Aunque pensamos que es un cuento de origen europeo, la idea nació entre pirámides
Antes de triunfar aquí, lo hizo en China con otra versión mucho más oscura
Es una de las historias más europeas que te pueden venir a la cabeza. Habla de reinos con reyes y princesas, grandes y majestuosos castillos de ensueño, macrofiestas a las que se invitaba a todo el reino en un baile multitudinario, y además suma ese ambiente romántico con el que a veces miramos a una Edad Media que en realidad era muy distinta a la que salvó a Disney. Esa, a grandes rasgos, es La Cenicienta que damos por buena.
Como mucho alguno puede llegar a acordarse de cómo la versión anterior a Disney, la de los Hermanos Grimm, es una de las más chungas que han pasado por nuestra vista o nuestros oídos, pero como mucho llegamos hasta ahí para establecer el origen de La Cenicienta. Visto así, imagino que a la mayoría os pillará por sorpresa saber que el cuento original viene del Antiguo Egipto y tiene más pirámides que castillos.
La Cenicienta del Faraón
Para trasladarnos hasta la versión más antigua de La Cenicienta de la que tenemos constancia escrita, os presento la historia de Rodopis, que significa mejillas rosadas. Sin embargo, aquí ni Edad Media, ni princesas, ni gaitas. La documentó por primera vez el historiador griego Estrabón en el siglo I a.C., pero puestos a discernir cuándo se creó realmente, en realidad los expertos la sitúan en el año 500 a.C.
Rodopis no es una aspirante a princesa ni tiene que lidiar con una madrastra malvada. En realidad se trata de una joven griega esclavizada en Egipto que, mientras acude a darse un baño al río, un halcón baja de los cielos para robarle una de sus sandalias doradas. El ave, una representación del Dios Horus, vuela hasta Menfis para dejar caer la sandalia sobre el regazo del Faraón. Este, maravillado por la belleza de tan glorioso calzado y la puntería del halcón que inmediatamente ata a una llamada divina, ordena buscar a la dueña y termina convirtiéndola en reina.
No hay zapato de cristal ni calabaza, y lo más parecido al hada madrina es un pájaro con una preocupante filia por los pies de jóvenes esclavas. Pero en cualquier caso parece un buen punto de partida del que tirar. De Grecia a la historia de los Hermanos Grimm y misterio resuelto, ¿no? Pues no, porque antes de viajar a Europa, el cuento de La Cenicienta faraona salta hasta China
Me vais a perdonar que no tenga una explicación más certera para ese salto espaciotemporal -el comercio persa, será-, pero la siguiente versión del cuento de La Cenicienta se remonta al año 850 d.C. y al escritor de cuentos chino, Duan Chengshi. En cualquier caso, si lo que tenéis es ganas de llegar al morbo de los Hermanos Grimm, aquí la cosa empieza a ponerse turbia.
De la Cenicienta china a la europea
La historia de La Cenicienta china tiene como protagonista a Ye Xian, una joven huérfana cuya madrastra obliga a lidiar con las tareas de casa. Una de ellas implica acudir a por agua a un estanque, donde descubre a un pez de escamas doradas del que se hace amiga. Como la madrastra es más mala que el gas, al descubrir la amistad acude a ver al pez con la ropa de la joven y se lo come. Chao, pescao.
Por suerte para la chica, un espíritu baja del cielo y le dice que entierre los huesos del pescado en cuatro vasijas que, a partir de ese punto, le concederán todos los deseos que pida. ¿Su primer deseo? Un vestido de seda verde y zapatos de oro tejido para acudir a una fiesta donde pierde uno de los zapatos.
De reventa en reventa, el zapato perdido llega hasta un rey local que queda asombrado por la belleza del zapato y, sobre todo, por lo pequeño que debe ser el pie que entraba en él. Lo de La Cenicienta y la filia por los pies es un tema, sí. El caso es que encuentra a la joven, se casa con ella, y los tupperware con restos de pescado deciden vengarse tirando sobre la madrastra una lluvia de piedras. Mágico, sí, pero también rencoroso.
De la misma forma que los marineros árabes probablemente llevaron la historia de Egipto hasta China, hicieron lo propio con la versión China y, gracias a la Ruta de la Seda, el cuento de La Cenicienta terminó llegando a Europa. En 1634, Giambattista Basile publica Cerentola que, puestos a llevar la historia a otro nivel de oscuridad, convierte a Zezolla, su protagonista, en una homicida.
Zezolla tiene una institutriz que le come la oreja y le invita a partirle el cuello a su madrastra con una tapa de madera. Lo típico, vamos. El caso es que todo era un plan para convertirse ella en su nueva madrastra y que el ricachón del padre cuide también de sus hijas. Lejos de estar agradecida, la convierte en una criada mientras le pone el apodo de Gatta Cerentola, o la Gata Cenicienta. Es ahí donde aparece por primera vez el nombre.
La Cenicienta nunca ha sido un cuento muy Disney
El caso es que el padre, que está de viaje constantemente de aquí para allá, de uno de sus viajes le trae un árbol de dátiles mágico, así que Zezolla lo riega con sus lágrimas y de ahí sale un hada que, esta vez sí, le entrega los vestidos y joyas con los que acudir a una fiesta real. El zapato (una chianelle que viene a ser como las plataformas de hoy en día) se pierde, el Rey lo encuentra y, al ordenar venir a todas las mujeres del reino, el zapato mágico vuela hasta el pie de Zezolla nada más entrar por la puerta.
Apenas unos años después, en 1697, La Cenicienta llega hasta la corte de Versalles de la mano de Charles Perrault que, ahora sí que sí, da forma al cuento tibio y mágico al que estamos acostumbrados. Entran en juego el zapato de cristal, el hada madrina, la calabaza mágica y hasta los ratones, así que es la versión que elige Disney para dar forma a su película.
Cuando la historia llega hasta los Hermanos Grimm, lo que hacen no es retorcer el cuento de Perrault, sino agarrarse a aquella historia que llegó hasta Alemania plagada de crudeza y se fue retorciendo aún más con el paso de los años. No es morbo por morbo, vamos, es que estaban acudiendo a las fuentes originales de La Cenicienta para dar forma a su Aschenputtel. Leemos pero no juzgamos.
En su versión no hay hada madrina y la magia viene de un árbol, que esta vez ha crecido sobre la tumba de su madre en vez de ser un regalo. La parte más famosa de esta versión macabra del cuento es que, para conseguir meter los pies en el zapato de cristal, las hermanastras se rebanan los dedos y el talón, lo que sorprendentemente no sorprende al príncipe hasta que unas palomas le avisan del engaño. Como colofón final, las palomas les pican los ojos y las dejan ciegas. Pese a que esta versión es más reciente, de 1812, imagino que entenderéis por qué Disney eligió la otra.
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