Si las niñas ya no leían Dragon Ball, entonces Dragon Ball iba a maximizar la fidelidad de quienes sí lo leían a base de puñetazos
Hay una versión oficial que todos hemos repetido durante décadas como un mantra y que suena muy bonita: Akira Toriyama, en pleno acto de inspiración, decidió que Goku debía hacerse adulto para que su obra evolucionara con sus lectores. Una metamorfosis natural, casi poética, de un manga que crecía igual que su público. Pero no es del todo cierta. La realidad es bastante menos romántica y bastante más interesante. La transformación de Goku, el salto a lo que en Occidente conocemos como Dragon Ball Z, fue ante una decisión comercial tomada con la mirada puesta en los números y los beneficios, encuestas semanales. Todo se debe a la presión brutal de una industria editorial que en los años ochenta funcionaba como una máquina de cribar talento sin compasión. Lo que ocurrió es que el público femenino, que había sido fundamental en los primeros compases de la serie, empezó a desaparecer.
La Weekly Shonen Jump no era una revista, era un coliseo romano
Para entender por qué Dragon Ball tuvo que mutar, primero hay que entender dónde vivía. La Weekly Shonen Jump, la revista donde se publicaba originalmente Dragon Ball, no era simplemente una publicación de manga, era un sistema de selección darwiniana donde cada semana los lectores rellenaban encuestas votando sus series favoritas, y los mangas que caían en el ranking durante varias semanas consecutivas eran cancelados sin contemplaciones. Daba igual si eras un autor consagrado o un debutante. Daba igual si la historia estaba a la mitad. La revista funcionaba con la lógica brutal del éxito medido por la pura y dura popularidad, solo que en lugar de cuotas de pantalla había cuestionarios que los chavales japoneses devolvían cada semana por correo postal. Era un coliseo romano de papel barato y tinta.
En este contexto, Akira Toriyama no era un autor con libertad creativa absoluta sino un trabajador sometido al criterio del lector medio japonés y, sobre todo, al de su editor Kazuhiko Torishima, una figura legendaria de Shueisha que ya había moldeado Dr. Slump y que tenía un olfato comercial pavoroso. Torishima leía los datos de las encuestas como un general lee mapas de batalla y cuando detectaba que algo flojeaba, intervenía tijera en mano. Lo cuenta él mismo en numerosas entrevistas con la prensa especializada japonesa: Dragon Ball empezó como una aventura ligera inspirada en Viaje al Oeste, pero a finales del arco del Rey Demonio Piccolo los números empezaron a mostrar una tendencia descendente preocupante. Las lectoras, que habían disfrutado de la versatilidad cómica del Goku niño y del tono de aventura picaresca, se estaban yendo. Y la Jump no podía permitírselo.
Aquí conviene desmontar un mito: durante sus primeros años, Dragon Ball tenía una base lectora notablemente diversa, con una presencia femenina muy superior a la de otras series shonen de la época. El humor absurdo, el diseño simpático de los personajes, las situaciones cómicas y un tono desenfadado más centrado en las aventuras que en las peleas y combates explican esta atracción transversal. Bulma, Chichi de niña, las propias dinámicas con el maestro Mutenroshi planteadas como gags absurdos más que como peligros reales, todo eso construía un universo accesible para un público amplio. Cuando Toriyama y Torishima detectaron que ese público se erosionaba, tuvieron que tomar una decisión editorial. Podían intentar recuperarlo o podían apostar todo a una sola carta: el chaval adolescente japonés ávido de combates cada vez más espectaculares.
Eligieron lo segundo, y eligieron bien desde el punto de vista comercial. La era Z, el Goku adulto, los saiyans, los niveles de poder, las transformaciones, todo ese aparato narrativo que ha definido el shonen de combate durante cuarenta años nace de esa decisión pragmática. Si las niñas ya no compraban la revista por Dragon Ball, entonces Dragon Ball iba a maximizar la fidelidad de quienes sí la compraban. Y los que la compraban, según las declaraciones que el propio Torishima ha hecho a lo largo de su carrera, querían leches. Querían tensión, querían rivales más fuertes, querían tipos machotes de dientes apretados y músculos imposibles, querían que cada arco subiera la apuesta del anterior. Personalmente, me gustaba mucho más la Dragon Ball Original, tal vez por eso doy de lso que está disfrutando de Dragon Ball: Daima. el caso es que Toriyama, que era un autor disciplinado y respetuoso con el sistema, entregó exactamente eso. Y lo hizo con un talento descomunal, hay que reconocerlo, porque convertir una decisión de marketing en Dragon Ball Z solo está al alcance de un genio del medio.
Goku adulto fue un sacrificio creativo, no una evolución natural
Cuando uno relee el manga original con perspectiva, el salto temporal de cinco años tras la boda con Chichi es tremendamente abrupto. cuando recuerdo los dibujos animados, no me pareció demasiado extraño. Pero ahora que me he vuelto a leer el manga, se nota la fisura narrativa un montón. Toriyama, que había construido durante años una pícara aventura llena de humor escatológico, viajes absurdos y combates cómicos, abandona buena parte de ese registro de un plumazo. Goku ya no es el crío curioso que confunde a Bulma con un monstruo, ahora es un padre de familia que tiene que enfrentarse a su propio hermano alienígena. Menos humor y aventura, más drama y acción.
Lo curioso es que, según una entrevista del propio Toriyama recogida con motivo del 30 aniversario de la serie, cambiar el aspecto del protagonista era considerado un tabú en el manga, y el autor envió directamente el boceto al departamento editorial sin esperar respuesta porque ya había empezado a dibujar el primer borrador. Esa percepción de discontinuidad refleja precisamente la magnitud del giro creativo que se produjo. Y es que Toriyama no era especialmente entusiasta de este nuevo rumbo. En una entrevista radiofónica emitida en febrero de 2025 en el podcast KosoKoso, tres de sus antiguos editores en Shueisha (Kazuhiko Torishima, Yu Kondo y Fuyuto Takeda) confirmaron que Toriyama había expresado en varias ocasiones su deseo de terminar la serie en la saga de Cell, y que fue la presión del departamento editorial la que le obligó a continuar hasta la saga de Majin Buu. Pero el sistema funcionaba, las ventas nos flojeaban, las encuestas resucitaban y la maquinaria editorial era imparable. Goku adulto no fue una evolución natural del personaje sino un sacrificio del Goku original en el altar de la supervivencia comercial.
Lo que el mundo del manga aprendió de la lección de Toriyama
El impacto de aquella decisión va mucho más allá de Dragon Ball. Toda una generación de mangakas tomó nota de la jugada y empezó a aplicar su propia versión del salto temporal, del envejecimiento del protagonista o del giro hacia el combate puro cuando las encuestas flaqueaban. Naruto hizo su propio time skip con Shippuden, Bleach aceleró su deriva hacia las batallas cósmicas, One Piece gestionó sus arcos con una conciencia muy aguda de los ciclos de interés del lector. La sombra de Toriyama y de Torishima planea sobre todas estas decisiones porque demostraron algo radical, tal como se documenta en el análisis exhaustivo de Kanzenshuu sobre los finales pensados por el autor: que un manga podía reinventarse a la mitad sin romperse, siempre que el autor tuviera el oficio suficiente para sostener el cambio. Esa lección se ha convertido en un manual implícito de la Weekly Shonen Jump hasta hoy.
Lo verdaderamente paradójico es que aquella decisión tomada para retener al lector adolescente japonés acabó construyendo el fenómeno cultural global que conocemos. Goku adulto conquistó Latinoamérica, Europa, Estados Unidos. La estética del Super Saiyan se convirtió en un referente pop universal. Las transformaciones, los gritos eternos, lospelos rubios para arriba, todo lo que nació de un cambio de estrategia comercial terminó definiendo cómo el mundo entero entiende el manga de combate.
El propio Toriyama lo explicó con sencillez en una entrevista para la edición estadounidense de Shonen Jump en 2003: en un manga de pelease, los enemigos tienen que ser cada vez más fuertes, y como el protagonista es siempre el mismo Goku, no queda más remedio que hacerle subir de nivel a base de transformaciones que el lector pueda entender de un solo vistazo. Y si hoy un crío de Madrid, Buenos Aires o Detroit imita el Kamehameha en el salón de su casa es porque, hace cuarenta años, una niña en Tokio dejó de interesarse por Son Goku y un editor tomó nota. La verdad detrás de los grandes mitos pop suele ser así: menos épica de lo que recordamos, pero más interesante de lo que imaginábamos.
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