Un adulto que sigue jugando con más de 30 años era visto por la sociedad como algo atípico
Entender por qué siguen jugando ha sido un desafío para la psicología
Durante muchos años hemos convivido con un estigma que, antes de que los juegos casual democratizaron el acceso a los videojuegos, nos invitaban a creer que un adulto que sigue jugando con más de 30 años suponía un síntoma de inmadurez. Para los millenials que siguen haciéndolo, rodeados de una generación que entiende esa afición como una forma de escapar de la vida adulta y sus obligaciones, la psicología ha abierto una puerta que pasamos por alto más de lo que deberíamos.
Lejos de agarrarse otra vez más a la manida fórmula destinada a destacar lo buenos que los videojuegos pueden ser para ti, lo que pone sobre la mesa el cruce de investigaciones sobre la ciencia del comportamiento no está en defender la práctica a toda costa, sino en entender por qué un millenial que sigue jugando tras superar la treintena es, en realidad, la respuesta más lógica al mundo que le rodea.
Por qué seguimos jugando pasados los 30
Convertida en la generación más preparada de la historia antes de que los jóvenes Gen Z ocupasen ese trono, los millenial crecieron bajo la promesa de un mundo en el que la educación y el esfuerzo les permitirían gozar de aún más éxitos que los cosechados por sus padres. Basta con asomarse a la actualidad económica y el mercado inmobiliario para entender hasta qué punto tienen todo el derecho a sentirse engañados.
Bajo la premisa de El ocaso del sueño americano, el economista de la Universidad de Harvard, Raj Chetty, aterrizaba esa sensación de los millenials a números. Según su estudio de 2017, la tasa de éxito de ese esfuerzo se medía en un 90% en la generación anterior a la suya, pero la movilidad en la escala social del millenial medio cayó al 50% para los nacidos en los 80. Es decir, que lo de superar a sus padres a nivel económico, pese a los estudios y el empeño, se había convertido en un simple cara o cruz.
Es fácil entender que, bajo ese escenario, la motivación de los millenial esté por los suelos. Es justo ahí donde entra en juego su afición a los videojuegos. A diferencia de la vida real, los juegos de esa época, especialmente los creados entre los 90 y los 2000, se convirtieron en un escenario en el que las recompensas eran claras y reales, las normas del juego se mantenían sin imprevistos, y las consecuencias de todo lo que se hacía en ellos arrojaban una consecuencia inmediata y cuantificable.
Si te paras a pensarlo, no hay muchas actividades que a lo largo de nuestra vida ofrezcan unas reglas tan claras. La capacidad de resiliencia de la generación millenial, destacada por tener una tolerancia a la frustración y la adaptabilidad mucho más alta de la que ha terminado demostrando la gen Z, parte precisamente de cómo ese escenario les ha enseñado las bondades de un sistema de fallo y repetición que era puro diseño de juego.
La psicología detrás de evitar ser otra la generación de cristal
En una época en la que los juegos no tenían guardado automático, o vídeos de YouTube con las claves de lo que tenías que hacer paso a paso, o recompensas cada cinco minutos y eventos temporales que te empujan a querer estar ahí día tras día, aquellas experiencias convirtieron el fracaso y la resolución de problemas en mecánica de juego.
En ese bucle de error y repetición instantánea, en lo que utilizaban aquellos juegos para mantenerte enganchado -a diferencia de cómo ahora los sistemas de juegos como servicio se agarran a prácticas mucho menos loables para perseguir al jugador y no soltarle del brazo-, es donde está la clave de esa mal llamada adicción de los millenials a los videojuegos.
Al analizarse mediante datos reales cuál era el comportamiento de los jugadores e intentar atarlos a estados de bienestar y motivaciones, el equipo del Oxford Internet Institute destacaba que detrás de esos patrones no había una cuestión de escapismo emocional, sino la oportunidad de satisfacer lo que el día a día no les ofrecía. Aquellos que se agarraban al juego por necesidad de forma insana, de hecho, demostraban una menor sensación de bienestar.
Si generaciones anteriores les habían prometido una vida mejor y el mundo actual había fallado al entregarla, la resiliencia interiorizada es la que les permite seguir remando sin convertirse en otra generación de cristal. Que muchos de ellos aún sigan jugando en mitad de la vida adulta es, en cierto sentido, el alivio de una válvula de presión que no ofrece muchas más salidas. Esos videojuegos son el único escenario en el que pueden seguir volviéndose a levantar después de caerse sin miedo al despido o el juicio social.
Imagen | Ron Lach
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