman» sería una almohada confortable.

En ese instante, sin previo aviso, un Hombre de Plata salió de un nicho situado detrás de la imagen del dios. Estaba totalmente desnudo, a pesar del frío cortante, y su cuerpo brillaba como plata escarchada, pues era lo que la Biblia llama: «un leproso tan blanco como la nieve.» Además, no tenía rostro, pues se trataba de un leproso con muchos años de enfermedad y el mal había corrompido todo su cuerpo. Strickland y yo nos detuvimos para levantar a Fleete, entonces, el Hombre de Plata se deslizó por debajo de nuestros brazos, produciendo un sonido exactamente igual al maullido de una nutria, se abrazó al cuerpo de Fleete y le golpeó el pecho con la cabeza sin que nos diera tiempo a arrancarle de sus brazos. Después se retiró a un rincón y se sentó, maullando, mientras la multitud bloqueaba las puertas.
Los sacerdotes se habían mostrado verdaderamente encolerizados hasta el momento en que el Hombre de Plata tocó a Fleete. Esta extraña caricia pareció tranquilizarlos.

Al cabo de unos minutos, uno de los sacerdotes se acercó a Strickland y le dijo en perfecto inglés:
—Llévate a tu amigo. El ha terminado con Hanuman, pero Hanuman no ha terminado con él.
La muchedumbre nos abrió paso y sacamos a Fleete al exterior.
Continuamos nuestro camino; Strickland caminaba silencioso y airado, hasta que Fleete cayó presa de un acceso de estremecimientos y sudores. Dijo que los olores del bazar eran insoportables.
—¿Es que no sentís el olor de la sangre? —dijo.
Por fin conseguimos meterle en la cama, justo en el momento en que despuntaba la aurora, y Strickland me invitó a tomar otro whisky con soda.

—Podrían habernos destrozado —dijo—, en lugar de ponerse a maullar. Me pregunto qué es lo que pretendían. No me gusta nada este asunto.
Por fin, a las siete en punto de la mañana, me fui a la cama, frío, deprimido y de mal humor.

A la una bajé a casa de Strickland para interesarme por el estado de la cabeza de Fleete. Su buen humor le había abandonado, pues estaba insultando al cocinero porque no le había servido la chuleta poco hecha. Fleet me dijo:
—Criáis extraños mosquitos en estos parajes —. Me han devorado vivo, pero sólo en una parte.
—Déjame echar un vistazo a la picadura —dijo Strickland—. Es posible que haya bajado desde esta mañana.
Mientras se preparaban las chuletas, Fleete abrió su camisa y nos enseñó, justamente bajo el pecho izquierdo, una marca, una reproducción perfecta de los rosetones negros —las cinco o seis manchas irregulares ordenadas en círculo— que se ven en la piel de un leopardo. Strickland la examinó y dijo:
—Esta mañana era de color rosa. Ahora se ha vuelto negra.
Fleete corrió hacia un espejo.
—¡Por Júpiter! —dijo—. Esto es horrible. ¿Qué es?
No pudimos contestarle. En ese momento llegaron las chuletas, sangrientas y jugosas, y Fleete devoró tres de la manera más repugnante. 
Cuando terminó, se dio cuenta de lo extraño de su conducta, pues dijo a manera de excusa:
—Creo que no he sentido tanta hambre en mi vida. He engullido como un avestruz.

Después del desayuno, Strickland me dijo:
—No te vayas. Quédate aquí; quédate esta noche.
Bajamos los tres a los establos para matar el tiempo hasta que llegara la hora de dar un paseo a caballo. 

Cuando intentamos examinarlos daban la impresión de que se habían vuelto locos. Se encabritaron y relincharon, y estuvieron a punto de romper las cercas; sudaban, temblaban, echaban espumarajos por la boca y parecían enloquecidos de terror. Salimos del establo por miedo de que los animales se precipitaran sobre nosotros en su pánico. 

Fleete vino hacia nosotros mientras estábamos en las caballerizas, y en cuanto le vieron los caballos, el estallido de terror se repitió con renovadas fuerzas. Todo lo que pudimos hacer fue escapar de allí sin recibir ninguna coz. Strickland dijo:
—No parece que te aprecien demasiado, Fleete.
—Tonterías —dijo Fleete—. Mi yegua me seguirá como un perro.
Se dirigió hacia ella, que ocupaba una cuadra separada; pero en el momento en que descorrió la tranca de la cerca, la yegua saltó sobre él, le derribó y salió al galope por el jardín. Yo me eché a reír, pero Strickland no lo encontraba nada divertido. Fleete, en lugar de salir corriendo detrás de su propiedad, bostezó y dijo que tenía sueño. Después se dirigió a la casa para acostarse.

Strickland se sentó a mi lado en los establos y me preguntó si había advertido algo extraño en los modales de Fleete. Le contesté que comía como una bestia, pero que este hecho podía ser una consecuencia de su vida solitaria en las montañas, su siguiente frase aludía a la marca sobre el pecho de Fleete.
Estuvimos de acuerdo en que no era agradable a la vista, y Strickland aprovechó la ocasión para decirme que yo era un ingenuo.
—No puedo explicarte lo que pienso en este momento —dijo—, porque me tomarías por loco; pero es necesario que te quedes conmigo unos días, si es posible. 

Salimos a dar un paseo por el jardín, fumando, pero sin decir nada. Después fuimos a despertar a Fleete. Estaba ya levantado y se paseaba nervioso por la habitación.
—Quiero más chuletas —dijo—. ¿Puedo conseguirlas?
Nos reímos y dijimos:
—Ve a cambiarte. Los caballos estarán preparados en un minuto.
—Muy bien —dijo Fleete—. Iré cuando me hayan servido las chuletas... poco hechas, si es posible.

Parecía decirlo completamente en serio. Después se puso las ropas de montar a caballo y salió a la terraza. Su caballo no le dejó acercarse. Los tres animales se mostraban intratables —locos de terror— y finalmente Fleete dijo que se quedaría en casa y que pediría algo de comer. Strickland y yo salimos a montar a caballo, un tanto confusos. Al pasar por el templo de Hanuman, el Hombre de Plata salió y maulló a nuestras espaldas.

—No es uno de los sacerdotes regulares del templo —dijo Strickland—. Creo que me gustaría ponerle las manos encima.
Regresamos a las siete. Había anochecido y no se veía ninguna luz en el bungalow.

Mi caballo se espantó con algo que había en el paseo de coches, y, de pronto, Fleete apareció bajo su hocico.
—¿Qué estás haciendo, arrastrándote por el jardín? —dijo Strickland.
Pero los dos caballos se encabritaron y estuvieron a punto de tirarnos al suelo. Desmontamos en los establos y regresamos con Fleete, que se encontraba a cuatro patas bajo los arbustos.
—¿Qué demonios te pasa? —dijo Strickland.
—Nada, nada en absoluto —dijo Fleete, muy deprisa y con voz apagada—. He estado practicando jardinería, estudiando botánica, ¿sabéis? El olor de la tierra es delicioso. Creo que voy a dar un paseo, un largo paseo... toda la noche.
Me di cuenta entonces de que había algo demasiado extraño en todo esto y le dije a Strickland:
—No cenaré fuera esta noche.
—¡Dios te bendiga! —dijo Strickland—. Vamos, Fleete, levántate. Cogerás fiebre aquí fuera. Ven a cenar, y encendamos las luces. Cenaremos todos en casa.
Fleete se levantó de mala gana y dijo:
—Nada de lámparas... nada de lámparas. Es mucho mejor aquí. Cenemos en el exterior, y pidamos algunas chuletas más... muchas chuletas, y poco hechas... sangrientas y con cartílago.

Fleete entró, y cuando las lámparas fueron encendidas, vimos que estaba literalmente cubierto de barro, de la cabeza a los pies. Debía de haber estado rodando por el jardín. Se asustó de la luz y se retiró a su habitación. Sus ojos eran horribles de contemplar. Había una luz verde detrás de ellos, no en ellos, si puedo expresarlo así, y el labio inferior le colgaba con flaccidez.
Strickland dijo:
—Creo que vamos a tener problemas... grandes problemas... esta noche. No te cambies tus ropas de montar.

Esperamos a que Fleete volviera a aparecer. Pudimos oírle ir y venir por su habitación, pero no había encendida ninguna luz allí. De pronto, surgió de la habitación el prolongado aullido de un lobo.

Mi corazón dejó de latir, como si hubiera sido traspasado por un cuchillo, y Strickland se puso tan blanco como el mantel.
El aullido se repitió y, a lo lejos, a través de los campos, otro aullido le respondió.

Esto alcanzó la cima del horror. Strickland se precipitó en el cuarto de Fleete. Yo le seguí; entonces vimos a Fleete a punto de saltar por la ventana.
Producía sonidos bestiales desde el fondo de la garganta. Era incapaz de respondernos cuando le gritamos. Escupía.

Strickland  le sacudió con el sacabotas, de lo contrario, no habría sido capaz de sentarme sobre su pecho. Fleete no podía hablar, tan sólo gruñía, y sus gruñidos eran los de un lobo, no los de un hombre. Su espíritu humano debía de haber escapado durante el día y muerto a la caída de la noche. Estábamos tratando con una bestia.

Amarramos a la bestia con las correas de cuero del punkah; atamos juntos los pulgares de las manos y los pies, y le amordazamos con un calzador, que es una mordaza muy eficiente si se sabe cómo fijarla. Después lo transportamos al comedor y enviamos un hombre para que buscara a Dumoise, el doctor, y le dijera que viniese inmediatamente. 

La cabeza de la bestia se encontraba libre y la agitaba de un lado a otro. 
La camisa había sido desgarrada en la refriega y ahora aparecía la marca negra en forma de roseta en el pecho izquierdo. Sobresalía como una ampolla.

En el silencio de la espera escuchamos algo, en el exterior, que maullaba como una nutria hembra. Ambos nos incorporamos, y yo me sentí real y físicamente enfermo. Nos convencimos el uno al otro, de que se trataba del gato.

Llegó Dumoise, y nunca había visto a este hombrecillo mostrar una sorpresa tan poco profesional. Dijo que era un caso angustioso de hidrofobia y que no había nada que hacer. La bestia echaba espumarajos por la boca. Dumoise no podía ofrecernos ninguna ayuda. La bestia aullaba en ese momento, pues se las había arreglado para escupir el calzador. Dumoise dijo que estaría preparado para certificar la causa de la muerte, y que el desenlace final estaba cercano. Era un buen hombre, y se ofreció para permanecer con nosotros; pero Strickland rechazó este gesto de amabilidad. 

Así pues, Dumoise se marchó profundamente alterado; y tan pronto como se apagó el ruido de las ruedas de su coche, Strickland me reveló, en un susurro, sus sospechas. Eran tan fantásticamente improbables que no se atrevía a formularlas en voz alta.
—Incluso en el caso de que el Hombre de Plata hubiera hechizado a Fleete por mancillar la imagen de Hanuman, el castigo no habría surtido efecto de forma tan fulminante.

Según murmuraba estas palabras, el grito procedente del exterior de la casa se elevó de nuevo, y la bestia cayó otra vez presa de un paroxismo de estremecimientos, que nos hizo temer que las correas que le sujetaban no resistieran.
—¡Espera! —dijo Strickland—. Si esto sucede seis veces, me tomaré la justicia por mi mano. Te ordeno que me ayudes.
Entró en su habitación y regresó en unos minutos con los cañones de una vieja escopeta, un trozo de sedal de pescar, una cuerda gruesa y el pesado armazón de su cama. Le informé de que las convulsiones habían seguido al grito en dos segundos en cada ocasión y que la bestia estaba cada vez más débil.
—¡Pero él no puede quitarle la vida! —murmuró Strickland—. ¡No puede quitarle la vida!
Yo dije:
—Si el Hombre de Plata es el responsable, ¿por qué no se atreve a venir aquí?

Strickland atizó los trozos de madera de la chimenea, colocó los cañones de la escopeta entre las brasas, extendió el bramante sobre la mesa y rompió un bastón en dos. Había una yarda de hilo de pescar, de tripa envuelta con alambre, ató los dos extremos en un lazo.
Entonces dijo:
—¿Cómo podemos capturarlo? Debemos cogerlo vivo y sin dañarlo.
Yo respondí que el hombre o animal que producía los gritos estaba, evidentemente, moviéndose alrededor de la casa con la regularidad de un vigilante nocturno.
Podíamos esperar en los arbustos hasta que se aproximara y dejarlo sin sentido.

Strickland aceptó esta sugerencia; nos deslizamos por una ventana del cuarto de baño a la terraza, cruzamos el camino de coches y nos internamos en la maleza.
A la luz de la luna pudimos ver al leproso, que daba la vuelta por la esquina de la casa. Estaba totalmente desnudo, y de vez en cuando maullaba y se paraba a bailar con su sombra. 

El leproso se paró un momento enfrente del porche y nos abalanzamos sobre él con los sticks. Era sorprendentemente fuerte y temimos que pudiera escapar o que resultase fatalmente herido antes de capturarlo. Strickland le golpeó en las piernas, haciéndole perder el equilibrio, y yo le puse el pie en el cuello. Maulló espantosamente, e incluso, a través de mis botas de montar, podía sentir que su carne no era la carne de un hombre sano.
El leproso intentaba golpearnos con los muñones de las manos y los pies. Pasamos el látigo de los perros alrededor de él, bajo las axilas, y le arrastramos hasta el recibidor y después hasta el comedor, donde yacía la bestia. Allí le atamos con correas de maleta. 
La bestia se retorció en un arco, como si hubiera sido envenenada con estricnina, y gimió de la forma más lastimosa.
—Creo que tenía razón —dijo Strickland—. Ahora le pediremos que ponga fin a este asunto.

Pero el leproso no hacía más que maullar. Strickland se enrolló una toalla en la mano y sacó los cañones de la escopeta de fuego. Yo hice pasar la mitad del bastón a través del nudo del hilo de pescar y amarré al leproso al armazón de la cama. Strickland se tapó los ojos con las manos durante unos instantes y comenzamos a trabajar.
Comenzaba a romper la aurora cuando el leproso habló. Lo desatamos y le dijimos que expulsara al espíritu maléfico. Se arrastró al lado de la bestia y puso su mano sobre el pecho izquierdo. Eso fue todo. Después cayó de cara contra el suelo y gimió, aspirando aire de forma convulsiva.

Observamos la cara de la bestia y vimos que el alma de Fleete regresaba a sus ojos. Después, el sudor bañó su frente, y sus ojos se cerraron. Le llevamos a su habitación y ordenamos al leproso que se fuera, dándole el armazón de la cama, la sábana para que cubriera su desnudez, los guantes y las toallas con las que le habíamos tocado, y el látigo que había rodeado su cuerpo. El leproso se envolvió con la sábana y salió a la temprana mañana sin hablar ni maullar.

Aquella mañana, a las once, fuimos a despertar a Fleete. Lo examinamos y vimos que la roseta negra de leopardo había desaparecido de su pecho. Parecía soñoliento y cansado, pero tan pronto como nos vio dijo:
—¡Oh! ¡El diablo os lleve, amigos! Feliz Año Nuevo. No mezcléis jamás vuestras bebidas. Estoy medio muerto.
—Gracias por tus buenos deseos, pero vas un poco atrasado —dijo Strickland—. Estamos en la mañana del dos de enero. 

Luego Strickland salió de la casa. Al regresar dijo que había sido convocado al Templo de Hanuman para ofrecer una reparación por la ofensa infligida al dios, y que le habían asegurado solemnemente que ningún hombre blanco había tocado jamás al ídolo.

Cuando Fleete terminó de vestirse, entró en el comedor y olfateó. Tenía una manera un tanto singular de mover la nariz cuando olfateaba.
—¡Qué horrible olor a perro hay aquí! —dijo—. Realmente deberías tener esos terriers en mejor estado. 

Pero Strickland no respondió. Se agarró al respaldo de una silla y, sin previo aviso, cayó presa de un sorprendente ataque de histeria y entonces me eché a reír, a jadear y gorgotear tan vergonzosamente como Strickland, mientras Fleete creía que nos habíamos vuelto locos. Jamás le contamos lo que había sucedido.

Por lo que a mí se refiere, no veo que este paso sea apropiado para resolver el misterio; porque, en primer lugar, nadie dará crédito a esta historia tan desagradable, y, en segundo lugar, todo hombre de bien sabe perfectamente que los dioses de los paganos son de piedra y bronce, y que cualquier intento de tratarlos de otra manera será justamente condenado.
20-06-2010 / 23:22 h#2
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Jaja si claro yo me pondre a leer todo eso 
20-06-2010 / 23:38 h#3
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Editado por desviación del tema.
Última edición: 21-06-2010 / 00:05 h. Por Everton1992
Editado 1 vez
21-06-2010 / 01:29 h#4
Hells
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Aperitivo: "Jaja si claro yo me pondre a leer todo eso  " 

jajajaja, ya me lo veía venir.  

La historia es larga, pero es muy buena. Lo acorté todo lo que pude (le habré sacado como 2 páginas y media de word) pero sin dejar que pierda su sentido.
Última edición: 21-06-2010 / 03:32 h. Por Hells
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21-06-2010 / 10:48 h#5
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Muy buena la historia... te digo sincerametne q es la mejor historia de este tipo q he leido de momento en este grupo... por q esta muy buen redactada y es facil de leer... no dice q es veridico simplemente te la narra... me gusta +1!!
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