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Tenía una consola con cartuchos de cartón y me pasé la infancia pegado a ella en los 90

Tenía una consola con cartuchos de cartón y me pasé la infancia pegado a ella en los 90

Por  /  23 de mayo de 2022       

Era 1991, y yo quería una Game Gear, que era como la Game Boy, pero a color, y eso a mí me molaba. Pero por algún motivo, antes de poder disfrutar de la pequeña consola de SEGA llegó a mi casa una pequeña máquina que, básicamente, era un lector de códigos de barras. Pero también una experiencia RPG fascinante.

Barcode Battler era una curiosa máquina que hacía a los chavales de los marchosos 90 protagonistas de combates con alma de JRPG. En realidad, suena mejor de lo que era, porque estos combates se traducían en la pequeña pantalla de cristal líquido en números y estadísticas: fuerza de ataque, defensa, vitalidad… Nada demasiado atractivo, la verdad, pero los que sobrevivimos a la infancia en los 80, en los 90 nos agarrábamos a un clavo ardiendo. Ojo, que hay un "plot-twist", y es que el fabricante (Epoch Co.) prometía que el juego era prácticamente infinito. Y, bueno, en cierto modo, lo era.


Los diferentes personajes que el jugador podía encarnar se ofrecían en forma de colección de tarjetas, con unos dibujos bien chulos que acompañaban a la maquinita. Para trasladar el personaje o las diferentes armas y equipaciones a la Barcode Battler, había que deslizar el dorso de la tarjeta por un lector de códigos de barras. El lector traducía el patrón de barras en las diferentes estadísticas del personaje, que se enfrentaba a los distintos enemigos que la maquinita generaba. "Chema, tronco, eso es un rollo”, dirás si todavía estás leyendo esto. Bueno, reconozco que no suena muy trepidante, pero todavía Barcode Battler tenía una posibilidad más de juego, y esa fue la que me enganchó. Y es que por el lector podías pasar cualquier código de barras. Cualquiera, en serio. Eso hacía que la colección de héroes a mi disposición fuera inagotable. Además, nunca sabías qué tipo de personaje te iba a salir al pasar el código: podrías tener una ataque bestial, pero una vitalidad y una defensa ridícula. De ahí que no dejara de recortar todo tipo de códigos de barras para probar suerte. Ríete tú de los sobres del FIFA: cartones de leche, portadas de tebeos de Mortadelo e incluso las cajas de lápices Alpino… Los del bingo no son los únicos cartones que enganchan, amigos.



Tenía una consola con cartuchos de cartón y me pasé la infancia pegado a ella en los 90

El juego en sí no tenía mucho rollo: atacabas, defendías y ahí estabas hasta que palmaras o acabaras con el enemigo que te presentaba la consola y pasaras a otro. Pero la gracia estaba en que recortar el código de barras de un Phoskito podía dejar en tus manos el poder de un héroe imbatible o un arma temible. Por otro lado generó un Síndrome de Diógenes infantil de lo más preocupante, algo que en lo que sigo trabajando 30 años después, a pesar de que la Barcode Battle está perdida y olvidada en algún cajón en la casa de mis padres. Estoy mejor, gracias.


Me resulta alucinante que me bastara una serie de números en una pantalla para pasar el rato¿Y a qué viene esta batallita? Pues a que leyendo el interesante artículo del compañero Felipe Báguena dedicado a los juegos más raros de Zelda, rescató de mi olvido esta curiosa maquinita. Y es que me resulta alucinante cómo hace un par de décadas me bastaba una serie de números en una pantalla para pasar el rato. Pero más todavía que dedicara tanto tiempo a recortar cajas de cartón. También resulta curioso cómo el éxito de las primeras portátiles supuso un resurgir de todo tipo de maquinitas, un renacer de los juegos en LCD como no se veían desde la Edad de Oro de los Game and Watch. Su canto de cisne, por otro lado. Que las consolas sustituyeran a este tipo de juegos fue completamente comprensible, pero hay que reconocer el mérito de muchas empresas jugueteras que fueron capaces de probar cosas muy originales, rayando tal vez lo ridículo, en un momento en que el sector de juguete empezó a ver las orejas al lobo de los videojuegos.


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