
Tokio soñó con tener un edificio del futuro, pero terminó con una pesadilla estructural
Es una de las imágenes más icónicas de Tokio, un edificio plagado de ventanales circulares que parecen dar forma a una torre de lavadoras. Sus 140 cápsulas son obra del arquitecto Kisho Kurokawa y, aún a día de hoy, se presenta como uno de los edificios más futuristas que puedes encontrar en Japón pese a haber sido construido en 1972. Su creador quería que fuese un edificio vivo y, bueno, podría decirse que en cierto sentido sí lo consiguió.
La idea detrás del futurista edificio era que, como si fuesen células de un organismo vivo, aquellas cápsulas podrían irse retirando y sustituyendo por otras nuevas y mejores para irse adaptando a las necesidades de cada época. Como si fuera una torre creada con piezas de Lego, el edificio presentado en 1972 no necesariamente sería el mismo medio siglo después. El problema fue que, 50 años después de aquello, nadie tenía ni remota idea de cómo cambiar esas cápsulas.
El edificio del futuro de Japón
Sobre el papel parecía un plan sin fisuras: la Nakagin Capsule Tower serviría como vivienda semanal para los trabajadores de oficina que no pudiesen permitirse viajar hasta su casa a diario, y las por aquel entonces modernas instalaciones se irían renovando con el paso de los años.
Si aquellos compartimentos de apenas 10 metros cuadrados se quedaban cortos en algún punto de la evolución de Tokio, y sus escritores plegables, televisores Sony y reproductores de cinta terminaban desfasados, se sacaría esa cápsula y se intercambiaría por otra.
Cuando Japón se plantó ante la tesitura de renovar el edificio tal y como se había imaginado, descubrieron el pastel. Era imposible renovar las cápsulas una a una y, si existía algún truco para hacerlo sin tener que desmontar absolutamente todas las de arriba para cambiar las de abajo, desde luego nadie sabía cómo orquestarlo.
Frente al desafío de una renovación que planteaba unos costes inmensos, y una operación estructural aún mayor por cómo el óxido, las filtraciones y el amianto se estaban comiendo su esqueleto, la única solución parecía deshacerse del edificio. El emblema de la ciudad, perteneciente a un futuro que parecía haberse quedado atrás, estaba en riesgo.
El triste final de la Nakagin Capsule Tower
Es ahí cuando empiezan a darse forma a asociaciones, visitas guiadas y concentraciones para salvar el edificio cápsula, pero ni siquiera la entrada en escena de grandes nombres internacionales como Francis Ford Coppola o Keanu Reeves sirvieron para frenar lo inevitable. En 2022 se iniciaba el desmontaje de la torre.
23 de las 140 cápsulas se salvaron para repartirse entre museos, hoteles y exposiciones. El resto fueron completamente destruidas. En cierto sentido, el edificio terminó estando aún más vivo de lo que planeó Kurokawa, viajando por el mundo mientras cada vez más gente entraba en sus peculiares cápsulas de un futuro que ya no era tal cosa aunque siguiese oliendo a él.
La idea de este tipo de edificios, pese a romántica que resulte desde fuera, plantea un serio problema de diseño no sólo a nivel estructural, sino también de propiedad, gestión y suministros. Detrás de la idea de renovar una cápsula individual, incluso en el hipotético caso de que resultase estructuralmente viable, está un problema de quién construye la nueva, con qué limitaciones, con qué presupuesto, valiéndose de qué materiales y con el permiso de quién.
En esa construcción por módulos, como si fuese una torre de Lego o un mueble de Ikea, las variables que intervienen son siempre tan grandes que su viabilidad resulta tan caótica de plantear a nivel legal como difícil de mantener a nivel logístico. Probablemente el edificio cápsula de Japón se creó pensando en un futuro en el que todo eso terminaría siendo más fácil cuando, en realidad, ha ocurrido justo lo contrario.
Imagen | David Meenagh, Jordy Meow
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