
Los jóvenes ya no disfrutan con finales cerrados o felices, ahora prefieren aquellos en los que pueden hacerse preguntas
La Generación Z creció en medio de crisis encadenadas: la Gran Recesión, la pandemia, la emergencia climática y la inestabilidad laboral. Según un estudio de Ernst & Young publicado en 2023, el 47% de los jóvenes de esta generación reporta ansiedad excesiva continua, la cifra más alta registrada hasta la fecha. No es un detalle menor, ya que el contexto en el que esta generación desarrolló sus gustos, sus hábitos de consumo y su relación con historias ha fomentado eso. De hecho, esta última relación tiene una característica que llama la atención: una afinidad documentada hacia las narrativas que no resuelven, los finales que no cierran y las preguntas que se quedan sin responder.
La investigadora Simona Tirocchi registró en un estudio publicado en Frontiers in Sociology un testimonio significativo de varios estudiantes universitarios de la Generación Z: antes les molestaba que las series no concluyeran, pero ahora ese final abierto se ha convertido en algo adictivo. No se trata de un pensamiento aislado, sino del síntoma de un cambio en la forma en que esta generación procesa la ficción, ya que esta va de la mano con la manera en que procesan la realidad.
La psicología detrás del final que no cierra
La tolerancia a la ambigüedad es un constructo psicológico descrito por primera vez por Else Frenkel-Brunswik en 1949 como una variable de personalidad que determina cómo los individuos reaccionan ante situaciones incompletas o irresolubles: quienes la tienen alta perciben estas situaciones como estimulantes y quienes la tienen baja como amenazantes. Según un análisis publicado en Frontiers in Psychology, el interés académico en este concepto alcanzó su pico de citas en 2022, momento en el que la Generación Z comenzó a dominar el debate cultural.
La hipótesis que conecta ambos fenómenos es directa: una generación que ha aprendido a vivir con incertidumbre estructural tiende a desarrollar mayor tolerancia a la ambigüedad como mecanismo adaptativo. Al mismo tiempo, esa tolerancia se filtra en sus preferencias narrativas, ya que el final abierto no decepciona al espectador de la Generación Z de la misma forma que sí lo haría con un millennial o un boomer. Para el primero, la falta de resolución es familiar, pero para los segundos es una promesa rota.
Esto tiene consecuencias directas tanto en el cine como en la ficción que esta generación elige y defiende: películas con estructuras circulares sin catarsis clara con personajes que no evolucionan de forma evidente. Antes eran tachados como productos frustrantes, pero hoy acumulan defensas apasionadas entre la Generación Z precisamente por eso. Así, la ambigüedad no es defecto del relato: es su virtud más honesta.
Lo que ocurre con la Generación Z es que se puede ver cómo han redefinido lo que significa un buen final para ellos. En un mundo donde la promesa de resolución laboral, climática, política o personal se ha roto de forma sistemática, las historias que imitan esa apertura resultan más creíbles que las que ofrecen un cierre. Por ello, la ficción que concluye de forma ordenada puede ser, al menos para esta generación, una mentira cómoda en lugar de un buen final.
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