Análisis: Warhammer 40K: Soulstorm| 7 de marzo de 2008 / Por Álvaro Castellano Córdova | Página 2 de 4 |
Una vez hecho esto accederemos al mapa por turnos, con el objetivo primordial de someter con nuestros ejércitos a los cuatro planetas y tres lunas del complejo estelar Kaurava. Quien haya gozado de la soberbia expansión Dark Crusade estará ya convenientemente al tanto del funcionamiento de este sistema, pero quien no haya tenido oportunidad de disfrutarlo debe saber que se trata de un marco en el que mediante movimientos de un territorio por turno, iremos accediendo a batallas en tiempo real que dilucidarán la propiedad de cada región. Cada una de estas zonas tiene unos valores concretos de suministros que nos reportan, y algunos de ellos tienen bonificaciones concretas muy suculentas, como unidades de infantería extra, vehículos o mejoras para el movimiento de las tropas.
De este modo nosotros nos movemos pero el enemigo también, y durante la campaña deberemos acometer acciones de defensa y ataque para mantener nuestros territorios y ocupar nuevos. Para destruir una facción por completo basta con conquistar su fortaleza, todas las razas tienen una aparte de sus territorios bajo control, y es la posesión más preciada porque puede determinar nuestra derrota en caso de perderla.
Soulstorm sencillamente es un “más y mejor” de Dark Crusade. De nuevo se descuida el hilo argumental de la campaña para favorecer un desarrollo totalmente libre en el que seamos nosotros quienes decidamos cuando, donde y a quien atacar.
El Amanecer de la Batalla
Una vez sobre el campo de guerra, ya en formato tridimensional y en tiempo real, el jugador se da cuenta de que a pesar de el cambio del estudio responsable y de las novedades que incluye el título, Soulstorm no deja de ser un Warhammer, y como tal mantiene intactos todos sus vicios (escasos) y virtudes (la mayoría).
Es una jugabilidad frenética, donde lo que más importa es el construir más, mejor y más rápido que nuestros rivales, para dotar a nuestras unidades de las más avanzadas mejoras de su equipamiento que serán las que, al fin y al cabo, desequilibren el combate.
Como es santo y seña de la saga cada facción tiene, en esencia, las mismas edificaciones y con idénticas funciones, sólo que éstas presentan aspectos y matices diferenciadores. Por ejemplo, en las Sisters of Battle todas las construcciones tienen un aspecto blanco e inmaculado y responden a nombres como Capilla, Santuario o Convento. Entre sus tropas destacan por su potencia el Inmolador, un vehículo de asalto lento pero muy resistente, armado con potentes lanzallamas; y el Penitente, una suerte de robot de gran altura que también escupe fuego, y que está especializado en el combate cuerpo a cuerpo.


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