La magia de Ghibli y el espíritu de Léon: el Profesional se reflejan en Atrapando a un monstruo, un thriller que combina fantasía y tiroteos en un universo visual único
No sé si el director de esta película, el siempre interesante Bryan Fuller, acumula mucho trauma infantil. Pero creo que esta peli podría ser una mina de oro para su psicoanalista. Dicho eso y dado que no soy psicólogo, sí os puedo decir que Atrapando a un monstruo, curioso y sosísimo título con el que nos llega en España con algo de retraso Dust Bunny, también maneja mucho estilo y un buen puñado de referentes cinematográficos. Si bien no creo que hagan de esta peli un clásico instantáneo, sí consiguen que sea una propuesta de lo más recomendable y, sobre todo, muy disfrutable. Es una de esas películas que parecen hechas a base de personalidad y que no terminan de encajar en los moldes habituales, y eso se nota. Fuller no se corta un pelo y construye una obra que mezcla géneros, tonos y símbolos con una libertad que pocas veces vemos en el cine comercial actual. Puede que de primeras no parezca un gran éxito comercial, pero tampoco lo fue la alucinante The Fall en su momento y ahora es una peli de culto.
Un debut cinematográfico con ADN televisivo y alma de autor
Para entender qué es Atrapando a un monstruo, primero hay que entender quién es Bryan Fuller. Hablamos de un creador que ha construido su carrera en televisión con propuestas tan personales como Hannibal, Pushing Daisies o American Gods, todas ellas marcadas por una estética muy cuidada y una narrativa que nunca ha buscado ser complaciente. Fuller se ha ganado su etiqueta como referente creativo, alguien más interesado en provocar sensaciones que en contentar audiencias masivas, y eso se traslada de forma bastante evidente a su debut en el largometraje. Lejos de rebajar su estilo, lo potencia, lo comprime y lo lanza contra el espectador con una intensidad que me ha resultado resulta fascinante.
La película tuvo su estreno en el Festival Internacional de Cine de Toronto dentro de la sección Midnight Madness, lo que ya sirve como declaración de intenciones. No estamos ante una película convencional, sino ante una obra que abraza lo extraño y lo incómodo como parte de su identidad. Ese paso por festivales, seguido de un estreno limitado en cines, también refleja su naturaleza híbrida: demasiado rara para el gran público, y muy atractiva para quienes buscan algo diferente. Fuller parece haber encontrado en el cine un espacio donde sus ideas pueden respirar mejor, sin las limitaciones de formato o audiencia de la televisión. Y aunque se notan algunas carencias técnicas, lo cierto es que hay más aciertos que fallos y una confianza detrás de la cámara que sorprende.
Una niña, un asesino y un monstruo bajo la cama
La historia de Atrapando a un monstruo gira en torno a Aurora, una niña de ocho años que vive en una extraña ciudad que es muchas ciudades a la vez, una Nueva York mágica y misteriosa. Interpretada por Sophie Sloan, Aurora está convencida de que un monstruo vive bajo su cama y que se ha comido a sus padres. Lo inquietante no es solo la premisa, sino la forma en la que la película la presenta: sin condescendencia, sin ridiculizarla, y dando a entender que, al menos desde su punto de vista, todo tiene sentido y eso es algo que esta peli puede tener a gala dibujando como una peculiar heredera del cine Ghibli. Fuller juega con esa ambigüedad desde el principio, dejando claro que la percepción infantil va a ser el eje de la narrativa.
En paralelo aparece el misterioso vecino del apartamento 5B, interpretado por Mads Mikkelsen, un personaje sin nombre que rápidamente se revela como un peligroso asesino a sueldo. Aurora, tras presenciar cómo elimina a lo que ella interpreta como un "dragón" en Chinatown, cuando en realidad se trata de un ajuste de cuentas con criminales, decide contratarlo para acabar con el monstruo de su habitación. Este punto de partida es brillante porque establece el conflicto central: la colisión entre la lógica infantil y la brutalidad del mundo adulto. Y con eso no quiero decir que el mundo infantil no sea brutal. Completan el reparto una estirada, pero siempre maravillosa, Sigourney Weaver, un siempre disfrutable David Dastmalchian y una sorprendentemente divertida Sheila Atim.
Es imposible ver esta película sin pensar en Léon: El Profesional, dirigida por Luc Besson, un clásico del cine de acción que con los años se ha ganado su propia red flag (pero ese es otro tema). La relación entre Aurora y 5B bebe claramente de ese arquetipo: una niña traumatizada que encuentra refugio en un asesino solitario. Sin embargo, Fuller reinterpreta esta dinámica desde una perspectiva mucho más contemporánea, eliminando cualquier rastro de ambigüedad incómoda y centrando el vínculo en una especie de protección mutua. Aquí no hay aprendizaje de la violencia por parte de la niña, sino una delegación de esa violencia en una figura adulta que actúa como escudo.
Lo interesante es cómo esta relación evoluciona sin caer en el sentimentalismo fácil. 5B no es un héroe, ni siquiera un buen tipo, pero tampoco es un villano al uso. Es alguien que empieza a cuestionarse a sí mismo a través de la mirada de Aurora, alguien que se enfrenta a la idea de que sus acciones han generado consecuencias que ahora le persiguen. Esta relación funciona gracias a la química de los dos actores. Mikkelsen ya sabemos que es un actorazo, así que centro mi reconocimiento en la joven Sophie Sloan, uno de esos poquísimos actores infantiles que no dan ganas de estrangular a los 30 segundos de verles el pelo en pantalla. La película utiliza este vínculo para hablar de responsabilidad, de culpa y de redención, pero lo hace desde un lugar incómodo, sin ofrecer respuestas claras. Y eso la hace más interesante de lo que parece a simple vista.
Una estética que lo invade todo
Uno de los aspectos más llamativos de la película es su apartado visual. Fuller construye un universo que parece sacado de un libro de cuentos, pero deformado, retorcido, casi enfermizo. Hay ecos evidentes de Wes Anderson en las composiciones simétricas, de Tim Burton en el gusto por lo macabro estilizado, y de mi querido Jean-Pierre Jeunet en esa mezcla de lo grotesco y lo encantador. Todo está diseñado para que el espectador sienta que no está en un mundo real, sino en una versión filtrada por la mente de una niña.
Sin embargo, esta apuesta estética también tiene sus problemas. El uso del CGI es irregular, especialmente en el primer acto, donde algunas escenas resultan terriblemente artificiales. Hay momentos en los que la película parece debatirse entre lo realista y lo caricaturesco sin terminar de decidirse, lo que genera cierta desconexión. Aun así, cuando la acción se traslada a espacios más controlados, como el edificio de apartamentos, la película gana en coherencia visual y consigue crear una atmósfera realmente poderosa. Esto se compensa con un soberbio y sorprendente uso de la cámara y de la composición, con ángulos extrañísimos que funcionan a las mil maravillas. Es ahí donde Fuller demuestra que, más allá del artificio, sabe cómo construir imágenes que se pegan en la retina como unacalcomanía.
El monstruo como trauma: cuando la fantasía es supervivencia
Más allá de su envoltorio de thriller fantástico con amplias y coloridas pinceladas de cine de acción, Atrapando a un monstruo es una película sobre el trauma infantil. El monstruo bajo la cama no es solo una criatura, sino una manifestación del dolor, del abandono y de la violencia que Aurora no puede procesar de otra manera. En este sentido, la película conecta con obras como Matilda o The Fall, donde la imaginación se convierte en una herramienta para sobrevivir a una realidad insoportable.
Fuller utiliza esta idea para construir un relato en el que la línea entre lo real y lo fantástico se difumina constantemente. ¿Existe realmente el monstruo o es una proyección? La película juega a no responder, pero sugiere que, en el fondo, da igual. Lo importante es que para Aurora es real, y eso basta para que su miedo tenga consecuencias. Esta aproximación resulta especialmente interesante porque evita caer en explicaciones simplistas y apuesta por una lectura más compleja, donde la fantasía no es evasión, sino una forma de entender el mundo.
De ahí que esta película recuerde al universo de Studio Ghibli. No tanto en la forma, aunque a veces también, sino en la idea de que lo fantástico forma parte de la realidad cotidiana. Sin embargo, donde Hayao Miyazaki suele apostar por una visión más luminosa y conciliadora, Fuller opta por una lectura más oscura. Aquí, las "pelusas", los monstruos del polvo, no son criaturas simpáticas, sino monstruos devoradores nacidos del abandono y la negligencia. Esta diferencia es clave para entender el tono de la película. Mientras que en Ghibli lo sobrenatural suele tener un componente de aprendizaje y crecimiento, en Atrapando a un monstruo es una amenaza constante, algo que no desaparece y con lo que hay que aprender a convivir.
Una película imperfecta, pero recomendable
Atrapando a un monstruo no es una película perfecta. Tiene problemas de ritmo, momentos en los que su ambición visual se va de las manos y una narrativa en las que a veces el director se pasa de la raya sugiriendo en lugar de concretando. Pero también es una película valiente, diferente y con una voz propia muy clara. Y eso, en un contexto donde muchas producciones parecen cortadas por el mismo patrón, es algo que merece ser destacado.
Bryan Fuller firma un debut que, sin ser redondo, deja claro que tiene mucho que decir en el cine. Es una obra que no busca gustar a todo el mundo, sino conectar con aquellos dispuestos a entrar en su juego. Y si lo haces, la experiencia merece la pena. Al final, Atrapando a un monstruo es exactamente lo que promete: una mezcla improbable entre cine fantástico con corazón y ese tipo de historias de asesinos a sueldo que tanto nos atraen. Una película que no encaja del todo en ningún sitio, pero que precisamente por eso resulta tan interesante. Atrapando a un monstruo llega a los cines en España este 10 de abril.
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