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El fantasma del espejo (relato de terror)
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21-10-2009 / 21:22 h
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Nivel 20
Pedro llevaba un año viviendo con su novia Belén y podía decirse que era feliz, al margen de lios familiares y demás dificultades cotidianas. Al menos hasta que conoció a Verónica, una chica que tomó café en la misma cafetería que él y con la que coincidió el 21 de diciembre. Ella le pidió que le alcanzara las servilletas y el se las acercó. Un acto normal y cotidiano con el que ambos regalaron su mejor sonrisa. Sin embargo para Pedro, Verónica le dijo mucho más con su sonrisa. Entendió que estaba sola, que no estaba bien y que necesitaba un amigo y un apoyo.
Con el corazón abierto, Pedro le dijo con naturalidad si se encontraba bien y ella sonrió con cierta tristeza respondiendo que no. Que en su trabajo le exigían demasiado y muchas de las cosas que le pedían no sabía hacerlas y se burlaban de ella, el jefe amenazaba con despedirla si no espabilaba y vivía sola por que su novio la acababa de dejar por su mejor amiga de modo que no podía perder su trabajo.
Pedro sintió que debía ayudarla y sin dudarlo le ofreció comer juntos ese mismo día para que contara más sus problemas por si él la podía ayudar. Ella aceptó y su sonrisa demostró que le hacía ilusión. Verónica era muy bonita, delgadita y de estatura algo pequeña, su pelo era castaño oscuro y liso y sus ojos azules. Su mirada despedía inocencia y tristeza al mismo tiempo. Desde luego que se sintió atraído por ella pero en ningún momento pensó en engañar a su novia. Su intención era buena y con idea de animarla y, ¿por qué no?, hacerse amigos, quedó a las dos en el mismo restaurante para comer juntos. Incluso cuando habló con Belén por teléfono le dijo lo que había pasado y que se sentía en la necesidad de ayudar a esa chica. Belén le contestó que tenía un enorme corazón y que por eso le amaba tanto. Él respondió que también la amaba.
La hora de comer llegó con mucha lentitud. Pedro se pasó toda la mañana pensando en Verónica, en sus preciosos ojos y lo mucho que deseaba que llegara la hora de la comida para poder hablar con ella y animarla. Eso le causó varios aprietos en su trabajo porque no consiguió terminar nada de lo que había empezado y se llevó la bronca de su jefe.
Cuando al fin la aguja de las horas aterrizó en las dos, se disculpó ante sus amigos con los que solía comer y salió corriendo del edificio, dispuesto a encontrarse con ella. Su corazón latía muy fuerte y cuando vio a Veronica esperarle en la barra tomando un refresco se sintió diez años más joven y como si estuviera en su primera cita.
- Hola - la saludó.
- Hola - dijo ella con timidez.
- ¿He tardado mucho? Lo siento.
- No importa yo estoy desde antes de la hora.
La mirada de ella era tierna y esperanzada. Pedro vio en sus ojos que él le gustaba pero no le dio importancia a ese detalle dado que a él también le gustaba ella y no significaba nada. Era una comida de amigos.
- De modo que hoy tienes un mal día - quiso restarle importancia a sus problemas.
- No es hoy, es todo el mes. Parece que me ha mirado un tuerto - dijo ella.
- Las cosas buenas siempre se alternan con las malas. Después de una mala racha siempre viene una buena - aleccionó él, sintiéndose algo pedante.
- Seguro que sí. Hoy te he conocido.
- Oh, claro. Hoy empezó bien, ¿verdad?
- Mi novio jamás me escuchaba.
- ¿Por qué estabas con él entonces?
- Era guapo, era muy cortés,...
- Ah, ya, un guaperas... ¿Cuándo aprenderéis las mujeres a no confiar en una cara bonita?
- No era solo eso. También parecíamos entendernos. Sin embargo se entendió mejor con mi mejor amiga.
Pedro asintió con la cabeza pero puso cara de circunstancias. ¿Cómo se consuela a alguien a quién han engañado? Sobre todo cuando él tenía la punzada de culpa porque creía estar traicionando a Belén. Aunque seguía siendo una simple comida amistosa.
- Tú me has escuchado sin conocerme de nada, eres un encanto - dijo ella sonriendo.
Pedro sintió que el estómago le burbujeaba, sin duda esa chica estaba consiguiendo enamorarle y se dio cuenta demasiado tarde. El tren empezaba la cuesta abajo y no tenía frenos.
- Es lo menos que podía hacer,... tú también eres muy encantadora.
- Gracias - dijo ella -. Cuéntame algo de ti... ¿Tienes novia?
- Oh, yo,... bueno - Pedro se dio cuenta de que si decía que sí volvería a hundirla así que prefirió mentir, o quizás prefirió mentirse a sí mismo ya que la idea de tener una aventura con ella le hacía herbir la sangre-. No, yo no tengo novia desde hace meses. También corté por tema de cuernos, ¿sabes?
- ¿Los pusiste tú o ella?
- Los puso ella... La sorprendí con un compañero de trabajo, que supuestamente iban a reunirse y les vi besándose.
- Oh, lo siento.
Verónica le cogió la mano y su calor le impulsó el corazón todavía más. Las mentiras hacían oficial su intento de engañar a Belén, o al menos eso sintió él.
- Sí, fue un duro golpe - continuó mintiendo.
Llegó el camarero y pidieron cada uno su comida. Durante un rato no dijeron nada, se miraron y sonrieron pero ninguno se atrevió a romper el silencio de la comida.
Al terminar salieron del restaurante envueltos en el mismo silencio y cuando se iban a despedir ella le besó en la mejilla.
- Me ha encantado conocerte - dijo ella -. ¿Me das tu teléfono para que pueda volver a hablar contigo si me siento mal?
- Claro, apunta: 555 56 82 37
- El mío es: 555 98 15 15
Ambos apuntaron sus teléfonos. Ella incluso le tomó una foto para asociarlo a su número y entre risas llegó la hora de despedirse.
- Hasta mañana, a la hora del café - dijo ella.
- Hasta mañana, Verónica - dijo él, aún bajo los efectos de la droga de su mirada y el tierno tono de su voz.
En cuanto se despidieron subió a su oficina y mientras estaba en el ascensor sonó su telefono móvil. Era Belén. Tragó saliva y trató de olvidarse de lo que sentía en su interior.
- ¿Qué tal comiste, amor? - dijo ella -. ¿Pudiste ayudar a esa pobre chica?
- Oh, sí. Es muy maja, estuvimos hablando de nuestras historias amorosas y parecía mucho más animada cuando nos despedimos. Puede que mañana volvamos a vernos.
- ¿Mañana? - Belén ya no parecía tan comprensiva.
- Sí, nos hemos hecho buenos amigos.
- Ah, claro... Bueno, espero que se recupere de su trauma.
- Eso espero yo también.
- Te dejo amorcito - Belén no estaba bien, lo notó en su voz -... tengo cosas que hacer.
- ¿Qué te pasa cielo? - dijo Pedro, preocupado por si tenía celos.
- Nada, nada, es solo que... no me gusta que veas más a esa chica.
- No me importa nada, solo era por ayudarla, solo quiero ser su amigo.
- Lo sé, lo sé,... es solo que... tengo una corazonada. No deberías volver a verla.
- Amorcito, solo tengo ojos para ti - a medida que escuchaba la voz de Belén su corazón volvía más a la normalidad y se olvidaba de Verónica.
- ¿De verdad? - preguntó Belén, con timidez.
- Te lo prometo.
- Esta bien, pero ahora sí te dejo que tengo cosas que hacer. Besitos, mua, mua.
- Te amo, Belén - respondió él antes de colgar.
"Te amo Belén", claro que la amaba. ¿Qué había estado haciendo con esa desconocida? ¿Se había vuelto loco? No era nada fácil, por no decir que era un milagro, encontrar a alguien con quien se entendiera tan bien, se llevara tan bien y que le gustara tanto como Belén. Era lo mejor que le había pasado en la vida. ¿Quería jugarse su felicidad por un amor fugaz que podía durar dos días?
"No puedo bajar mañana a la misma hora a tomar café" - decidió.


Y así lo hizo. El día entero lo pasó pensando en la pobre Verónica que quizás le estaba esperando también para ir a comer. Llegaron las dos y tampoco bajó. Pensó que lo mejor era dar el tema por olvidado así ella pensaría que no le gustó y solo fue una comida con alguien que se preocupaba por que estuviera bien, nada más. Si más intención. Pensó que si alguien la veía triste haría lo mismo que él, la ayudaría, la escucharía y ella se olvidaría de él.
Llegó a su casa por la noche y ya estaba Belén allí preparando la cena. La besó y se fue al baño a darse una ducha. El agua parecía ir quitándole el peso de la culpa por haber dejado tirada a Verónica.
Entonces sono su teléfono móvil. La voz de Belén constestó. Su corazón se detuvo, ella contestaba con monosílavos y una vez le pareció escuchar que decía "está en la ducha, luego te llama él". Se despidió con educación y colgó.
Se terminó de duchar sintiendo todo su cuerpo frío, por miedo a que fuera Verónica quien le había llamado. Se secó corriendo y se peinó con la mano por no perder el tiempo.
- Te llamó esa chica - le dijo Belén, con naturalidad.
- ¿Qué dijo? - preguntó él, nervioso.
- Me preguntó si era tu novia y le dije que sí. Me dijo que si podías llamarla en cuanto salieras, que tenía cosas que contarte y le dije que sí, que en cuanto salieras la llamarías.
- Oh - dijo Pedro, asintiendo preocupado.
- ¿Fuiste hoy a verla?
- Puede que sea eso, no pude bajar porque estaba muy liado. Quizás quiera saber por qué no bajé... Qué sé yo.
- Bueno, pues intenta decirle que tenías un incendio que apagar porque la pobre parecía estar a punto de llorar. Sé que eres sensible, trátala con delicadeza.
- Lo haré.
Agarró el teléfono y con Belén allí al lado la llamó.
- ¿Hola? Verónica.
- Hola Pedro - dijo ella con voz entrecortada. Sin duda estaba llorando.
- ¿Qué te ocurre?
- No podía dejar de pensar en ti. No viniste hoy a tomar café ni a comer. Creí... creí que te gustaba.
- Escucha, Verónica... - Belén había escuchado todo porque tenía la oreja pegada a su teléfono-. No pude bajar porque tenía cosas muy urgentes en el trabajo. Lo siento mucho, de verdad. ¿Estás bien?
- ¿No sentiste lo mismo? - insistió ella, decepcionada -. ¿No me echaste de menos? ¿no pensaste en mí?
Pedro miró a Belén sintiéndose terriblemente culpable ya que ese día había sido una tortura para él por no bajar y por miedo a hacerle daño a Verónica. Se sintió culpable porque de repente sus temores se confirmaban, ella le había esperado con desesperación y las heridas de su corazón estaban todavía peor por su culpa cuando él siempre quiso ayudarla. Belén le miró con reproche y trató de aclararlo todo con esperanzas de que la verdad pudiera curar las heridas que ella misma causara.
- Escucha, Verónica. Tengo novia, ayer no te lo dije porque sentí que te haría más daño que alguien feliz intentara consolarte habiendo pasado tú por lo que has pasado. Lo siento, no... te conozco como para sentir algo por ti tan pronto. Si quieres podemos vernos como amigos, pero amo a mi novia, la quiero con todo mi corazón y eso no va a cambiar.
- Está bien, lo siento, lo siento, lo siento - dijo ella y colgó.
- Hijo mío - dijo Belén -. Te dije que fueras delicado y le has destrozado el corazón.
- Lo... siento - dijo él, sintiendo que no solo le había destrozado el corazón a Verónica sino a sí mismo.
- Al menos no tendrás que volver a verla - dijo Belén, algo menos molesta.
- Sí, menos mal - dijo él.
Pedro miró a su novia mucho más tranquilo. Al menos Belén seguía confiando en él. Pero, ¿por qué no iba a hacerlo? No había hecho nada. Ojalá pudiera hacer algo para hacer feliz a Verónica pero eso destrozaría su vida y era demasiado feliz para querer que eso cambiara.




Varios días después, tras un día de navidad en familia, en casa de los padres de Belén, Pedro no había conseguido sacarse de la cabeza a Verónica. Esos días había bajado a tomar café a la hora que la encontró pero ella no aparecía. Quería hablar con ella, tratar de explicarle que le gustaba mucho pero que no quería estropear la relación con Belén. Quería ofrecerle todo su corazón, pero lo tenía ocupado. Entendió el motivo por el que muchos hombres engañan a sus mujeres y era porque simplemente amaban a dos mujeres. Era tan fácil mentir e intentar llevar una aventura paralelamente a su noviazgo... Pero si lo hacía sabía que los tres terminarían heridos.
Pedro cogió un periódico en el metro y después de leer deportes y noticias de escaso interés llegó a una página donde vio una foto conocida al pie de un artículo muy corto.

Sucesos, Madrid 26 de diciembre

Ayer a media noche una joven de veintiún años golpeó tres veces el espejo de su cuarto de baño y lo rompió en mil pedazos. Luego agarró un trozo del espejo y se cortó las venas. Con su sangre escribió en la pared un mensaje que los forenses nos han facilitado:
Me llamo Verónica y no quiero vivir.

Para Pedro eso fue como un balazo en el centro de su pecho. En el periódico venía su foto, ya cadáver, con su piel blanca y el contorno de sus ojos en tono oscuro. Aún le parecía tremendamente bonita y creyó que con su muerte había muerto parte de él. Sintió que su alma se partía porque él le había dado el empujón definitivo para que se suicidara y se sintió tan mal que ni Belén podría consolarlo.
Al volver a casa se encerró en el baño y se puso a llorar. Miró al espejo y se vió reflejado, llorando y con la cara roja. Recordó el apunte del periódico, que ella había golpeado tres veces el espejo y luego se suicidó con un cristal. Miró al espejo mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
- Verónica, Verónica, Verónica... Perdóname.
Al levantar la mirada vio que ella estaba tras él, reflejada en el espejo. Su cara era la misma que vio en el periódico, blanquecina y con ojos ennegrecidos. Su mirada no era la que él recordaba, ahora su estaba cargada de odio. Se asustó y se dio la vuelta para ver si estaba allí pero no la vió. Su corazón se había acelerado tanto que parecía querer saltar de su pecho. Entonces el espejo se rompió en pedazos y uno de los trozos se le clavó en el cuello.
Belén golpeó la puerta con fuerza, le pidió que le abriera inmediatamente, con desesperación. Pero Pedro solo fue capaz de decir una última cosa antes de morir.
- Lo siento...







FIN
 
23-10-2009 / 18:20 h
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Nivel 37
Diooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooos
 
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