
Lo que la cultura pop ha redefinido como el apocalipsis vikingo, es en realidad lo que da paso al génesis nórdico, literalmente
Si alguna vez has visto la palabra Ragnarök, o cualquier obra que la use, seguramente la asocies a una sola imagen: el apocalipsis nórdico, de sus dioses y mitología. Es una lectura tan extendida que casi nadie se para a comprobar si es correcta. Pero tiene un giro que muchas creaciones que la emplean han omitido por: en las fuentes nórdicas que conservamos, la Edda poética y la Edda prosaica que recopiló Snorri Sturluson en el siglo XIII, el Ragnarök no cierra la historia.
Después de que los dioses mueran, Miðgarð se hunda y los nueve mundos ardan, la tierra vuelve a emerger, verde y fértil, y dos supervivientes humanos, Líf y Lífþrasir, la repueblan. ¿Os suena? En efecto, es el Génesis cristiano. Incluso El propio término, del nórdico antiguo ragnarök ("destino de los dioses"), no lleva implícita ninguna aniquilación definitiva. E investigaciones reciente ha añadido matices interesantes a esa lectura, aunque, como suele pasar con la filología nórdica, el consenso brilla por su ausencia.
Lo que sí es el Ragnarök: un largo invierno
El arqueólogo Bo Gräslund y el profesor Neil Price -ambos de la Universidad de Uppsala- publicaron en 2012 en la revista Antiquity un estudio que conecta el Fimbulvetr, el invierno de tres años sin verano que precede al Ragnarök en los textos, con un episodio climático documentado: una erupción volcánica en el año 536 d. C. que oscureció el sol durante más de un año y provocó hambrunas registradas arqueológicamente en Escandinavia.
Su argumento no es que exista una relación directa de causa-efecto con la Völuspá, el poema que narra el mito y que se fecha siglos después; es más modesto, y por eso aguanta mejor: la memoria oral de una catástrofe real pudo cristalizar generaciones más tarde en la imaginería del Fimbulvetr. Tan conscientes son del riesgo de forzar la conexión que los propios autores acuñaron, con ironía, el "síndrome de fue-destruido-por-el-volcán" para advertir contra el el mismo recurso fácil de atribuir calamidades a ese hecho.
Por otro lado, el filólogo Jan A. Kozák, de la Universidad Carolina de Praga, sostiene en un artículo de 2021 en Temenos que el Ragnarök funciona como un eco estructural de la propia creación del mundo: los mismos motivos narrativos se repiten, pero invertidos. El gigante primordial Ymir, cuyo nombre significa "el que brama", es sacrificado por los dioses para crear el mundo; en el Ragnarök es el dios Heimdallr quien hace sonar su cuerno anunciando el fin, y Odín quien grita al sacrificarse en el árbol cósmico. Los dioses pasan de sacrificadores a víctimas. No prueba que el mito sea cíclico en sentido literal, pero sí que comparte gramática narrativa con su propio origen, algo que encaja con el marco cosmológico de tres niveles -cielo, tierra intermedia e inframundo- que el arqueólogo Anders Andrén documentó como propio de la Escandinavia prehistórica, sin depender del cristianismo.
La influencia Cristiana tardía
No todo el mundo compra la lectura optimista. Desde el noruego Sophus Bugge en el siglo XIX hasta el volumen académico The Nordic Apocalypse (2013), una parte de la filología nórdica defiende justo lo contrario: que el renacimiento final es una interpolación cristiana tardía, tomada de textos apócrifos como los Oráculos Sibilinos, injertada sobre una creencia de ultratumba pagana que originalmente terminaba en aniquilación pura.
El investigador Daniel McCoy va más lejos en The Viking Spirit y plantea que ocurre justo lo contrario de lo que asume la cultura pop: la versión sin renacimiento sería la auténticamente pagana, y el final feliz el añadido cristiano. Enfrente, filólogas como Carolyne Larrington, de Oxford, o la historiadora H. R. Ellis Davidson sostienen que la tensión cíclica entre cosmos y caos es genuinamente precristiana. Ninguna postura está zanjada.
Lo que sí es seguro es que producciones como las de Marvel han invertido el mito dos veces. Primero al convertir un ciclo de final abierto en un clímax narrativo cerrado y espectacular. Segundo, de forma más literal: en el cómic original de 2004 y en varias adaptaciones posteriores, Thor sobrevive al Ragnarök, algo que no ocurre en ninguna fuente nórdica, donde muere enfrentado a la serpiente Jörmungandr. Un capítulo académico de 2024 publicado en IntechOpen sobre la reescritura de la mitología nórdica en la cultura popular apunta que estos cambios no son errores, sino la prueba de que un mito con casi mil años de reinterpretaciones a sus espaldas sigue siendo lo bastante flexible como para servir a la lógica de una franquicia de superhéroes.
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