
Crecer jugando en la calle sin que te vigilen tus padres ayuda, pero eso no significa que sea mejor
Sería raro que algún boomer no te haya asaltado con la cantinela de cómo antes los niños eran más fuertes. Aquello de salir a la calle por la mañana y volver por la noche, de liarse a pedradas con otros críos y al día siguiente ser tan amigos porque eran capaces de solucionar sus problemas sin tener a sus padres detrás… Aseguran que los niños de los años 60 y 70 crecieron con una libertad que les hizo más duros y que, en ese cambio generacional, los que vinimos después estamos hechos de otra pasta. La psicología, en cambio, no lo tiene tan claro.
Lo ha demostrado, además, con datos. Con los que de la mano de 52 investigaciones se ha revisado la relación entre la sobreprotección de los padres actuales, cómo afecta ello a sus problemas emocionales y, de rebote, qué ocurre cuando nos enfrentamos a la cara opuesta de la moneda.
Lo que la psicología ha descubierto sobre la sobreprotección
Para justificar su relato, algunos celebrarán que ese exceso de protección actual sí genera más síntomas de ansiedad y depresión en casos muy puntuales, pero en realidad eso no demuestra que los niños de los 60 y los 70 fueran psicológicamente más fuertes. Hay una cara muy desagradable sobre esa supuesta libertad.
Tras estudiar los casos de 2.213 niños australianos para comprobar cómo el juego libre afectaba a su desarrollo, sí encontraron que aquellos que pasaban más tiempo sin un adulto dirigiendo qué hacían, o dejaban de hacer, eran capaces de regularse emocionalmente mejor que el resto.
Es esa independencia a la hora de saber inventarse un juego, aburrirse lo suficiente para terminar solucionándolo por su cuenta, o resolver conflictos sin intervención de sus mayores, lo que generaciones anteriores utilizan ahora para ponerse una medalla en el pecho en la comparativa.
Lo que demostraba el estudio, sin embargo, es que esa libertad también exponía a los críos a situaciones para las que no estaban preparados. De aquellos niños, aunque quienes las superaban por pura suerte o intervención de un adulto no las recuerdan como tal, lo cierto es que podían resultar peligrosos tanto para su bienestar físico como para el emocional.
Es decir, que si bien es cierto que evitar constantemente que un hijo se enfrente a cualquier dificultad es contraproducente, el problema no está en querer protegerlos, sino en confundir esa idea con evitarles absolutamente todos los problemas que se les pongan por delante.
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