El control de las redes sociales e internet en menores de 16 años es más complicado que sacar una ley
El cerebro de un adolescente es como un Ferrari sin frenos, y eso lo hace aún más difícil
Tengo tres hijos de 15, 10 y 5 años, así que la medida de prohibir las redes sociales a los menores de 16 años en España me toca bastante de cerca. Cuando la gente se pregunta en esas mismas redes si realmente hay una influencia tóxica capaz de llevarlos a pensar o decir cosas que no se alinean con los valores que se han mamado en casa desde pequeños, sin importar de qué ideología sean, inevitablemente debo reconocer que sí. Que ese fantasma que no siempre alcanzamos a ver, o del que desconocemos su magnitud, existe.
Lo he visto en el mayor, lo he visto en sus amistades, y hasta empiezan a llegarme comentarios del entorno escolar del mediano que, inevitablemente, me hacen temer en qué punto estaremos cuando el pequeño llegue a ese punto.
Sobre los estudios que certifican hasta qué punto todo eso es una realidad, sobre cómo los padres confunden el autismo con lo que en realidad es una adicción a las pantallas que se destapa tan pronto llegan los críos a la guardería, ya hemos hablado largo y tendido. Sobre cómo convertir ese castillo en el aire de limitar las redes sociales a unos niños que empiezan a tener acceso a ellas con una media de 9 años y 9 meses, andamos un poco más perdidos.
Entre la protección a menores en redes sociales y la privacidad
Más allá de los comentarios incendiarios que respondían ayer a la propuesta del Gobierno de limitar el acceso a las redes sociales a menores de 16 años, la tónica general entre grupos de padres me sonó más a celebración que a catástrofe. En primer lugar porque la realidad de quienes tienen que enfrentarse a esa toxicidad saben que su situación no necesariamente es la norma y que, en muchos casos, es la excepción.
Viviendo en una zona rural, a la que nos mudamos precisamente para que nuestros hijos tengan la oportunidad de criarse lejos de las grandes ciudades y todo lo que conllevan, el adolescente tiene móvil desde los 13 años, cuando para poder desplazarse hasta el instituto empezó a hacer uso del autobús escolar y el teléfono se convertía en una herramienta en la que poder avisar si algún día había algún problema con la ruta.
Al ser un pueblo pequeño, la posibilidad de salir con los amigos, sin importar si se van al monte o a pasar la tarde merendando a las puertas de un Mercadona, la seguridad que aportan herramientas como Google Family Link no sólo permiten ver dónde está (una función que además funciona en ambas direcciones por si no puede contactarnos), también ofrecen un control parental para saber qué aplicaciones se instala y cuánto tiempo pasa en ellas.
Entiendo hasta qué punto ese último párrafo ha levantado más de una ceja en aras de la privacidad personal. Y sí, es una invasión. Controlada, pero invasión al fin y al cabo. Una cuyo miedo me atrevo a pronosticar que no tardará en empezar a desvanecerse mientras seguimos hacia delante en esta historia. Pese a ello sí merece la pena apuntar que, desde el principio, al crío se le dejó claro el objetivo del móvil: nosotros lo necesitamos para esto, tú lo vas a utilizar para esto otro, y en el momento en el que veamos que hay un descontrol, se acabó para ambos. Si aceptas, asumes que es lo que hay.
El problema de las pantallas más allá de las redes
Merece la pena sumar algo de contexto a un estilo de crianza que ni es perfecto ni probablemente case con lo que muchos otros habrán enfocado en sus casas. Si estamos en un restaurante hacemos partícipes a los niños de la conversación, no los enchufamos a un móvil para que estén entretenidos. Se ve la tele tanto como se juega o se lee y, pese a haber dedicado toda mi vida a jugar a videojuegos y haber hecho de ello mi trabajo, ellos sólo pueden hacerlo en las tardes del fin de semana que estemos en casa.
Nunca se les ha hablado como si fueran bobos por ser niños, así que en la mesa se habla casi de todo y, cuando sale a la luz un tema peliagudo, se intenta explicar de la mejor forma posible. Ante todo, frente a nuestros ideales siempre han prevalecido tres máximas: trata a los demás como te gustaría que te tratasen a ti, los extremos nunca son buenos ni en un lado ni en otro, y la política no es un taxi que te lleva justo a donde tú quieres, sino un autobús que deberás elegir dependiendo de lo cerca que te deje de lo que tú consideras correcto. Imagino que los ideales contra todo lo que huela a racismo, machismo o falta de conciencia de clase se presuponen, pero los apunto por si las moscas.
Crecer en un entorno así implica estar más atento a todo lo que, de una forma u otra, atente contra esas ideas, lo que a menudo lleva a revelaciones especialmente sorprendentes. En una de ellas, el mayor explicaba cómo una compañera de clase miembro de un grupo de clase históricamente reprimido clamaba contra todo aquello que, aparentemente, debía proteger su futuro. No era un discurso de odio que haya escuchado de sus padres, puedo asegurar, pero pasando el día en internet por mi trabajo me resultó fácil adivinar de dónde había salido.
El que no vi venir fue el del mediano, asegurando que él también lo había oído en clase por boca de otros compañeros. Cabe apuntar que en su clase la que la mayoría de alumnos son migrantes, lo que parecía seguir la misma realidad ilógica que en el caso del mayor. "Se pasan el día hablando de eso". El cómo se saltan los escasos controles parentales que hay en la mayoría de los casos, pasaba por llevarse la conversación a Roblox o aprovechar el chat de clan de Clash Royale. Reconozco que esa no la vi venir.
Los datos que la ciencia pone sobre la mesa
La última frase es más que suficiente para poder afirmar que el control de las redes sociales e internet en menores de 16 años es más complicado que sacar una ley. Evitar que ciertas ideologías permeen entre los críos, sin importar las que sean o consideres buenas o malas, es algo que requiere de una acción mucho más activa que esa. Implica legislación, implica ética empresarial y, sobre todo, implica la participación de unas familias que, admitámoslo, por desestructuración o lo que parecen "problemas más importantes", no siempre están ahí.
La realidad, en cualquier caso y más allá de opiniones o experiencias personales, es la que es. Ni en Instagram quedan fotos de paisajes, ni en Twitter una ristra de memes y mensajes de buenos días. Las redes sociales de ahora no son las que se introdujeron cuando muchos de nosotros éramos jóvenes, y su objetivo hace mucho que quedó lejos de limitarse a ser una plaza del pueblo virtual.
No es casualidad que un alto porcentaje de adolescentes convierta ese drama continuo que se vive en ellas en una ansiedad capaces de afectarles física y mentalmente por la necesidad de pertenecer a un grupo que se desarrolla a esas edades. Tampoco que las propias redes fomenten y eleven esos discursos de odio porque, por una mera cuestión evolutiva, saben que nuestro cerebro presta más atención a amenazas y mensajes negativos que a estímulos positivos (de ahí que una mala crítica sobre algo que has hecho siempre te pese más que 10 muy buenas). De hecho está medido hasta el cuánto: cada palabra negativa aumenta la tasa de interacción en un 2,3%.
Sumemos a todo eso que, frente a cómo esa negatividad puede afectar al cerebro de un niño, lo haga mucho más en cerebros adolescentes. Son un Ferrari sin frenos. Un motor con todas las revoluciones que puedas imaginarte a nivel emocional y cero control de impulsos.
Son especialmente sensibles a la dopamina que generan los likes moldeando su cerebro en ese sentido y, de rebote, también a todo lo que sea visto como un castigo social que los deje de lado pese a ir en contra de su opinión. Si van a pasar una media de 5 horas al día enfrentándose a todo ello en redes sociales (1 hora y 17 minutos de media en España y otras 4 horas en plataformas como YouTube o Twitch), como mínimo da para querer darle una vuelta a ese nivel de exposición.
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