Es todo un reto sentarse ante un niño de hoy en día y explicarle cómo funcionaba seguir tu serie de dibujos favorita hace 30 años. Para quienes nacimos entre los 80 y los 90, las maratones de dibujos animados que ofrecen plataformas como Netflix habrían sido toda una bendición, especialmente para aquellos que empezaron a ver One Piece a principios de los 2000 y llevan casi 25 años esperando su final.
La paradoja es, precisamente, que aunque aquellos fans de la serie de Eiichiro Oda hayan aguantado todo este tiempo esperando semana a semana cómo continúa la historia, en cuanto One Piece ha saltado a Netflix lo ha hecho con recortes por todos lados para hacer el trago más amable con las nuevas generaciones. Lo que no saben ni unos ni otros es que, para la psicología, la serie ha sido como un experimento sobre gratificación diferida que los expertos llevan años estudiando.
Lo que One Piece nos dice sobre la paciencia
Estamos en la guardería de Stanford y el año no es ni nuestro 2026 ni el 2003 en el que One Piece empezó a emitirse en España, sino 1972. El psicólogo Walter Mischel tiene delante a una retahíla de niños de entre cuatro o cinco años con una chuchería delante. Les ha prometido que, si consiguen esperar 15 minutos sin tocarla, cuando acabe el tiempo recibirán dos chuches en vez de una.
Los niños se retuercen en la silla, se pierden mirando al techo e intentan cubrir esos 15 minutos de la mejor forma posible, pero como sería de esperar no todos lo consiguen, se rinden y se lanzan a por la golosina. Habría que esperar 18 años para descubrir el giro definitivo del experimento, cuando en 1990 un equipo revisó el caso para comprobar qué diferencias habían experimentado en sus vidas tanto los que aguantaron pacientemente como los que se rindieron a la tentación.
Lo que descubrieron fue que, aquellos con paciencia, habían terminado sacando mejores notas, mantenían mejores relaciones sociales, e incluso hacían más ejercicio y se mantenían constantemente activos. Aquél saber esperar por una gratificación diferida, un premio que sabían que llegaría pero no cuando ellos querían, parecía ser un índice perfecto para medir el futuro éxito de las personas dentro de la sociedad.
Tras repetirse el experimento varias veces más años después, en 2018 se llegó a una conclusión aún más demoledora. Con un grupo mucho más grande y variado, los resultados no eran exactamente iguales a los de 1972, pero sí lo suficientemente similares como para responder a un patrón. La clave no estaba sólo en la paciencia, sino en cómo su entorno había ayudado a motivarla. Es justo ahí cuando la psicología nos devuelve a One Piece y la Gen Binge.
La Gen Binge y el futuro que les espera
Que haya fans de One Piece que empezaron la serie de niños, y ahora estén en una espiral que conlleva tener hipoteca y críos, es el paralelismo perfecto con esa premisa de la gratificación diferida. Aquellas esperas frente al televisor, tanto las que forzaban los horarios cerrados como las que sumaban los anuncios o el tener sólo un capítulo por semana, terminaron enseñando a nuestro cerebro otra forma de trabajar.
El premio no llegaba al instante, había que ganárselo no sólo a base de esfuerzo, sino de paciencia. La idea de una carrera a cuatro años es sólo un ejemplo de ese planteamiento, pero mires donde mires probablemente terminarás viendo muchos más. El quid de la cuestión, en cualquier caso, no pasa por darle palmaditas en la espalda a los Millenials, sino en detenernos a analizar por qué el entorno que nos rodea ahora es la kriptonita de ese aprendizaje.
Cuando Netflix rompe su dinámica de lanzamientos y te cuela una nueva temporada de Stranger Things partida que se irá lanzando poco a poco, la Generación Binge que se ha criado atiborrándose a maratones de series entra en cólera. No es culpa suya, es el propio algoritmo el que tras la dopamina de un cliffhanger le suelta otro capítulo para que su cerebro no tenga tiempo a valorar si realmente quiere ver otro más.
Lo que para quienes siguen esperando el final de One Piece es lo más normal del mundo, para los cerebros de esas personas que no se han entrenado frente a otra posibilidad es un suplicio. El resultado de criarse en ese ecosistema de inmediatez constante es algo que, por ahora, sólo podemos prever. Sin embargo, a poco que nos asomemos a experimentos psicológicos como los comentados, es fácil adivinar qué viene a continuación.
Imagen | Nagary en Midjourney
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