
Las películas han distorsionado nuestra percepción de cómo era realmente el mundo en tiempos de Sherlock Holmes y el Dr. Frankenstein
Es bien sabido que el cine, y por ende algún que otro videojuego que nos flipa, tiene la extraña particularidad de hacernos creer que la Edad Media era un territorio perpetuamente sombrío, donde nunca brillaba el sol y todo olía a humedad y hollín. Algo parecido pasa con el siglo XIX, la Revolución Industrial, donde a través de películas como las de Sherlock Holmes o las adaptaciones de Charles Dickens se ha popularizado una estética de calles victorianas envueltas en niebla, y noches de no ver tres en un burro. La realidad, sin embargo, no era tan tenebrosa como nos han hecho creer siempre estas historias en los cines.
La verdad incómoda es que aquella época no era tan oscura como para que Jack el Destripador merodeara entre sombras absolutas: tenía farolas, tenía cafés iluminados, tenía teatros con iluminación a gas, etc. Así nos lo recuerdan los compañeros de GameStar en una interesante mirada a la historia, en la que explican que, efectivamente, a comienzos de la centuria la oscuridad sí era la norma, con velas y lámparas de aceite que, aunque asequibles, ofrecían una iluminación limitada y podían generar humo, pero con el paso de los años llegaron varios inventos que cambiaron para siempre la iluminación de las ciudades y, sobre todo, de las casas, dejando de ser lugares lóbregos y sombríos para convertirse en espacios más cálidos, acogedores y llenos de vida. La evolución de la iluminación doméstica durante la época victoriana está bien documentada y muestra cómo el gas y el petróleo fueron ganando terreno durante el siglo.
Así, desde mediados del siglo XIX la parafina y el gas empezaron a mejorar la iluminación doméstica, y en 1865 el quemador Duplex, con dos mechas y una chimenea de cristal, multiplicó la intensidad lumínica. Unos 20 años después, Carl Auer von Welsbach desarrolló la camisa incandescente, capaz de producir una luz mucho más brillante que los quemadores convencionales. En las últimas décadas del siglo XIX, Edison y Swan desarrollaron de forma independiente lámparas incandescentes prácticas, que tardaron en popularizarse por su coste y por la infraestructura necesaria, pero convivieron durante años con el gas y las lámparas de petróleo, haciendo los interiores cada vez más luminosos ya de cara a 1900.
¿Eran oscuras las calles? (Donde el cine sí tiene parte de razón)
Las películas algo de razón sí que tienen. Entre finales del siglo XVIII y comienzos del XIX apenas había luz artificial en exteriores, y cuando no había luna las calles podían quedar muy poco iluminadas. La gente dependía de linternas personales y de las pocas farolas de aceite que algunos comercios ponían para, un poco, ahuyentar la delincuencia. Y aunque las primeras farolas de gas llegaron a Londres hacia 1807, esta tecnología tardó décadas en popularizarse y, además, no iluminaba demasiado: incluso los modelos más potentes daban menos luz que una bombilla moderna de 25 W. A esto se sumaba que se instalaban bastante separadas, hasta 65 metros, dejando tramos enteros en penumbra. Durante la segunda mitad del siglo XIX, las mejoras en los quemadores y, especialmente, la aparición de la camisa incandescente en 1885 aumentaron considerablemente la eficiencia y la intensidad de estas lámparas. Más adelante, la electricidad comenzó a transformar también el alumbrado urbano y los grandes espacios.
Claro que, comparado con la época en la que nos movemos, donde no hay ni un palmo de terreno donde no haya un elemento luminoso, cualquier cosa del pasado nos parece oscura. Pero seamos sinceros, una Londres iluminada como una sala de estar de los años 70 no da miedo, una lúgubre, de intrigas en cada esquina, sí. Por no decir que permite a los directores de fotografía lucirse dejándonos estampas maravillosas. Mientras, en videojuegos, son el escenario perfecto para algún buen videojuego de sigilo, de esconderse bien.
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