Crecimos entre películas que terminan con un "y fueron felices para siempre". Según los psicólogos, la falacia de la llegada ha sido nuestra ruina

  • Un profesor de Harvard experto en psicología positiva cree que los finales felices son un veneno cultural

  • Nos hemos acostumbrado a esa idea, pero nuestro cerebro funciona de forma distinta

Rubén Márquez

Editor - Trivia

Poco importa si era en forma de películas de Disney, cuentos infantiles o comedias románticas, la idea del "y fueron felices para siempre" se coló en nuestro imaginario como la meta a conseguir en la vida. No sólo era una cuestión de crecer, formar una familia y alcanzar con ello la felicidad absoluta. Fue una filosofía que terminó permeando en todos los aspectos de nuestra psicología en etapas tempranas. 

El doctor Tal Ben-Shahar, profesor de Harvard y experto en psicología positiva, acuñó bajo ese mismo prisma del "vivieron felices y comieron perdices" una realidad que nos sigue salpicando aún a día de hoy. Él lo llama la falacia de la llegada y, atándolo a ese clímax emocional de las películas de los 80 y los 90, ha demostrado hasta qué punto esos finales se han convertido en un veneno cultural. 

La falacia de la llegada según la psicología

Lo que la psicología recoge como falacia de la llegada se basa en la creencia errónea de que alcanzar una meta nos proporcionará felicidad duradera. Si me caso con esta persona seré feliz. Si consigo este puesto ya no tendré que preocuparme por nada. Si gano X al mes, todo resuelto. El problema es que esa filosofía implica que ser feliz es un destino cuando, en realidad, se trata de un estado transitorio que viene regido por el propio cerebro. 

El mejor ejemplo de ello está en los estudios psicológicos realizados a quienes han ganado la lotería. En la gran mayoría de los casos, unos meses después de ganar el premio se reconoce tener un nivel de felicidad equivalente al que tenían antes de ese cambio radical en sus vidas. No es que hubiesen ido a peor, es que el cerebro se había adaptado a la nueva normalidad mediante lo que los expertos han dado a conocer como adaptación hedónica.

El bajón que muchos experimentamos tras superar ciertos hitos nace precisamente de esa premisa. De hecho, se tiende a afirmar que somos más felices antes de conseguir algo que después de haberlo hecho por una mera cuestión de anticipación: la sala de espera de la felicidad. Al alcanzar ese logro, y descubrir con ello que o no era para tanto o está lejos de solucionar todos tus problemas, la magia del momento se rompe y no tardamos en volver a la normalidad. 

Lo que reclama el mundo de la psicología, con una tendencia que ha sabido abrazar la Generación Z mejor que ninguna otra en la actualidad, es que abandonemos la idea de alcanzar metas para ser felices y, en contraposición, aprendamos a valorar el proceso y el camino que supone ese desafío. 

Abandonar expectativas irreales y medir nuestra vida en un proceso continuo plagado de cambios nos aleja de ese "y fueron felices para siempre", pero también impide que le demos más importancia de la que deberíamos a un vacío que a menudo confundimos con infelicidad o fracaso. 

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