Cuando hablamos de Metal Gear todos pensamos en Kojima. Yo además me acuerdo de uno de los artistas de ciencia ficción más increíbles

Noriyoshi Ohrai, el artista japonés que redefinió el arte promocional con su estilo épico y detallista en cine, literatura y videojuegos

Chema Mansilla

Editor - Cine y TV

El otro día, rebuscando en mi estantería, saqué un libro de arte dedicado a Noriyoshi Ohrai. Y pensé: "qué bueno era este tío". Mientras en Occidente llevamos décadas deslumbrados por el trazo nostálgico, cálido y reconocible de Drew Struzan, en Japón vivieron un fenómeno paralelo con Ohrai: un artista tremendo cuya obra recorre el cine, la literatura y los videojuegos, y que dejó su huella en franquicias tan enormes como Star Wars, Godzilla y, sí, también Metal Gear Solid. Y es curioso: cuando hablamos de Metal Gear, todos pensamos en Kojima, claro, en esa mezcla de autoría, megalomanía y vanguardia pop que ha convertido su nombre en marca. Pero yo, además, me acuerdo también mucho de Ohrai.

El impacto de una leyenda japonesa

Noriyoshi Ohrai fue un ilustrador descomunal, en todos los sentidos. Entre los años 60 y su retirada en 2011 acumuló más de 1.300 portadas, pósters, portadas de novelas, ilustraciones promocionales y artes para videojuegos. Un volumen de trabajo casi imposible si tenemos en cuenta que a menudo entregaba trabajos en apenas tres días. En Japón, su prestigio era tal que su muerte en 2015 fue recogida por la prensa nacional como la desaparición de uno de los grandes narradores visuales del país. En Occidente, sin embargo, su nombre seguía siendo un talento prácticamente desconocido.

Su salto internacional llegó en 1980, cuando George Lucas descubrió una serie de ilustraciones suyas dedicadas a Star Wars y pidió personalmente que Ohrai realizara el cartel internacional de El Imperio contraataca. Ese póster, el mismo que se utilizó para la promoción en Japón y Australia, y en algunas ediciones europeas en video, lo convirtió en una figura internacional. La pieza ganó el prestigioso Seiun Award y abrió una etapa en la que se volvió imprescindible para la iconografía de la era Heisei de Godzilla. Mientras Struzan ponía rostro al imaginario cinematográfico de Occidente, Ohrai se convertía en la otra mitad invisible de esa ecuación: el pintor que llevó el drama épico al blockbuster japonés.

Un autodidacta que no quería ser estrella

Lo fascinante de Ohrai es que nunca fue un artista "de estudio". Abandonó la carrera de pintura en la Universidad de las Artes de Tokio y pasó una primera etapa frustrante expuesto en galerías de Ginza… sin vender una sola obra. En 1962 entró en una joven agencia de publicidad, y fue allí donde encontró su lenguaje: un punto intermedio entre la pintura clásica, la narrativa cinematográfica y la estética pulp.

George Lucas descubrió una serie de ilustraciones suyas dedicadas a Star Wars y pidió personalmente que Ohrai realizara el cartel internacional de El Imperio contraataca

Su carrera despegó definitivamente cuando comenzaron a llegar encargos para novelas de ciencia ficción y magazines históricos, donde desarrolló su estilo característico: óleos densos, capas de luz superpuestas, un fuerte contraste cromático, composiciones llenas de tensión dramática y un dominio absoluto de los materiales, desde el brillo especular del metal hasta la textura del cuero o la piel. Hoy resulta evidente que su obra escapó de los límites de la publicidad y los trabajos meramente comerciales. Sus ilustraciones se convirtieron en un puente entre industrias, una vía directa hacia el videojuego en una época en la que el arte de los juegos empezaba a demandar épica, narrativa visual y ambición estética.

La pintura que se convirtió en ADN de Metal Gear

Si te gusta Metal Gear, probablemente asocies su identidad visual a Yoji Shinkawa, a ese trazo gestual y expresionista que parece moverse incluso cuando está impreso. Pero antes de que ese estilo se impusiera como canon, Ohrai ya había dejado su huella en la saga. Konami recurrió a él para varios materiales promocionales y ediciones especiales de Metal Gear Solid, Metal Gear Solid 2 y Metal Gear Solid 3. Sus pinturas aparecieron en libretos, artes interiores y piezas hoy absolutamente codiciadas por coleccionistas. Incluso la propia saga las homenajea en Metal Gear Solid 4: Guns of the Patriots, donde se pueden ver referencias directas a su imaginería.

La saga no sería lo mismo sin Shinkawa, pero también sería un poco más pobre sin el toque casi mitológico de Ohrai

Su aportación es importante porque amplía los registros visuales de Metal Gear: donde Shinkawa aporta inmediatez, gesto y nervio, Ohrai añade épica, solemnidad y peso histórico. Cada imagen suya parecía un fotograma de una película de Metal Gear que no existía… pero que querrías ver. Su forma de iluminar a los personajes y de representar una maquinaria bélica a caballo entre el realismo y la ciencia ficción conecta con la tradición cinematográfica y la pintura clásica. Ese contraste, esa doble herencia, es parte de lo que hace tan rica la identidad visual de Metal Gear. La saga no sería lo mismo sin Shinkawa, pero también sería un poco más pobre sin el toque casi mitológico que Ohrai añadió desde la esquina más discreta del proyecto.

Un artista entre gigantes… que nunca buscó serlo

Para entender por qué Ohrai es tan especial hay que situarlo en su contexto. Comparado con otros grandes pintores, portadistas y cartelistas de su época, como el magnífico Robert McGinnis, aquel maestro de la elegancia gráfica del póster clásico, Ohrai es más físico, más narrativo, más denso. Frente a Drew Struzan y su épica fantástica, Ohrai impone dramatismo y peso. Si lo colocamos junto a Frank Frazetta, encontramos esa monumentalidad de los cuerpos… pero aplicada al hardware militar, a tanques, helicópteros y monstruos gigantes.

Y cuando lo ponemos al lado de artistas más actuales, directamente vinculados al videojuego (y a la saga Metal Gear en concreto), como Yoji Shinkawa o Ashley Wood, entonces su papel resulta clarísimo: Ohrai es la tradición pictórica dentro de un medio que avanzaba hacia el trazo digital y el collage conceptual. Wood aportaba fragmentación y ruido contemporáneo; Shinkawa, energía cinética. Ohrai daba la capa épica, la solidez, la textura del óleo que recordaba al cartelismo cinematográfico clásico.

Un legado que sigue creciendo incluso tras su muerte

Cuando Ohrai falleció en 2015, la prensa japonesa habló de él como de un artista "fundamental para comprender la cultura visual moderna del país". Sus exposiciones retrospectivas en Miyazaki, su ciudad de adopción, reunieron a fans del cine, del manga, del videojuego y de la ilustración militar. Y en Occidente, su nombre empezó a ganar reconocimiento precisamente a través del videojuego: muchos medios destacaron su vínculo con Metal Gear porque era la forma más directa de conectar su obra con nuevas generaciones. Hoy su legado es doble. Por un lado, la influencia directa en artistas que han crecido estudiando sus composiciones. Por otro, el papel simbólico de representar un punto de encuentro entre industrias: cine, la ilustración editorial, publicidad y videojuego.

Cuando hablamos de Metal Gear solemos pensar en Kojima, en la narrativa posmoderna, en los giros de guion imposibles y en ese tono militarista y humanista a la vez. Pero parte del aura que envuelve la saga, ese aire de epopeya tecnológica, de héroes cansados, de guerras eternas, existe también gracias a artistas como Noriyoshi Ohrai. Al menos, en mi imaginario personal. Su pintura aporta densidad, dramatismo y una huella visual que soy incapaz de desvincular a Metal Gear.

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