Si paras La Última Cruzada en el minuto 14:26 verás el único misterio arqueológico que no pudo resolver Indiana Jones

  • La película de Spielberg dejó a simple vista un insólito misterio por resolver
  • Lo que la arqueología daba por perdido fue descubierto años después

Rubén Márquez

Editor - Trivia

Durante los primeros compases de Indiana Jones y la Última Cruzada, después de las escenas del joven Indy que todos tenemos grabados a fuego en la cabeza, llega otra que, vista con perspectiva, resulta aún más poderosa. En ella, alrededor del minuto 14:26, vemos al profesor Jones destruyendo cualquier posibilidad de aventura mientras les explica a sus alumnos qué es la arqueología. 

Les cuenta que buscan hechos, y que eso supone no sólo olvidarse de ciudades perdidas y viajes exóticos. "No seguimos mapas hacia tesoros enterrados y la X nunca, jamás, marca el camino". Habla de cómo no debe tomarse la mitología como un hecho mientras la pizarra habla de una civilización perdida que no ha dejado misterio por resolver. Lo que no sabe Indiana Jones durante esa charla que marcará el resto de la película es que, precisamente ese ejemplo, aún guardaba un último secreto.

Los Canaliños de Indiana Jones

Lo que ha escrito Indiana Jones antes de iniciar su peculiar discurso es "Late Canaliño" y "Mescalitan Islands", haciendo referencia a una civilización perdida que tocaba muy de cerca a su país. Los Canaliños, descubiertos por los españoles que llegaron a la zona en 1769, era una civilización perdida que se consideraba extinta y estudiada. Si había algún misterio allí, ya había sido resuelto. 

Llamados así porque vivían alrededor del Canal de Santa Bárbara, en la costa de California, el nombre real de los Canaliños era Chumash y, lejos de ser una civilización anecdótica, gozaban de una estructura compleja con más de 13.000 años de historia. De las ruinas de sus más de 150 poblaciones surgieron conchas que utilizaban como economía, pinturas rupestres complejas, y un invento que se destaca por encima de todo lo demás, el tomol. 

A diferencia de otras embarcaciones de civilizaciones costeras similares, los Chumash habían dado forma a una barca de tablas de madera que podía llegar hasta los 9 metros y que, por lo complejo de su elaboración y sus fascinantes características, está considerada como el mayor invento de los indios de California. Una muestra de cómo aquella civilización con cerca de 25.000 miembros había alcanzado un zénit tecnológico y, a su vez, de cómo su declive había hecho que aquel proceso de construcción de más de 500 días se perdiera en el tiempo. 

Lamentablemente para ellos, las epidemias de la etapa colonial y la esclavización como mano de obra sólo fueron el principio. Tras los españoles, los mexicanos robaron sus tierras y los colonos ingleses destruyeron sus aldeas para construir encima. La realidad era que, aparentemente, sin misterio de por medio no había nadie interesado en aquella civilización, y el vacío que le hizo la historia fue enorme. 

De hecho, apenas tres años después del año en el que se sitúa esa escena de Indiana Jones y la Última Cruzada, en 1941, el ejército estadounidense ampliaba el aeropuerto de Santa Bárbara construyendo una pista de aterrizaje sobre años de historia Chumash en Mescalitan Island. Para cuando el doctor Jones establece su discurso en 1938, los Chumash ya eran considerados un pedazo de historia. Salvo que, en este caso, la arqueología estaba equivocada. 

El inesperado secreto de los Chumash

El inesperado giro a esta historia lo pone John Peabody Harrington, un lingüista obsesionado con la antropología americana al que le debemos algunas de las primeras grabaciones de tribus nativas en forma de palabras, canciones y rituales que quedaron preservados en la historia. Era el tipo de historiador que se habría levantado en aquella clase para advertirle al doctor Jones que no tenía razón. 

La única diferencia era que Harrington no estaba en busca de ciudades perdidas, sino de personas. En lugar de estudiar a los Chumash como vestigios del pasado, los buscó como personas. Creía que detrás de aquella represión que había sufrido el pueblo, algo muy común en la época con todas las tribus indígenas, debían quedar resquicios que hubiesen escapado de esa situación. 

Harrington los buscó no como fósiles, sino como ancianos que hubiesen conseguido esconderse haciéndose pasar por hispanos, hablando español mientras trabajaban ocultos en los ranchos y las cocinas de la zona. Un trabajo que realizó en secreto por miedo a la represión que podían llegar a sufrir si eran descubiertos de nuevo. Y los encontró. 

Ocultos a simple vista, aún quedaban Chumash en California, en forma de ancianos que aún recordaban cómo sus antepasados construían el tomol y mantenían vivo su idioma en la intimidad. Durante cerca de 50 años, aquel lingüista había acumulado cientos de páginas, grabaciones y transcripciones sobre un pueblo aparentemente perdido. Un trabajo que nunca publicó en vida para protegerlos, pero que quedó guardado en el Smithsonian hasta que, años después, fueron editados por otros compañeros. 

En 1976, años después de haber considerado a los Chumash una civilización perdida, aquella sociedad secreta que había permanecido oculta para sobrevivir construía el primer tomol en 142 años para volver a surcar las aguas del Canal de Santa Bárbara. Desde entonces, y gracias a las notas de Harrington, al misterio que Indiana Jones ni siquiera alcanzaba a ver, la cultura de ese pueblo olvidado se transmite de padres a hijos de forma pública y con orgullo para que no vuelva a caer en el olvido. 

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