
El gobierno iraní denunció que los persas siempre son víctimas del mismo estereotipo: ser el malo de la película
El estreno de 300 es uno de los más rentables de la historia del cine moderno, ya que la película de Zack Snyder recaudó 70 millones de dólares en Estados Unidos durante su primer fin de semana. En Irán, sin embargo, provocó algo distinto: una denuncia formal ante la UNESCO. El gobierno iraní calificó la cinta, una que narra la batalla de las Termópilas entre 300 espartanos y el ejército persa de Jerjes, como un ataque a la identidad histórica del país. ¿El motivo? Los persas aparecían como decadentes, crueles y monstruosos; los griegos, en cambio, como nobles defensores de la civilización.
Un asesor del presidente iraní describió la película como "guerra psicológica", Warner Brothers respondió que era solo entretenimiento y ahí estalló la polémica. Desde el cine mundo hasta los blockbusters contemporáneos, Hollywood ha recurrido una y otra vez al antagonista de Oriente Medio con una constancia que no se explica solo por pereza creativa. La pregunta interesante no es por qué Hollywood los hace villanos, es por qué el público los acepta de una forma tan cómoda en ese papel.
La función psicológica del enemigo
La psicología social tiene una respuesta incómoda para eso. El psiquiatra Neel Burton describió en Psychology Today el mecanismo del chivo expiatorio como una defensa del ego: los sentimientos difíciles de gestionar como rabia, frustración, miedo o culpa se desplazan hacia un grupo externo, más vulnerable o más distante, que pasa a encarnarse. El grupo perseguido permite descargar esas emociones y sustituirlas por una reconfortante sensación de superioridad moral, y entonces Burton escribe la frase clave: la creación de un villano implica el nacimiento de un héroe, aunque ambos sean puramente ficticios.
Esa última parte conecta la cuestión con la pantalla. El cine no inventó el mecanismo del chivo expiatorio, pero es la maquinaria más eficiente jamás construida para activarlo. Un villano necesita ser "suficientemente otro" para que el espectador no se reconozca en él y disfrute de su derrota sin culpa. El persa, geográficamente lejano, culturalmente distinto y enmarcado como amenaza durante décadas, cumple ese requisito a la perfección. Así, no es casualidad que 300 se estrenara en pleno pulso entre Estados Unidos e Irán por el programa nuclear.
Lo revelador es lo que ocurre cuando el villano coincide con un enemigo geopolítico real. Burton advierte de que, especialmente en tiempos de crisis, líderes sin escrúpulos pueden explotar el impulso ancestral del chivo expiatorio para desviar la atención de sus propias carencias. El cine no necesita esa intención deliberada para producir el mismo efecto, basta con repetir el patrón hasta que el público lo interiorice como natural. Así, cuando el persa malvado aparece, el espectador ya sabe qué sentir antes de que hable.
Eso hace que la indignación iraní ante 300 no fuese una rabieta nacionalista, sino la respuesta de un pueblo que se reconoció, una vez más, en el papel de monstruo necesario. La civilización que escribió una de las primeras declaraciones de derechos humanos lleva décadas interpretando al bárbaro en Occidente, y el imaginario (como sabe la psicología) no se corrige con datos: se corrige cambiando quién tiene permiso para ser el héroe.
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