
Mi edición de El Señor de los Anillos tiene el lomo roto, pero guarda una curiosa historia, nombres raros y una traducción de lo más imaginativa que habría gustado muy poco a Tolkien
Mi primera edición de El Señor de los Anillos es la de bolsillo de Minotauro de 1991 (y la reimpresión del 94, si no recuerdo mal). Los abrí tantas veces que el lomo del segundo acabó partido y sujeto con celo. Creo que como a muchos lectores de Tolkien una de los momentos de la saga que mejor se me quedó grabado es cuando Éowyn se quita el yelmo delante del Señor de los Nazgûl. Él presume de que ningún hombre viviente puede impedirle nada, y ella le contesta que es que no es ningún hombre viviente, que lo que sus ojos ven es una mujer, y remata dando su nombre y el de su padre. Es la página 141 de esa edición, y tiene toda una historia detrás.
Una traductora poco fiel a Tolkien
Esas palabras concretas no salieron de Oxford. Tolkien escribió algo parecido en inglés, pero el castellano que a ti y a mí nos erizó los pelillos de la nuca la nuca (de los pies si eres muy hobbit) la ideó una traductora argentina de sesenta y tantos años que vivía en Ibiza. Se llamaba Matilde Zagalsky y firmaba como Matilde Horne. Claro, si vas ahora a tu estantería seguramente el nombre que aparece como traductor no es el suyo. Y normal, por que la lió parda. La traducción de El Señor de los Anillos de Matilde Horne (junto a Francisco Porrúa / Luis Domènech) es polémica principalmente porque la traductora confesó públicamente que no le gustaba la obra de Tolkien ni su poesía, la cual calificó de "pesada" y tradujo en prosa, eliminando su musicalidad original.
Además, el hecho de que compartiera el trabajo provocó un notable cambio de tono y ritmo a mitad de la trilogía, a lo que se sumaron múltiples erratas históricas e inconsistencias derivadas de ignorar la propia guía de nombres del autor. Entre los errores más llamativos que arrastró esta edición durante décadas, destaca la frase donde se afirmaba que los Hobbits Albos, cuando en el original (Elves) se refería a los Elfos y se generaron enormes confusiones con nombres propios como Shadowfax (Sombragris), que originalmente fue traducido como "Grisíllón", o el apodo de Gandalf, Greyhame, que se llegó a traducir literalmente en algunos pasajes como "manto gris" en lugar de mantenerse como nombre propio. Vale que Tolkien no lo ponía nada fácil… Pero hay algunas libertades creativas ahí que resultan, cuando menos, llamativas. Estos descuidos empañaron un trabajo que, pese a todo, fijó el canon en español hasta que las ediciones revisadas del 60 aniversario empezaron a subsanar los fallos.
La Comunidad del Anillo la tradujo el propio Francisco Porrúa, fundador de Minotauro, que firmaba con el seudónimo Luis Domènech. Las dos torres y El retorno del rey los firmó Horne junto a él, tal como recoge el estudio de recepción de la obra de Tolkien en España y América Latina, y los apéndices llegaron entre 1987 y 1988 de la mano de Rubén Masera. Poco a poco el propio Porrúa y el equipo de Minotauro ha ido corrigiendo las traducciones en castellano, pero en su momento aquello era un festival de inventiva. Bueno, supongo que se hizo lo mejor que se pudo.
Eso no quita que tal vez pusiera de su parte más de lo deseable ya desde el primer momento. Llegó a España en 1978 huyendo de la dictadura argentina y acumuló más de setenta títulos traducidos, con Bradbury, Le Guin, Lem, Angela Carter y Doris Lessing en la lista. Lo mejor de lo mejor del género de fantasía y ciencia ficción. Trabajaba para Porrúa con acuerdos verbales, que era como se hacía entonces y como se siguió haciendo demasiado tiempo. En una entrevista recogida por Página/12 confesaba que Tolkien nunca le entusiasmó, que lo leyó a los sesenta y no a los veinte y que jamás le vio la poesía. Le echó más de dos años de trabajo a los dos tomos y bromeaba con reclamarle a Christopher Tolkien una compensación por la cantidad de visión perdida durante el proceso.
Planeta compró Minotauro una semana antes del estreno, y ahí la historia se tuerce
El 12 de diciembre de 2001, la prensa española contaba que Porrúa había cedido por fin a las ofertas del Grupo Planeta tras seis años resistiéndose. Siete días después se estrenaba en cines La Comunidad del Anillo. La noticia se explica sola: Minotauro venía facturando unos 500 millones de pesetas al año y en 2001 saltó a los 1.600 millones por efecto de las películas. En esa operación, Horne recibió una cantidad casi simbólica por su trabajo. Que su trabajo puede resultar algo cuestionable, pero el trabajo realizado hay que pagarlo. Cuando la entrevistaron a comienzos de 2007 vivía en una residencia de Ibiza, la isla en la que había pasado tres décadas. Cobraba una pensión no contributiva de 300 euros al mes, de los cuales unos 240 se le iban en comida y el resto en el móvil para hablar con su familia. Lo resumía sin dramatismo, diciendo que se había quedado colgada y que ella solo quería estar en su casa. Cuesta leerlo mientras uno recuerda las pilas de ejemplares que había en cada centro comercial aquellas Navidades.
El Señor de los Anillos. Edición ilustrada por el autor (cantos tintados) (Biblioteca J. R. R. Tolkien)
La parte buena llegó tarde y a medias, pero llegó
En marzo de 2007, ACE Traductores se sentó con Planeta y regularizó la situación de sus cuarenta y tres traducciones publicadas desde la compra de Minotauro, entre ellas los dos tomos de El Señor de los Anillos. No fue una indemnización multimillonaria y en realidad es una historia bastante aburrida de contratos donde antes no había nada más que un apretón de manos e historiales de reediciones, reimpresiones y ventas a lo largo de varias décadas. Matilde Horne murió el 10 de junio de 2008, a los 94 años, en la residencia. Su traducción sigue en catálogo y es la base de la que todavía compras hoy en España si te llevas a casa la edición ilustrada por el propio Tolkien. En 2022, ACE Traductores y la asociación Pórtico crearon el Premio Matilde Horne a la mejor traducción de género fantástico. Curioso.
Que un premio lleve su nombre está bien y es justo. Polémica a parte, hay que reconocer que hizo lo que pudo en un momento en el que España no había muchos más referentes del género. ¿Podrías haber sido más fiel al original? Pues sí, pero en pleno 1989 a Die Gard se la llamó en España "Jungla de Cristal". Y no empecéis con lo de A todos Gas, Lobezno y demás, que os conozco. "En todas las casas cuecen habas" y muchas de esas decisiones empresariales tienen más de personal del comercial o empresario de turno que de otra cosa. El caso es que el otro día volví a bajar de la balda el tomo del lomo roto para consultar una cosa (que nada tiene que ver con esta historia, dicho sea de paso), y por primera vez en casi 20 años volvía leer aquello de "no soy un hombre viviente". Curiosamente, en su momento no me llamó la atención tan peculiar elección de palabras.
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