IMAX tiene competencia: Disney lanza Infinity Vision para conquistar las salas premium y asegurar que Avengers: Doomsday sea un evento cinematográfico sin rival
La industria del cine no ha sido ajena a la guerra de marcas, fabricantes y formatos. DTS o Dolby, VHS o BETA, Blu-ray o HD DVD. Cada época ha tenido su propia batalla por imponer un estándar dominante, y ahora ese conflicto se traslada al terreno de las salas premium. Durante años, IMAX ha sido sinónimo de la experiencia cinematográfica definitiva, el lugar donde ver el cine “como debe ser visto”. Sin embargo, el tablero ha cambiado. Disney ha decidido plantar cara con Infinity Vision, un sello que aspira a redefinir lo que entendemos por calidad en la gran pantalla y que tiene en Avengers: Doomsday su gran carta de presentación.
Lejos de ser una simple evolución tecnológica, Infinity Vision nace como una respuesta estratégica a un momento crítico para la exhibición cinematográfica. No se trata de una nueva cámara ni de un proyector revolucionario, sino de una idea más ambiciosa: controlar la percepción del espectador sobre qué significa realmente una experiencia premium. En una industria donde cada entrada cuenta y donde el espectador exige más que nunca justificar su visita al cine, Disney ha encontrado una grieta en el sistema… y está dispuesto a utilizarla.
Por qué las salas premium son ahora el centro de todo
La exhibición cinematográfica vive una gran transformación. La irrupción de las plataformas de streaming ha cambiado radicalmente los hábitos del público, y eso ha obligado a los cines a reinventarse. Ya no basta con proyectar una película en condiciones correctas. El espectador actual exige una experiencia que no pueda replicar en su salón, por muy avanzada que sea su televisión o su sistema de sonido.
En este contexto, los formatos conocidos como PLF (Premium Large Format) han pasado de ser un lujo puntual a convertirse en el verdadero salvavidas del negocio. Son estas salas las que sostienen económicamente a muchas producciones, especialmente los grandes blockbusters. El público ha demostrado que está dispuesto a pagar más por una entrada si la promesa de calidad es tangible. Pantallas más grandes, mejor sonido, mayor inmersión. Esa es la ecuación que mantiene viva la taquilla. El problema es que esa promesa se ha fragmentado. Cada cadena de cines ha desarrollado su propia marca, su propio estándar, generando una confusión evidente para el espectador medio. ¿Es mejor una sala XD, una iSense o una Dolby Cinema? La respuesta no siempre es clara. Y ahí es donde Disney ha visto una oportunidad estratégica: simplificar ese caos bajo una única etiqueta reconocible.
Infinity Vision no es una tecnología, y ahí reside su mayor fortaleza. Presentado en la CinemaCon de 2026, este concepto funciona como un programa de certificación que agrupa distintas salas premium bajo un mismo paraguas de calidad. Disney no fabrica proyectores ni construye cines, pero sí define los estándares que deben cumplir aquellos que quieran lucir su sello. Vamos, que es una pegatina que condiciona sus estrenos más esperados.
La idea es tan sencilla como poderosa. Si una sala cumple ciertos requisitos técnicos, como pantalla de gran tamaño, proyección láser y sonido inmersivo, puede ser certificada como Infinity Vision. A partir de ahí, el espectador ya no necesita entender las diferencias entre tecnologías. Solo tiene que buscar ese logotipo y confiar en que está ante la mejor experiencia posible. Este enfoque representa un cambio de paradigma. Mientras IMAX controla todo el proceso de forma vertical, desde la cámara hasta la proyección, Disney opta por una estrategia horizontal. Aprovecha infraestructuras ya existentes y las valida bajo su marca. Es un movimiento más ágil, más escalable y, sobre todo, más rápido de implementar a nivel global.
El detonante: cuando Dune dejó a Marvel fuera de IMAX
El origen de Infinity Vision no está en un laboratorio, sino en un problema muy concreto. En diciembre de 2026, dos gigantes del cine tenían previsto estrenarse el mismo día: Dune: Parte Tres y la citada Vengadores: Doomsday. Ambas necesitaban las salas IMAX para maximizar su impacto… pero solo una podía tenerlas. La decisión fue clara. IMAX apostó por Dune, dirigida por Denis Villeneuve, cuyo enfoque técnico encajaba perfectamente con el formato. Rodada en gran parte con cámaras de 70 mm, la película estaba diseñada para explotar al máximo las capacidades de IMAX. Marvel, en cambio, había trabajado con cámaras digitales certificadas, pero sin ese mismo nivel de pureza técnica.
Para Disney ha sido un golpe. Perder el respaldo de IMAX significaba renunciar a una parte importante de los ingresos, pero también a un elemento clave en la narrativa promocional. Sin ese sello, la percepción del público podía resentirse. Infinity Vision nace precisamente como respuesta a ese vacío, como una alternativa que permite a Disney mantener el control de la experiencia premium. Es un movimiento polémico que empieza ya con el propio nombre de la idea. Mientras Disney desarrollaba su certificación, la compañía Hisense ya utilizaba ese mismo término para sus televisores de alta gama. En su caso, hablamos de pantallas MicroLED. Esto ha generado una inevitable confusión. Por un lado, tenemos un producto físico que el consumidor puede comprar para su casa. Por otro, un sello que certifica salas de cine. Son conceptos completamente distintos, pero comparten nomenclatura, lo que complica la comunicación. Yo mismo no lo tenía claro en un primer momento. Paradójicamente, Disney ha optado por un camino opuesto al de estas tecnologías domésticas. Mientras las televisiones apuestan por paneles emisivos, Infinity Vision exige proyectores láser tradicionales. La razón es simple: escalabilidad. Es mucho más fácil adaptar salas existentes que obligar a una inversión masiva en nuevas pantallas LED.
Qué exige Disney para su sello premium
Para obtener la certificación Infinity Vision, una sala debe cumplir tres requisitos fundamentales. El primero es evidente: una pantalla de gran tamaño que domine el campo visual del espectador. No se trata solo de dimensiones, sino de generar una sensación de inmersión total. El segundo pilar es la proyección láser. Aquí Disney ha sido tajante: las lámparas de xenón quedan ya fuera de la ecuación. El láser garantiza un brillo constante, colores más vivos y una mayor precisión en la imagen. Es una mejora tangible que el espectador puede percibir fácilmente. El tercer elemento es el sonido. Sistemas como Dolby Atmos o DTS:X son prácticamente obligatorios. La idea es crear un entorno tridimensional donde cada sonido tenga una posición específica. No es solo oír la película, es sentirla alrededor.
A aparte de la filosofía de negocio, la otra gran diferencia entre IMAX e Infinity Vision está en la imagen. IMAX ofrece una relación de aspecto única que elimina las bandas negras en pantalla nos adaptadas y amplía la imagen en vertical. Infinity Vision no tiene ese estándar, lo que puede ser una desventaja para los puristas. Sin embargo, su flexibilidad le permite llegar a más salas en menos tiempo. También hay una cuestión de percepción. IMAX es una marca consolidada, con décadas de prestigio. Infinity Vision tendrá que ganarse esa confianza, pero cuenta con el respaldo de Disney y sus grandes pelotazos cinematográficos.
Uno de los grandes aciertos de Disney ha sido la velocidad de implementación. En cuestión de meses, cientos de salas ya cumplen los requisitos para lucir el sello Infinity Vision. Esto le permite competir de tú a tú con IMAX desde el primer momento. La estrategia incluye fases de prueba, como el reestreno de Vengadores: Endgame, que servirá para medir la respuesta del público. El objetivo final es claro: convertir Infinity Vision en sinónimo de evento cinematográfico. Que el espectador lo busque de forma activa. Además, el sello actúa como una herramienta de marketing muy potente. Para los cines, es una forma de justificar precios más altos. Para Disney, una manera de reforzar su control sobre la distribución. Es un win-win… al menos sobre el papel.
Luces y sombras: el escepticismo del público
No todo el mundo está convencido. Una parte del público ve Infinity Vision como una simple maniobra de marketing, un logotipo sin sustancia real. La crítica es clara: Disney no ha creado nada nuevo, solo ha rebautizado lo que ya existía. El riesgo es evidente. Si la experiencia no cumple las expectativas, la marca puede diluirse rápidamente. A diferencia de IMAX, que controla cada detalle, Infinity Vision depende de terceros. Y eso introduce una variabilidad difícil de gestionar. Aun así, el movimiento es inteligente. En un momento donde la industria necesita reinventarse, Disney ha optado por una solución pragmática. No ha cambiado la tecnología, pero sí la forma en que la percibimos. Vamos, que el sombrero es nuevo.
Infinity Vision es, en última instancia, un síntoma de hacia dónde se dirige el cine. La batalla ya no es solo tecnológica, sino también narrativa comercial. Se trata de convencer al espectador de que salir de casa sigue mereciendo la pena. El éxito de este sello dependerá de su capacidad para cumplir esa promesa. Si logra ofrecer una experiencia consistente y superior, puede convertirse en un nuevo estándar. Si no, quedará como una curiosidad más en la larga lista de intentos por reinventar el cine.
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