
La represión salinista no tuvo forma de evitar que las gentes de Rusia expresaran en forma cómica críticas y sátiras al régimen comunista
Cualquier gobierno del mundo, por represor que sea, nunca va a poder acallar las críticas que la gente tiene hacia el. El humor es una buena forma de camuflar las formas de protesta legítima para sortear censura y represión, y de paso conseguir que el mensaje cale todavía más. Un ejemplo de esta práctica en España es la publicación de la revista "El Jueves", que cuando cayó el franquismo pudo comenzar a editarse de forma mucho más libre y con proyección de hacer reír y criticar a partes iguales a quien parodiaba y a los que propugnaban esa crítica.
Pero ¿y si os dijera que la Rusia de Stalin -la U.R.S.S.- tenía su propia "versión" de El Jueves? No en forma de revista desde luego, ni siquiera de panfleto impreso clandestinamente, ya que quienes lo editaran se arriesgaban a ser encarcelados y la publicación confiscada y cerrada. No, el pueblo ruso tenía -y de hecho, a día de hoy, todavía la tiene- una forma de sátira algo más antigua y prácticamente imposible de censurar o prohibir: la chastushka.
Las coplas que el Kremlin nunca pudo silenciar
La forma correcta de definir a la chastushka es una copla satírica breve (con estructura de cuarteta en troqueo tetrámetro) que emergió entre el campesinado ruso en la segunda mitad del siglo XIX. El término deriva del ruso chastit', "hablar rápido", y refleja el tempo acelerado y la entrega directa propios del formato. Era muy sencilla en su forma, lo que permitía componerla rápidamente, y el contenido podía ser variado, pero siempre la misma estructura: cuatro líneas que podían describir una escasez, burlarse de un comisario, o señalar una contradicción del régimen antes de que nadie pudiera anotarlo.
Originalmente creada como género para criticar las injusticias de la Rusia zarista en los núcleos rurales, pronto se extendió a las principales urbes del país. Cuando en la primera mitad del S.XX Rusia pasó de ser una monarquía absolutista a una confederación de países cuyo eje central era el comunismo, la represión lejos de atemperarse aumentó, pero eso no detuvo a los interpretes de estas chastushkas, aún con la sofisticación de los aparatos de censura.
Fue el inicio de las las chastushki subversivas -sátiras sobre las escaseces, la burocracia o el liderazgo-, y que circulaban oralmente en entornos rurales y urbanos como expresiones clandestinas de disidencia, evadiendo la censura formal gracias a su naturaleza efímera y de "performance". Casi casi se podrían considerar como uno de los embriones de lo que hoy en día tenemos en varias ciudades o puntos urbanos conocidos como flash mobs: los interpretes de estas coplas comenzaban a glosarlas en la calle o durante ciertas celebraciones, y a bailarlas, y los peatones espontáneamente podían unirse si les interesaba coreando los estribillos o bailando con ellos; muy parecido a esas actuaciones espontaneas de nuestros días.
Al ser una tradición oral y sin un formato físico que las preservase, los comisarios políticos o los oficiales de la ley no podían detener a la gente por bailar y cantar en parques o en celebraciones privadas -bodas, cumpleaños etc. Por desgracia sí que podían castigar. Durante el Gran Terror de 1936 a 1938, periodo en que más de 680.000 ejecuciones apuntaron a la disidencia percibida, y cantar una chastushka inapropiada exponía al intérprete a riesgos de denuncia y arresto. La copla era libre; el que la cantaba, no tanto. De ahí que muchas veces emplearan eventos privados o alejados de los centros de poder del régimen comunista para interpretarlas.
Los propios comisarios rusos las preservaron sin saberlo
Lo curioso es que pese a ser una práctica que el NKVD (el Naródny Komissariat Vnútrennij Del, es decir la policía política de la U.R.S.S.) persiguió insistentemente y trató de erradicar, involuntariamente se convirtió en el mayor conservador de esta. La historiadora Sarah Davies, de la Universidad de Durham, utilizó informes del organismo político y del Partido, cartas y otros documentos de archivo para demostrar que, pese a la propaganda y la represión, la opinión disidente no fue extinguida.
Para poder llenar un informe de arresto, se debía transcribir los versos que eran considerados subversivos, y antes de actuar las fuerzas del orden debían confirmar que en efecto se estaba interpretando una chastushka y no cualquier otra composición cuya interpretación fuera legal en espacio público. Al intentar documentar la disidencia para reprimirla, el aparato policial creó el único archivo sistemático de ese humor prohibido.
Más aún, según Davies cantar una chastushka o criticar las subidas de precios no significaba necesariamente rechazar el sistema soviético; un crítico de una política podía ser al mismo tiempo entusiasta de otra. La conformidad y la resistencia coexistían dentro de un mismo individuo, con lo que las coplas no eran siempre actos de heroísmo consciente, sino simplemente la única forma disponible de decir la verdad.
Eventualmente, la chastushka sobrevivió a Stalin, a la perestroika, y todavía se practica en la Rusia de Putin, aunque transformada (también por necesidad ante el hecho de que hay más recursos para detectarlas). Lo que no ha cambiado es su lógica: la de un formato que opera en el espacio entre lo que se puede decir oficialmente y lo que la gente piensa de verdad.
Pero lo que no ha cambiado es que es una forma de crítica al sistema en forma de tradición oral y artística con sus bailes. Y eso es algo que cualquier sistema autoritario tiende a subestimar: que el humor, en condiciones de represión extrema, deja de ser entretenimiento y se convierte en infraestructura. Las chastushki no eran chistes, pero eran y son "El Jueves" de Rusia que nadie puede cerrar, por más que lo intenten.
Imagen de portada: WikiMaxChe (Wikimedia Commons - CC BY-SA 4.0)
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