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Hugh Jackman se despide de Wolverine para interpretar a otro héroe en decadencia: ya he visto su nuevo Robin Hood, oscuro y sin heroísmo

Hugh Jackman se despide de Wolverine para interpretar a otro héroe en decadencia: ya he visto su nuevo Robin Hood, oscuro y sin heroísmo

La muerte de Robin Hood reinventa la leyenda con una valentía poco común pero desaprovecha su mejor idea

Chema Mansilla

Editor - Cine y TV

Lo primero que hace La muerte de Robin Hood es dejar claro que aquí no hay alegres compañeros de aventuras, joviales hombres del bosque en coloridos leotardos, ni flechas que parten otras flechas por la mitad y ladrones de corazón de hora y la astucia de un zorro. Hay un hombre viejo, sucio y acorralado al que media Inglaterra quiere ver muerto, y una puesta en escena que te agarra del cuello y te tira al barro desde el primer plano. Michael Sarnoski, que venía de pasar por el cine de gran estudio, vuelve al tono íntimo y melancólico con el que se dio a conocer, y lo aplica a una figura que casi siempre ha pedido lo contrario: espectáculo, aventura y banda sonora triunfal. La jugada es valiente y, durante su primera media hora, funciona como un reloj. El problema llega después, cuando esa valentía se queda a medio camino y la película pierde el pulso justo cuando más lo necesita. La cinta llega a los cines españoles el 3 de julio y tiene un montón de buenas ideas, pero las ha resuelto muy regulinchi.

Por fin un Robin Hood que se atreve a contar la verdad del mito, pero no sabe muy bien qué hacer con ella

La idea de partida es la más interesante de toda la película: el Robin de Jackman no robaba a los ricos para dárselo a los pobres, robaba y mataba porque era lo que sabía hacer, y la leyenda amable vino después, como una revisión histórica que servía para reforzar la moral de una población empobrecida y hambrienta que soñaba con que algún día Robin sus hombre del bosque aparecieran para satisfacer su sentido de la justicia. Quien se acerque a las baladas más antiguas del personaje encontrará a alguien capaz de humillar a un fraile y de molerle los huesos a un campesino con la misma soltura, tal y como recoge este reportaje sobre el Robin Hood real. Y esa es la parte más amable. Matar a la leyenda para mirar a los ojos al hombre que hay debajo no era nada nuevo. Y hay algo honesto en recordar que eso de robar a los ricos para repartir entre los pobres siempre ha funcionado mejor como consuelo que como un ideal que nadie esté realmente comprometido a realizar.

Robar a los ricos para repartir entre los pobres siempre ha funcionado mejor como consuelo que como un ideal

El problema es que, una vez plantada esa semilla, la película no parece saber muy bien hacia dónde llevarla. ¿De verdad necesitábamos otro Robin Hood, el enésimo, después de tantas versiones? La respuesta honesta es que una idea así lo justificaba de sobra, porque desmontar el mito desde dentro es un material riquísimo que el cine apenas había tocado. Yo mismo estaba realmente entusiasmado con los primeros materiales promocionales de esta película. Pero Sarnoski enuncia su tesis casi de entrada, en boca de un Robin que avisa a una pobre incauta de que todo lo que ha oído sobre él es mentira, y a partir de ahí se dedica a darle vueltas a lo mismo más que a aportar algo novedoso a lo que no deja de ser una historia de esas de todo crepuscular al estilo Centauros del Desierto o Valor de Ley. Lo que prometía ser una revisión afilada se convierte en una larga  y lenta sucesión de topicazos.

Jackman vuelve a sacar todos los gestos de Logan

Hugh Jackman se conoce este registro de héroe venido a menos de memoria, y se nota. El Robin maltrecho, barbudo y consumido por la culpa que construye aquí es, gesto a gesto, el mismo animal herido que ya nos enseñó en aquel adiós al mutante con garras que fue la estupenda Logan: la ternura áspera, la rabia contenida, el cuerpo que se mueve como si cada paso le costara un mundo. El propio director ha reconocido que buscaba esa veta suya más violenta, la que ya había asomado en la interesante Prisioners de Villeneuve. Y Jackman cumple, porque es un actor enorme y sabe exactamente qué teclas tocar. Lo que ocurre es que esta vez el personaje le pide menos chispa de la que él tiene para dar, y uno termina admirando el oficio más que dejándose arrastrar por él.

Es difícil derrochar personalidad cuando tu gran cometido es mirar al vacío y arrepentirte

Quizá el problema no sea suyo, sino de ya le hemos visto hacer esto mismo, con algo má de carisma. En su despedida del mutante, el personaje tenía una niña a la que proteger, una carretera por delante y una historia que empujaba sola hacia el final; aquí tenemos lo mismo, pero con mucha menos acción. Robin está casi siempre quieto, rumiando sus dramitas, esperando una muerte que sabe merecida. Es difícil derrochar personalidad cuando tu gran cometido es mirar al vacío y arrepentirte. Jackman lo intenta con todo, y hay momentos en los que la veteranía le basta para sostener el plano él solo, pero echas de menos un motor que tire de él y de la trama hacia delante. 

Donde La muerte de Robin Hood no admite reproche es en lo visual. Sarnoski rueda los páramos del norte como una extensión del alma rota de su protagonista, con una fotografía preciosa y que llega a cambiar de formato para acompañar el estado de ánimo del relato. Hay aquí una mezcla muy reconocible entre la aspereza casi mística de cierto cuento vikingo de venganza, la magnífica El Hombre del Norte de Robert Eggers, y el peso moral, crepuscular, de aquel western sobre una niña que busca al asesino de su padre y contrata a un pistolero para que la escolte. El arranque, con una pelea en una granja en llamas, es de los que te recolocan en la butaca y te hacen pensar que vas a ver algo grande, épico, sucio, desagradable, trascendente. Y durante esa primera media hora, de verdad lo parece. Media hora.

No pasa gran cosa y lo poco que pasa tarda demasiado en pasar

El problema es que ese nivel no se sostiene. Tras la traca inicial, la película baja el ritmo hasta casi detenerlo, y lo que era tensión se convierte en una contemplación que, a ratos, se hace bola. Y no será por culpa del reparto: Jodie Comer está magnífica como la hermana Brigid, la mujer que ofrece a Robin algo parecido a una redención, y la jovencísima Faith Delaney se planta en pantalla con un aplomo que ya quisieran muchos veteranos. Los diálogos, además, están muy por encima de la media del género, escritos con una naturalidad que les sienta de maravilla. Pero ni los buenos actores ni las buenas frases bastan para tapar que, durante buena parte del metraje, no pasa gran cosa y lo poco que pasa tarda demasiado en pasar.

Sarnoski se entrega del todo a la melancolía

Hay que entender de dónde viene Sarnoski para entender qué ha hecho aquí. Tras un paréntesis en una gran franquicia, donde se notaba la fricción entre su sensibilidad y la maquinaria del blockbuster, vuelve al territorio de su debut: el hombre solo y dolorido buscando algo parecido a la curación del alam. Quien viera Pig, aquella historia del cocinero retirado y su cerdo reconocerá el ADN casi de inmediato. Esa fidelidad a sí mismo es, seguramente, su mejor decisión: es una película adulta, personal y nada complaciente que en el fondo lo que cuenta es cómo editamos el relato de nuestra propia vida hasta convertirlo en algo que podamos soportar.

Pero esa misma entrega emocional es, a la vez, su peor decisión, porque Sarnoski parece confundir la melancolía con la pausa y la intimidad con la falta de pulso. Lo que en una pequeña fábula de hora y media resultaba hipnótico, aquí, estirado sobre dos horas largas y una premisa que pedía más aire, empieza a pesar al espectador. Uno tiene la sensación de que el director ha hecho exactamente la película que quería hacer, sin concesiones, y eso es admirable. El problema para mí es que la película que quería hacer no siempre coincide con la que el espectador necesita ver para no aburrirse. Y ahí, en ese pulso entre el autor y su público, se juega buena parte de lo que funciona y lo que no en esta despedida del forajido más famoso de Inglaterra. Y la verdad es que los dos lados salen perdiendo.

Yo venía a ver otra cosa. La campaña promocional insinuaba un western crepuscular en el bosque de Sherwood, algo con más nervio y más flechas, y lo que me encontré fue un dramón medieval sobre el peso de la culpa, de la realidad sobre la que se construyen las leyendas. Y conste que eso está muy bien, que es un tema noble e interesante y que hay películas que lo han bordado. Lo que no está tan bien es la cadencia algo soporífera de casi todo el metraje, que ni los buenos actores ni los grandes diálogos logran sacar a flote.

Que en el pase de prensa alguno que otro compañero se echara una cabezadita durante el visionado no es, precisamente, buena señal. No es una película mala, ojo, es una película hermosa, bien actuada y honesta consigo misma, que sabe perfectamente lo que quiere ser y lo persigue sin que le tiemble el pulso. Pero también es una película muy lenta, que exige una paciencia que no todos los espectadores van a tener, y que desperdicia su idea más brillante en un duelo emocional demasiado largo. El final es precioso, tremendamente poético, pero hasta que llegamos a sos instantes de cierre se hace un visionado algo árido. Si tuviera que resumirla en una sola frase, me quedaría con la que soltó un compañero al salir del cine: una peli sarnoski de Sarnoski.

¿Y tú qué opinas? ¿Vas a darle una oportunidad a esta revisión del mito de Robin Hodd o ni Hugh Jackam te parece reclamos suficiente para adentrarte en este bosque de Sherwood? Puedes unirte al servidor de Discord de 3DJuegos y compartir tu opinión con otros fans.

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