
Una isla que ya no es una isla, una fortaleza que dejó de vigilar enemigos, y un sistema de seguridad que ya no garantiza la seguridad de quienes se acerquen
Al final de Tarifa hay una isla que ya no es una isla. Un lugar que durante siglos estuvo obsesionado con vigilar quién cruzaba el Estrecho y que ahora, después de haber servido de fortaleza, cuartel y punto de control, todo en aras de garantizar la seguridad, ha dejado de ser seguro. Situada a apenas 14 kilómetros de África, se le conoce como la Isla de las Palomas.
Por sus más de 2.500 años de historia ha pasado casi de todo, y son precisamente sus ruinas las que han obligado a Interior a cerrar la isla al público para evitar accidentes. Convertida en una golosina para quienes van en busca de murallas antiguas y cañones olvidados por el tiempo, resulta curioso que se haya pasado siglos con soldados buscando enemigos cuando, en realidad, nació como un sitio en el que simplemente buscábamos enterrar a nuestros muertos.
La isla prohibida de Tarifa
Corría el siglo VI a.C. cuando fenicios y púnicos llegaron a la isla para convertirla en un cementerio aislado. Con pozos que se ramificaban en cámaras funerarias, los arqueólogos han conseguido encontrar múltiples tumbas y creen que en algún punto hubo allí un templo dedicado a un dios del mar. Sin embargo, el aura de misticismo le duró bien poco.
Cuando llegaron los romanos lo utilizaron como cantera y, para cuando la zona cayó en poder de los musulmanes, la obsesión por sacar piedra de allí hizo que terminasen llamando a la isla al-Qantir. Tras siglos destruyendo su suelo, parece lógico que si allí hubo algún día algún templo, ya no queden ni los restos de los restos.
Fue a partir de 1588 cuando empezó a utilizarse como zona de vigilancia, con una gran torre de 17 metros que servía para controlar quién pasaba por el Estrecho y, de rebote, avisar a tierra firme si había a la vista algún barco con mala pinta. Y así se mantuvo, ganando cada vez más presencia militar hasta que, en 1808, la isla dejó de ser isla.
De la mano de un camino artificial que aún a día de hoy se mantiene, la isla se convirtió en península y, mientras aquella inmensa torre se convertía en faro, su poder militar siguió creciendo hasta convertirse en una pieza clave de la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial.
Desde entonces ha seguido evolucionando, abandonándose su uso para dar forma a un centro de extranjeros que aprovechase de alguna forma las instalaciones y, tras ello, al centro de investigación y turismo que realmente merecía el lugar. Duró poco, lamentablemente, de 2022 a 2026, cuando el peligro que suponían las ruinas obligó a cerrar la isla al público por miedo a que el peso de su historia se le caiga a alguien encima.
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