Con un presupuesto de 142.000 dólares, este clásico del cine no tenía ninguna opción de triunfar
Consiguieron alcanzar el éxito inventando un nuevo estilo de terror
Podría decirse que hoy estamos hasta las narices de ello. Da igual si es en películas o videojuegos, la idea del "jumpscare", esos momentos en los que algo aparece de sopetón en la pantalla mientras un sonido más alto de lo normal lo acompaña, nos parece un recurso barato y vago a la hora de asustarnos. Es, por así decirlo, tirar a lo fácil para generar terror de forma inesperada. Sin embargo, cuando se inventó fue toda una revolución que nadie vio venir. Literalmente.
Aunque el miedo ha existido desde siempre y los trucos para asustar a la gente ya se empleaban incluso en el teatro, a principios de los 40 el mundo del cine ya le había cogido el truco al asunto. En un momento en el que los monstruos de Universal dominaban el cine con sus míticos Drácula o Frankenstein, la película de terror que debía salvar a RKO del fracaso monumental que fue Ciudadano Kane optó por otra vía. En vez de utilizar carísimos trajes y maquillajes, decidió optar por un autobús.
El autobús de Lewton
Estamos en 1942 y la RKO necesita un milagro para no echar la persiana. Su gran apuesta es, aprovechando la obsesión por los monstruos en el cine, dar forma a una película de terror completamente distinta a los éxitos del momento. Bajo el nombre de Cat People, la cinta contaría la historia de una mujer serbia afincada en Nueva York que vive bajo el temor de despertar una antigua maldición familiar.
Cree que, si la pasión se apodera de ella, terminará convertida en una pantera que automáticamente acabará con la persona que ha despertado esa sensación. Haciendo con ello una alegoría de la represión femenina en contraposición a la masculina, la tensión generada a partir del momento en el que la protagonista se enamora y se casa ocupa el gran grueso de la película.
El problema es que, con un presupuesto de apenas 142.000 dólares, la idea de hacer que la mujer se transforme en una pantera frente a la cámara está lejos de ser una opción viable. La solución del equipo, en cambio, fue jugar con la tensión a través de imágenes. Con grandes zonas oscuras en pantalla que permitieran al espectador imaginar qué había ahí escondido, la atmósfera sería la encargada de dar forma al terror.
Para demostrar hasta qué punto podían hacer más con mucho menos valiéndose de esa premisa, en una de las escenas la que apunta a ser la amante del marido se ve perseguida por lo que el espectador entiende como una protagonista cargada de celos que está a punto de transformarse. El ruido de los pasos en plena noche, el silencio, la oscuridad, los gestos de angustia de la mujer… La escena va construyendo esa tensión poco a poco y, cuando parece que se va a producir el ataque… un autobús rompe la tensión colándose en primer plano con un ruido inesperado.
Lo que el "jumpscare" le hace a tu cerebro
Un simple autobús, algo tan cotidiano y normalizado que ni en nuestras pesadillas más retorcidas relacionaríamos con el miedo. Un recurso completamente inesperado que, valiéndose de la tensión creada y el uso del sonido, se convierte en el primer "jumpscare" de la historia del cine y, con ello, en una moda que aún a día de hoy arrastramos. De hecho, a nivel profesional no se le conoce con ese nombre, sino como el autobús de Lewton.
Pese a que sagas como Expediente Warren o Five Nights at Freddy's siguen abusando de ello hasta agotarlo, algo que ocurría en Alan Wake 2 con frecuencia, no se les puede culpar de seguir aprovechándolo. Al fin y al cabo están agarrándose a una ciencia casi infalible, la que implica realizar un estímulo que salte de una parte del cerebro a otra para provocar el susto.
Mientras que el tálamo es la parte que se encarga de recibir los estímulos sensoriales que nos rodean, la corteza es la encargada de estudiar esas sensaciones para actuar en consonancia. Si esta última detecta un peligro, avisa a la amígdala para que genere una reacción. Sin embargo, cuando hay un susto repentino, el tálamo se salta ese proceso y, por una cuestión de supervivencia, se salta la razón para avisar directamente a la amígdala.
Como no hay tiempo para pararse a analizar que lo que tienes delante no es más que un autobús, primero viene el salto del susto, el "jumpscare", y luego el raciocinio. Que luego te rías de la situación tampoco es casualidad. Es la necesidad del cuerpo de liberar esa tensión y energía para la que se ha preparado en apenas unos milisegundos, a menudo alcanzando pulsaciones con picos que equivalen a esfuerzos propios de un ejercicio moderado.
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