
Un fraude al estado convirtió a un zapatero en un héroe popular que cayó en gracia al propio kaiser Guillermo II
Cuando alguien sale de la cárcel decidido a dejar atrás su pasado y rehacer su vida, solemos pensar que basta con encontrar un trabajo honrado y comportarse, que el resto depende solo de su voluntad. Eso fue exactamente lo que intentó Wilhelm Voigt al salir de prisión en 1906, tras más de la mitad de su vida entre rejas.
Pero fue la propia administración prusiana, con su maquinaria de vigilancia a expresidiarios, la que le cerró esa puerta una y otra vez pese a que -por lo que sabemos- sus intenciones eran honradas. Y lo que consiguieron fue empujarlo al golpe que lo convertiría en el impostor más célebre de Alemania y un héroe para muchos; una suerte de "Robin Hood teutón" por cómo se le percibió a posteriori de su gesta. Esta es la historia de un zapatero que con un uniforme de segunda mano se convirtió en un "héroe del pueblo".
Infancia violenta, y condena que lo marcó de por vida
Voigt nació en 1849 en Tilsit, entonces territorio prusiano. Su padre, un humilde zapatero con problemas de juego, era un hombre violento que pegaba habitualmente tanto a su mujer como a nuestro protagonista, sobre todo tras perder dinero apostando. Con solo 14 años, y después de una de esas palizas, Voigt huyó de casa caminando hacia la vivienda de unos familiares a más de 100 kilómetros. La policía lo interceptó por el camino, acusándolo de mendigar -algo entonces prohibido-, y lo devolvió a casa con una multa que le costó otra paliza de su padre. Tras un nuevo episodio de violencia, tuvo que escapar de nuevo, esta vez sin apenas ropa, lo que le obligó a robar prendas a unos vecinos. Lo denunciaron y pasó dos semanas en la cárcel, su primer antecedente penal, y el primer clavo en el ataúd de cualquier futuro legal que pudiera plantearse.
Se hizo aprendiz de zapatero y más tarde se trasladó a Berlín para completar su formación. Allí, con un empleo precario, cayó en la tentación de falsificar un pagaré de 3 táleros convirtiéndolo en 23. Lo descubrieron, y pese a su juventud y lo insignificante del monto, el juez consideró sus antecedentes y lo condenó a 10 años, ampliados a 12 al no poder pagar la multa asociada. Salió en 1877 dispuesto a mantenerse en la legalidad.
Pero como hoy en día, a cualquier ex convicto le cuesta encontrar trabajo por sus antecedentes, y sin oportunidades acabó aceptando el plan de un conocido de la cárcel para robar la caja de los Tribunales de Wongrowitz. Los pillaron de inmediato, confesó pensando que aligeraría la pena, pero recibió 15 años más.
Un uniforme que fue la clave para su gran golpe
En 1906, ya un hombre envejecido, salió de prisión con la misma intención de siempre: hacer las cosas bien. Gracias a la mediación del párroco de la cárcel consiguió un trabajo honrado como zapatero en Wismar. Pero apenas tres meses después, un control preventivo de la policía lo catalogó como "peligroso para la moralidad y la seguridad pública", vetándole trabajar en toda Prusia y, para rematarlo, negándole también el pasaporte. Quedó atrapado en un limbo legal: no podía trabajar en el país, pero tampoco abandonarlo. Intentó empadronarse en treinta ciudades distintas sin éxito, hasta que se registró en Hamburgo mientras vivía de forma clandestina en Berlín.
Fue entonces cuando tuvo la idea que lo cambiaría todo: comprar en una tienda de segunda mano un uniforme de capitán del Primer Regimiento de Infantería de la Guardia Prusiana. Le sentaba como hecho a medida, y su bigote, similar al del propio Kaiser Guillermo, completaba el aspecto. Tras comprobar en la calle que los soldados se cuadraban ante él sin dudarlo, y de estudiar los cambios de guardia, ejecutó su plan el 16 de octubre: interceptar a un sargento y ocho soldados para convencerlos de que cumplían una misión para el Kaiser. Los llevó hasta Köpenick, uno de los municipios más alejados de Berlín, y allí tomó el ayuntamiento, arrestando al alcalde y al tesorero, y haciéndose con un botín de 3.557 marcos de la caja municipal -unos 30.000 euros actuales-, antes de desaparecer en tren con el dinero.
La humillación para las autoridades fue tal que se ofreció una recompensa por su captura, pero la sociedad recibió el golpe con simpatía. Lo consideraron una genialidad que había ridiculizado al ejército sin una sola gota de violencia. Diez dias después fue detenido al haber sido delatado por el mismo conocido que, años antes, lo había arrastrado por el robo de Wongrowitz. Fue condenado a cuatro años, pero la presión popular fue tan fuerte que el propio Kaiser lo indultó a los dos, encontrando gracioso al personaje.
Voigt salió convertido en héroe popular y símbolo antimonárquico, y vivió el resto de su vida de esa fama, con giras, un libro de éxito y hasta figuras de cera dedicadas a él. Hoy, frente al ayuntamiento que desvalijó, hay una estatua de bronce en su honor: la única en el mundo, según dicen, dedicada a un estafador.
Imagen de portada: Diether (vía Wikimedia Commons CC BY-SA 1.0, 2.0, 2.5 Unported, y 3.0)
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