Hace poco terminé de leer Infierno Verde, uno de los libros de la valiente editorial La Felguera, centrado en la figura de Percy Fawcett. Un explorador real, obsesivo, trágico, cuya sombra es tan alargada que terminó colándose en la cultura popular como inspiración directa de Indiana Jones y como detonante literario de El mundo perdido de Arthur Conan Doyle. Fawcett es uno de esos personajes que funcionan como bisagra entre la historia documentada y el mito, entre la ciencia y la pulsión romántica de encontrar algo imposible. Y quizá por eso me fascina tanto.
Fawcett es uno de esos personajes que funcionan como bisagra entre la historia documentada y el mito
La lectura coincidió casi por casualidad con el reciente redescubrimiento de Camp Century, una gigantesca base militar estadounidense oculta bajo el hielo de Groenlandia desde la Guerra Fría, del tamaño de una ciudad y olvidada durante décadas. Y claro, de ahí mi cabeza dio el salto lógico, al menos para mí, a otro hallazgo inquietante: cuando, hace ya más de una década, científicos rusos localizaron en Alexandra Land, a unos mil kilómetros del Polo Norte, una antigua base militar secreta nazi en pleno Ártico. Y ya sabéis como soy, salto de ciudades perdidas en el Amazonas a las teorías de las Tierra Hueca que tiene entradas en los polos y de ahí a la búsqueda de la Atlántida. Pero no estoy loco y no he sido el único, solo que yo a lo mejor me lo tomo menos en serio.
Expedición al Tíbet, recepción para los dignatarios alemanes. 1938-1939. Foto: Wikimedia Commons
Cuando la arqueología se convierte en arma ideológica
Lo que diferencia a Percy Fawcett de los exploradores alemanes del Tercer Reich es que, mientras el británico buscaba respuestas personales, y quizá redención por su política colonial, los nazis pusieron la ciencia al servicio de una ideología genocida. En 1935, Heinrich Himmler fundó la Ahnenerbe, una institución adscrita a las SS cuyo objetivo oficial era investigar la herencia ancestral del pueblo germánico. En la práctica, se convirtió en una maquinaria pseudocientífica diseñada para "demostrar" la superioridad aria y legitimar el expansionismo del régimen.
La Ahnenerbe mezcló arqueología, filología, antropología y folclore con doctrinas raciales sin base científica. No se trataba de descubrir el pasado, sino de fabricarlo. Excavaciones, expediciones y estudios se utilizaban como propaganda, revestidos de una falsa pátina académica que hoy resulta tan inquietante como reveladora. La idea, muy vinculada a teorías tan denostadas como el poligenismo o la frenología buscaba por todo el planeta el origen de su raza aria en un pasado mítico y prehistórico, una cultura antiquísima de übermensch que cuando te querías dar cuenta se retrotraía a la Atlántida o Lemuria. Lo mismo te parece algo sorprendente, pero está en los libros de historia y en los museos.
El Tíbet, Agartha y la obsesión por el origen del mundo
Uno de los episodios más citados, y más malinterpretados, es la expedición al Tíbet de 1938–39, liderada por Ernst Schäfer. A menudo se presenta como una misión puramente esotérica en busca de Agartha o Shambhala, pero la realidad es más compleja y, por ello, más peligrosa. Hubo estudios zoológicos y etnográficos reales, sí, pero los datos obtenidos se reinterpretaron bajo un prisma racial que buscaba conexiones imposibles entre los tibetanos y una supuesta raza aria primordial. ¿Ciudades perdidas de culturas antediluvianas en el Tíbet? Seguro que a más de uno de vosotros ya os empieza a sonar el tema.
El problema no es solo que estas ideas fueran falsas, sino que resultaban útiles. Permitían al nazismo construir un relato mítico
El problema no es solo que estas ideas fueran falsas, sino que resultaban útiles. Permitían al nazismo construir un relato mítico de origen, algo que hoy reconoceríamos como worldbuilding… solo que aplicado a una política real de exterminio. Nicholas Goodrick-Clarke, experto en esoterismo nazi, analizó esta deriva en The Occult Roots of Nazism, conectando el ocultismo, la teosofía y el nacionalismo völkisch en un mismo caldo de cultivo ideológico. Uno de los mejores ejemplos de esta reformulación narrativa de la arqueología la tenemos en la afinidad del nazismo por la simbología esotérica, los símbolos de poder y los glifos les llevó a establecer paralelismos entre la cruz gamada que les representaba, y que tiene un origen solar en Europa, con símbolos similares del Tibet, la esvástica es un símbolo sagrado milenario que representa conceptos positivos como la paz, la prosperidad y la buena fortuna. Se trataba de un intento de tejer un mito racial universal que justificara su ideología y conectara su imaginario con lugares remotos y de carácter místico.
Blavatsky y su mano derecha Olcott en 1888. Foto: Sociedad Teosófica.
Antes de los nazis ya estaba todo escrito
Tampoco nos tenemos que ir a la otra punta del mundo a buscar ejemplos. Si hay una figura que parece sacada directamente de una novela pulp es Otto Rahn. Intelectual, poeta y arqueólogo aficionado, Rahn se obsesionó con el mito del Santo Grial y su posible relación con los cátaros del sur de Francia. Para Himmler, aquel delirio encajaba a la perfección con su visión mística del pasado germánico, y Rahn terminó trabajando para las SS. Por si alguien no ha visto Indiana Jones y la Última Cruzada, esto es.
Su historia es trágica y ambigua. No fue un científico riguroso, pero tampoco un simple charlatán. Representa ese punto intermedio donde la erudición mal entendida se mezcla con la fe ciega y acaba instrumentalizada por el poder. Su figura, directa o indirectamente, ha alimentado décadas de ficción, pero no fue la única influencia de estas ideas que desde finales del Silgo XIX, y con el imparable expansionismo europeo por África y Asia de la mano, andaba revolucionando a intelectuales de todo tipo, desde políticos a escritores.
Percy Fawcett
Conviene recordar que los nazis no inventaron estas ideas. Bebieron de corrientes anteriores como el poligenismo o la teosofía de Helena Petrovna Blavatsky, que ya hablaban de razas raíz, continentes perdidos y conocimientos ancestrales desaparecidos. La teosofía ejerció una influencia indirecta sobre H.P. Lovecraft, quien tomó de estas ideas para crear su propio universo de civilizaciones perdidas y terrores que duermen durante milenios en los fondos oceánicos. Aunque Lovecraft nunca fue teósofo, su mitología de dioses primigenios y saber prohibido refleja claramente la fascinación teosófica por lo arcano, lo oculto y lo ancestral, transformándolo en terror cósmico y ciencia ficción gótica. Tanto es así que se dio un curioso caso de retroalimentación, cuando algunas de las ideas de Lovecraft saltaron a formar parte de los escritos oficiales de la teosofía.
Fawcett se lanzó a buscar la Ciudad Perdida de Z motivado por estas ideas de civilizaciones avanzadas y ancestrales ocultas en lugares remotos
Si volvemos a Fawcett, este se lanzó a buscar la Ciudad Perdida de Z motivado por estas ideas de civilizaciones avanzadas y ancestrales ocultas en lugares remotos, además de relatos coloniales sobre pueblos de rasgos inusuales entre los pueblos de la zona: piel muy clara, ojos azules y pelirrojos o rubios, concretamente. En la práctica, no existía evidencia arqueológica o antropológica que respaldara la existencia de una raza aria en la región del Amazonas; su expedición se basaba más en mito, intuición y obsesión que en datos científicos de dudosa procedencia. Había más motivación que investigación. La historia terminó mal: Fawcett y su hijo desaparecieron durante la aventura, dejando atrás un misterio que alimentaría décadas de especulación y fascinación. El problema es que el Tercer Reich tomó ese cóctel de mitología y pseudociencia y lo convirtió en política de Estado.
Erich von Dänikenvistando la Isla de Pascua en busca de respuestas ancestrales
De la Atlántida a los alienígenas ancestrales: la ciencia ficción como espejo
Las ideas no mueren, se reciclan. Hoy ya no hablamos tanto de razas arias, pero sí de reptilianos, de hermandades blancas, de civilizaciones avanzadas borradas por cataclismos globales o de alienígenas que intervinieron en el pasado humano. Erich von Däniken, fallecido recientemente, fue el gran popularizador de estas teorías en el siglo XX, sustituyendo dioses antiguos por visitantes estelares.
El esquema es idéntico al de la Ahnenerbe: hay un pasado glorioso oculto, una verdad silenciada por las élites y una revelación que cambia nuestra visión del mundo. Porque las élites están más preocupadas por nuestro remoto pasado atlante que por nuestro rentable día a día actual. Da igual si hablamos de la Tierra Hueca o del terraplanismo. El atractivo narrativo es el mismo. Y la ciencia ficción lo sabe desde hace décadas. Aquí es donde todo encaja. Las expediciones nazis ofrecen un material narrativo brutal para la ciencia ficción porque condensan tres temas universales: poder, conocimiento y mito. Y además, hay una base real, ¿qué más se le puede pedir?
Imagen de Indiana Jones y La Última Cruzada
Películas, novelas, cómics y videojuegos han reciclado estos elementos hasta la saciedad. A veces con espíritu crítico, otras de forma irresponsable. El archivo secreto, el artefacto imposible, la expedición al fin del mundo… Todo eso está ahí porque ocurrió de verdad, o al menos porque alguien creyó que podía ocurrir. No es mi intención banalizar los horrores asociados a este movimiento ni a este periodo histórico, pero sí me parece interesante señalar cómo esas ideas han calado en la cultura pop, el ocio y el entretenimiento de masas.
El legado de las expediciones nazis y sus obsesiones pseudocientíficas se filtra constantemente en la narrativa de la ciencia ficción. Basta mirar a la saga de Indiana Jones, quizá la referencia más popular. En Busca del Arca Perdida (1981) o La última cruzada (1989) toman directamente del imaginario Ahnenerbe la idea de un Estado que persigue artefactos mágicos con fines políticos y militares. Incluso los nazis que aparecen en estas películas no son villanos aleatorios, sino la cristalización de un peligro muy real: la instrumentalización de la ciencia y la historia para el poder. Lo mismo puede decirse de Hellboy, de la saga Tomb Raider o Uncharted.
Si tener que recurrir al regimen Nazi, las ideas de fondo del un pasado legendario de la humanidad, de una perdia Edad de Oro está en Assassin’s Creed. Está íntimamente relacionado con el mito de la Atlántida y de las civilizaciones prediluvianas, que ha sido un tema recurrente en la cultura popular, sirviendo como puente entre el misticismo antiguo y la tecnología avanzada. La literatura de ciencia ficción y fantasía ha explorado repetidamente la idea de una humanidad olvidada, tecnológicamente superior, destruida por cataclismos globales. Desde clásicos como Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne, donde el Capitán Nemo descubre ruinas sumergidas en el Atlántico, hasta J.R.R. Tolkien, que en El Silmarillion narra la caída de Númenor, una isla bendecida por los dioses cuyo hundimiento funciona como paralelismo directo con el mito platónico.
Nathan Drake en plena exploración del Tibet en Uncharted 2
En el anime y la animación, estas ideas se reinventan explorando conflictos sobre el conocimiento y la tecnología prohibida: Nadia: El secreto del agua azul, dirigida por Hideaki Anno, sigue a una joven descendiente de los atlantes con un cristal capaz de cambiar el mundo; Saint Seiya, con la saga de Poseidón, presentan civilizaciones avanzadas y reinos submarinos que recuerdan a la Atlántida; incluso Atlantis: El imperio perdido de Disney, con estética inspirada en el anime, y One Piece, que introduce el Siglo Vacío, una era de gran avance tecnológico perdida de la historia, beben de esta tradición.
Todas estas historias beben del origen filosófico del mito, los diálogos Timeo y Critias de Platón, escritos hace más de 2.300 años
Los cómics y novelas gráficas no se quedan atrás: Aquaman (DC Comics) y Namor (Marvel) muestran Atlántidas supervivientes con tecnología superior; Kull el Conquistador y Conan el Bárbaro de Robert E. Howard se ambientan en épocas prediluvianas o post-hundimiento donde la Atlántida era una potencia militar; y Los Eternos de Jack Kirby explora cómo seres inmortales influyeron en civilizaciones antiguas y presenciaron cataclismos prediluvianos, y no hace tanto pudimos ver su adaptación cinematográfica. Todas estas historias beben del origen filosófico del mito, los diálogos Timeo y Critias de Platón, que hace más de 2.300 años sentaron las bases de la leyenda de la ciudad perdida y su edad de oro desaparecida.
INFIERNO VERDE: PERCY HARRISON FAWCETT Y LA CIUDAD PERDIDA: 79 (ZODIACO NEGRO)
El peligro de romantizar el delirio
Esta huella transversal demuestra que la historia de las expediciones pseudocientíficas nazis no solo fascina por sí misma, sino que ha generado un arsenal narrativo que sigue alimentando nuestra imaginación y que tienen una raíces muy profundas en multitud de culturas y creencias de todo el mundo. La ciencia ficción ha reciclado estas historias una y otra vez, siempre con un ojo en la historia, otro en el mito y un tercero en la ética, recordándonos que la línea entre lo posible y lo fantástico, entre lo real y lo imaginario, a veces solo se define por nuestra interpretación.
Es peligroso es tomar estas ideas como algo literal y agendarlas dentro de una doctrina social y política muy real
El riesgo es evidente. Convertir estas historias en simple entretenimiento puede blanquear su origen. Por eso es fundamental contextualizar siempre. Y más peligroso es tomar estas ideas como algo literal y agendarlas dentro de una doctrina social y política muy real y de consecuencias terribles. La Ahnenerbe no fue una panda de excéntricos buscando reliquias mágicas, sino parte de un aparato política que utilizó la pseudociencia para justificar el horror. La buena ciencia ficción no glorifica estas ideas, las desmonta. Nos obliga a preguntarnos por la ética del conocimiento y por nuestra fascinación constante con un pasado mejor que nunca existió. Quizá por eso seguimos mirando al Amazonas, al Polo Norte o a las estrellas, esperando encontrar algo que nos salve de nosotros mismos.
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