En el siglo XI se descubrió un medicamento milagroso que todo lo curaba
La mumia se convirtió en algo que pedir cuando ibas al boticario
Allá por el siglo XI, la medicina europea descubrió la cura para todos sus males. Poco importaba si te dolía la cabeza, la barriga o tenías alguna otra dolencia, la mumia era el recurso para todo. Como ya habrás imaginado, el parecido con el término momia no es casualidad porque, en efecto, era un polvo hecho a base de triturar los cuerpos embalsamados del Antiguo Egipto.
Cosas más locas habremos hecho en aquella época, estarás pensando ahora mismo, y razón no te falta. El problema viene al descubrir que, pese a ser un mito creado alrededor de otro, en parte por esa fascinación por la egiptología que terminó arrastrando a nuestra civilización, en realidad usamos la mumia como medicina hasta el año 1924. Y todo por un error de traducción.
La mumiya que cura todos los males
La medicina persa y árabe hablaba de ello como mumiya y sus culturas lo consideraban un medicamento milagroso. Untándolo en una pasta sobre zonas fracturadas, servía para acelerar la curación de huesos rotos por cómo sellaba la zona. Haciendo lo propio sobre heridas abiertas, sus propiedades antisépticas evitaban infecciones provocadas por bacterias. Y por si eso fuera poco, también lo utilizaban como antídoto contra ciertos venenos, como digestivo, y hasta como conservante para impermeabilizar objetos y protegerlos de las inclemencias del agua y el tiempo.
Precisamente por eso la mumiya, en forma de una sustancia negra y pegajosa, servía también como elemento para favorecer el embalsamamiento y algunas momias terminaban cubiertas de ello. ¿Hacer momias con el polvo de otras momias? Pues no exactamente, porque lo que aquella mumiya era, pese al nombre, no tenía nada que ver con las momias.
La palabra procedía del término mum, que en persa significa cera, y se le llamó así por las similitudes al tacto con la cera de abeja. Su origen no era orgánico, sino mineral, y en realidad la mumiya era un betún que se filtraba por las griegas de una montaña específica. Esta suerte de alquitrán, que era tan escaso y único que se se protegía con soldados y se consideraba un tesoro del Rey de Persia, a veces se utilizaba para embalsamar cuerpos de la alta corte.
En cierto punto de nuestra historia, al descubrir los textos que hablaban de aquella sustancia de propiedades milagrosas, el término mumiya se confundió con las momias en sí. El error de traducción les hizo creer que aquella mumiya era una sustancia que sudaban las propias momias, por lo que el polvo de momia también debía ofrecer las mismas características.
La tormenta perfecta para su prohibición
El problema es que, incluso aunque nos hubiésemos agarrado a la idea del uso de la mumiya como técnica, no todas las momias estaban embalsamadas con ella. Para el proceso de la mayoría de ellas se utilizaban resinas vegetales o betún del Mar Muerto, así que cuando se empezaron a triturar cuerpos momificados para dar forma a la mumia y comercializarla, en realidad ni siquiera la mumiya formaba parte de ellos.
Allá por el siglo XVIII, cuando la egiptomanía alcanzó cotas de una obsesión enfermiza, el gobierno egipcio empezó a regular la protección de su patrimonio para preservar los restos de su antigua civilización. Buscando además frenar la exportación masiva de cuerpos que garantizaba el suministro no sólo de mumia, sino también de aquellas momias como fertilizante e incluso como combustible, el grifo se cerró de golpe.
Cuando las momias egipcias empezaron a escasear, el negocio siguió adelante vendiendo como momias antiguas lo que eran cuerpos recientes que habían seguido procesos de embalsamamiento casero. Era el caldo de cultivo para que, a los pocos escépticos que ya desconfiaban de la fórmula, se sumase un análisis más exhaustivo de la sustancia.
La concienciación sobre lo surrealista de la práctica, y la necesidad de ver a las momias como un ancestro en vez de como un material, fue frenando su uso hasta que, con la llegada de los antisépticos de origen químico, la medicina dejó atrás esta cuestionable práctica. Si no habías oído hablar sobre ella hasta ahora es precisamente porque nadie está orgulloso de reconocer que comer momias fue una realidad muy presente durante siglos.
Imagen | Cottonbro Studio
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