
El desgaste físico y mental de la animación japonesa no es solo cosa de las series con calendarios imposibles, también le pasa a Studio Ghibli
Las pelis de Studio Ghibli me fascinan, y con los años la cosa va a más. Hace un tiempo me puse a ojear con una amiga uno de mis libros de arte de La princesa Mononoke (Mononoke-hime, 1997) mientras desayunábamos, con la idea de echarle un vistazo rápido, y nos dio la hora de comer. Es que uno se pierde en esos fondos pintados a mano, en los detalles, en los colores, la composición… Cada plano de la peli pasó por muchísimas manos, empezando por las de Hayao Miyazaki, que revisó uno a uno los más de 144.000 fotogramas pintados de manera tradicional y corrigió personalmente unos 80.000.
La peli es una maravilla, eso lo sabemos todos, de lo que no solemos hablar es del precio que sus creadores pagaron para realizarla. Entre los nombres que firman Mononoke está el de Yoshifumi Kondo, su director de animación, que había dirigido Susurros del corazón (Mimi wo sumaseba, 1995) y al que Ghibli veía como relevo de Miyazaki e Isao Takahata. Kondo murió el 21 de enero de 1998, seis meses después del estreno de Mononoke, con 47 años, por una disección aórtica que se atribuyó al exceso de trabajo. La maravilla que son estas pelis tienen un precio, y a veces lo pagan los artistas del estudio.
No es solo cosa de las series de anime
Cuando se habla de las condiciones laborales del anime, casi siempre pensamos en las series de televisión, con calendarios que se comen a los equipos semana tras semana, y con razón. En 2019, un asistente de producción de Madhouse contó en una entrevista con Bunshun que en su peor mes trabajó 393 horas, porque los storyboards de un episodio llegaron un mes antes de la emisión y hubo que sacar en uno el trabajo de tres. Acabó desplomándose en la calle. Es fácil pensar que eso es algo puntual o que está asociado a ese tipo de producciones con calendarios de producción tan apretados, pero Ghibli demuestra que el problema viene de más lejos.
Mononoke es solo un ejemplo. Tuvo todo lo que le falta a una serie de temporada: 2.350 millones de yenes, el mayor presupuesto de la animación japonesa hasta entonces, dos años de animación y una numerosa plantilla de animadores en nómina, algo muy poco habitual en la industria. Aun así, Steve Alpert, ejecutivo de Ghibli entre 1996 y 2011, cuenta en sus memorias que en las producciones de Miyazaki se trabajaba seis días a la semana, con horas extra sin pagar, y que en el tramo final se saltaban la legislación laboral japonesa. Había animadores que fingían irse a casa y volvían a escondidas a su mesa. Lo del crunch no es solo cosa de los videojuegos, y por desgracia no hace falta irse a Japón para encontrarlo.
"Japón tiene una palabra para morir de trabajar"
Nada de esto nace en un estudio de animación. Japón tiene una palabra para la muerte por exceso de trabajo, karoshi, y en 2014 aprobó una ley para prevenirla. Eso ya delata hasta qué punto esta filosofía laboral está arraigada en su cultura. En el informe oficial de 2024, las artes y el entretenimiento aparecen entre los sectores que se investigan con prioridad en estos casos. Detrás hay una cultura en la que quedarse más horas que nadie se ve como prueba de compromiso, y una admiración muy japonesa por el artesano que entrega la vida a su oficio. Se entiende, pero esa pasión también ha servido muchas veces de excusa para la explotación laboral pura y dura, especialmente entre los trabajadores más jóvenes y con más ganas (y necesidad) de tener una carrera profesional.
Lo curioso es que Miyazaki y Takahata conocían este problema mejor que nadie. En 1964, Miyazaki fue elegido secretario del sindicato de Toei, con Takahata de vicepresidente, y pasaban noches enteras en el cuartucho del sindicato hablando hasta el amanecer sobre este tipo de problemas. Tres décadas después, su estudio tropezaba con la misma piedra. Toshio Suzuki, el productor de Ghibli, contó en un libro de 2018 que Kondo le llegó a decir que Takahata había intentado matarlo. Seguramente era una forma de hablar, pero da una idea de la exigencia que se respiraba en el estudio.
Diez años sin Michiyo Yasuda
Hay otro nombre en aquel libro que mucha gente no conoce. La artista Michiyo Yasuda entró en Toei en 1958, recién salida del instituto, y también allí conoció a Miyazaki y Takahata a través del sindicato. Fue la diseñadora de color de Nausicaä del Valle del Viento (Kaze no tani no Naushika, 1984), cuya protagonista es mi princesa preferida de Ghibli, como ya os onté hace algún tiempo, y dirigió el departamento de color de Ghibli desde la primera peli del estudio. Cada verde de los bosques de Mononoke que me dejan pegado a las páginas de mi libro de arte pasó por su criterio.
Yasuda murió el 5 de octubre de 2016, a los 77 años, por una enfermedad, y nada indica que su trabajo tuviera que ver. Pero volvió de su merecido retiro para El viento se levanta (Kaze tachinu, 2013), y su carrera retrata a la generación que lo dio todo por Ghibli. Meses antes había muerto Makiko Futaki, animadora clave en casi todas las pelis de Miyazaki, con solo 57 años. En el documental Never-Ending Man: Hayao Miyazaki (2016), Miyazaki se lamenta de que esté muriendo gente que debería haberle sobrevivido.
THE ART OF : LA PRINCESSE MONONOKÉ (ARTBOOK VO JAPONAIS)
Yo no voy a dejar de emocionarme con estas pelis, pero me gusta verlas sabiendo lo que costaron. Creo que se valora todavía más el increíble trabajo realizado en ellas, pero ojalá eso no supusiera una condiciones de trabajo tan duras para estos artistas y creadores. Ahora cuando las veo no puedo dejar penar: "¿merece la pena?"
En 3DJuegos | Es una imagen icónica del cine de Ghibli, también es un tremendo error
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