
Pegar cromos de Dragon Ball parecía una afición absurda y una ruina para nuestra paga semanal
La psicología ha descubierto que puede resultarnos muy útil el día de mañana
Incluso para quienes nunca hemos sido grandes apasionados del fútbol, los cromos del Mundial eran casi parte de una experiencia a la que todos los críos nos veíamos arrastrados. Desde que empezasen a publicarse aquellos álbumes coincidiendo con la competición de México, los niños de los años 70, 80 y 90 han crecido rodeados de esa fiebre que, para la psicología, ha supuesto un escenario de estudio inusual.
La clave no está en el álbum de cromos en sí, y tampoco en la celebración del Mundial, sino en algo que los expertos en psicología llevan años estudiando. Un fenómeno que buena parte de aquellas generaciones experimentó de primera mano y, sin embargo, las nuevas pueden hacer cada vez menos: las huellas mnémicas.
Por qué tu cerebro recuerda mejor lo que puedes tocar
Allá por 1972, un psicólogo a medio camino entre Estonia y Canadá, Endel Tulving, planteó que no toda la memoria funciona igual. Nuestro cerebro se para los datos y conceptos en algo llamado memoria semántica, mientras que las experiencias y todo lo que representan quedan almacenadas bajo otro tipo de memoria, la episódica.
A la fascinante posibilidad de anclar ambos tipos de memoria, la razón por la que al acordarte de una experiencia te viene otra cosa adicional a la cabeza, como la letra de una canción y un momento clave de tu adolescencia, Tulving sumaba un girito adicional. Para el psicólogo, la memoria episódica se volvía más fuerte conforme más estímulos recibiese.
Es decir, que si en ese momento tocaste algo o pudiste captar su aroma, su recuerdo, su huella mnémica, siempre será más profunda y resistente al olvido. Incluso décadas después, el haber manipulado un objeto físico te entregó suficientes señales para anclar aún más esa memoria en tu cabeza.
Que a poco que te esfuerces termines recordando el olor de aquellos cromos, la textura de los mismos, la pegajosidad de su pegatina, o incluso la economía del cambio que implicaba completar el álbum en medio del recreo, dice mucho de por qué te acuerdas del cromo de Bebeto.
El fenómeno es aún más impactante si lo trasladamos a día de hoy, si lejos de dejarlo encerrado entre los años 70 y 90, lo trasladamos a las generaciones actuales. Que puedas recordar qué cromo te faltaba para completar aquél álbum aunque hayan pasado 20 años, también explica por qué eres incapaz de decir ahora qué foto compartiste por redes hace un mes.
La generación de los cromos frente a la de las pantallas
Lo que vive en la pantalla de tu teléfono o tu ordenador puede tener una cantidad de píxeles y resolución infinita, pero carece de aquellas señales adicionales capaces de anclar el recuerdo en tu cerebro. Esto, que a día de hoy puede parecer algo anecdótico, podría tener consecuencias el día de mañana, cuando descubramos qué ocurre realmente con aquellos jóvenes que no han podido establecer una autobiografía mental sólida.
Tener claro el cuándo y el cómo termina siendo tan importante como el qué cuando llega el momento de echar la vista atrás. Más allá del negocio de los álbumes de cromos como los del Mundial, aquellos sobres con pegatinas se convirtieron en un dispositivo mnemotécnico plagado de señales extraordinariamente eficaces, y no sólo por los datos que aportaban cada uno de esos cromos, sino por todas las señales a nivel de tacto, olor e incluso influencia social que anclaban sus recuerdos.
Estudios que ya han destacado hasta qué punto los objetos reales son más memorables que las fotografías de esos mismos objetos, son sólo la punta de un iceberg que va mucho más allá cuando entramos en un mundo marcadamente digital. Si somos incapaces de anclar recuerdos porque las experiencias plenamente digitales y la galería de fotos del móvil no permite hacerlo de la misma forma, la estructura de nuestra memoria puede verse afectada.
Conforme vayamos haciéndonos más mayores y la memoria empiece a jugar un papel clave en nuestra estabilidad, gozar de esa autobiografía mental más sólida puede resultar de gran ayuda. Resulta bastante surrealista que, lo que en aquella época era una pérdida de tiempo tan tonta como pegar cromos, termine siendo el día de mañana algo más importante de lo que jamás habríamos imaginado.
Sí sabíamos que era una inversión ruinosa para la economía de la paga semanal que nos daban nuestros padres, pero no cómo nos influiría en el futuro. Lo que no sabemos todavía es qué ocurrirá cuando, llegado el momento, quienes no han tenido esa posibilidad de anclar recuerdos por culpa de un mundo completamente digitalizado tengan que enfrentarse al desafío de ponerse a recordar.
Imagen | Nano Banana
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