Más vale pueblo en mano que imperio volando. Por qué pasamos de ser unos magnates y preferimos construir en miniatura

Por qué cada vez más jugadores prefieren construir pequeños mundos en lugar de gobernarlos todos

Bárbara Gimeno

Colaboradora

No lo oculto; para mi, hay algo profundamente reconfortante en ver crecer una aldea diminuta, ladrillito a ladrillito. Una granja que cabe en la pantalla del móvil, una isla flotante llena de casitas, huertos y tejados rojos... lo que sea. Solo estamos nosotros, un par de herramientas de diseño… y un espacio más o menos limitado para construir lo que nosotros queramos pasito a pasito.

Los juegos de gestión en miniatura están en auge, y no me extraña. Y aunque muchos puedan parecer sencillos a primera vista, detrás de su estética encantadora hay una verdad poderosa, y es que estos juegos son tan populares porque necesitamos espacios pequeños para recuperar el control dentro de un mundo que va cada vez más rápido.

El placer de lo diminuto

En un mercado lleno de propuestas cada vez más gigantescas —con mapas de mundo abierto inmensos, habilidades a montones y narrativas ramificadas—, esta nueva oleada de juegos propone lo contrario: menos es más. Nos proponen pequeños mundos en los que cada acción tiene sentido. Donde el tiempo no apremia, el espacio es limitado y el objetivo no es dominar… sino habitar.

Juegos como Dorfromantik, Townscaper, ISLANDERS o Terra Nil nos dan una misión sencilla: hacer florecer un entorno pequeño. Solo tenemos que tomar decisiones ligeras que consisten en elegir colores amables o, a veces, ni eso, y nos reportan una sensación constante de armonía.

Esta corriente, por supuesto, también ha llegado al móvil con títulos como Pocket Love, Tiny Pixel Farm o My Little Universe. Juegos donde gestionamos una granja, decoramos una casa o modificamos una islita cuadrada sin necesidad de tutoriales eternos.

Aunque técnicamente estos juegos entran dentro del género de gestión o del citybuilder, estos títulos tienen un poco de ritual, ya que no se trata solo de optimizar recursos sino de entrar en un ritmo casi meditativo. Colocar una casita, escuchar cómo suena, ver cómo encaja en el paisaje, respirar satisfechos y repetir una y otra vez.

Dorfromantik

En Dorfromantik, por ejemplo, cada loseta que colocamos encaja dentro de una armonía visual y sonora. El juego nunca nos mete prisa, pero sí nos invita a ir mejorando poco a poco nuestro entorno. En Cloud Gardens nos dedicamos a sembrar plantas en escenarios postapocalípticos. El mundo se va llenando de vegetación a medida que "gestionamos" la ruina con la que nos hemos encontrado al empezar. El resultado es una mezcla entre jardinería zen y poesía visual que va devolviéndole color a un mundo oscuro.

Este tipo de diseño responde a un deseo creciente en los jugadores; el de relajarse sin desconectar del todo. Los jugadores quieren estar activos, pero no tensos. Crear, pero sin ser juzgados por su nivel de eficiencia. Un modo de juego que, más que desafiar, nos acompaña.

Miniatura = control

¿Por qué preferimos mundos pequeños? Hay una posible respuesta psicológica; en un mundo real que parece cada vez más impredecible, caótico e inabarcable, estos juegos nos ofrecen una fantasía reconfortante, la del control absoluto sobre un ecosistema perfecto. Aquí, cada acción produce un resultado visible. Cada edificio cuenta y no hay sorpresas desagradables ni consecuencias que estén fuera de nuestro alcance.

Además, el hecho de que estén a escala reducida hace que el jugador se sienta cerca de todo. En Tiny Glade, por ejemplo, no tenemos objetivos, solo la posibilidad de ir dándole forma a pequeñas estructuras medievales con un sistema intuitivo. El juego se convierte en una especie de diorama interactivo, como si estuviéramos construyendo una maqueta con nuestras propias manos.

Islanders

Obviamente, el diseño visual tiene mucho que ver con esta fascinación. Los juegos de gestión en miniatura suelen apostar por colores suaves, diseños redondeados y arquitectura sencilla al estilo más cozy. Nos recuerdan a juguetes, a cuentos ilustrados e incluso a casas de muñecas. La experiencia se vuelve de algún modo nostálgica, incluso aunque el juego no tenga narrativa como tal.

Esto se refuerza con los sonidos ambientales: pajaritos, viento, maderas que crujen. No tienen música épica ni súper efectos. Solo atmósferas suaves y envolventes. La sensación no es tanto la de dirigir un imperio, sino la de cuidar nuestro rinconcito personal de mundo.

En cierto modo, estos juegos son también refugios digitales, como tantos otros. Pequeños lugares donde todo está en equilibrio. Frente a la escala descomunal de otros géneros —como los survival o los RPG de mundo abierto—, aquí el mapa cabe en una sola pantalla y la verdad es que no necesitamos más.

La escala como filosofía

Los juegos como Terra Nil dan un paso más allá, ya que en lugar de construir ciudades humanas, nos invitan a devolverle la vida a ecosistemas que se han visto destrozados. Plantar árboles, limpiar el aire, atraer animales y luego desmontar toda la infraestructura para dejar el paisaje intacto.

Lo diminuto, en estos juegos, no es solo una cuestión de estética o mecánica. Es una filosofía de diseño, ya que de algún modo se va premiando la armonía y el jugador deja de ser un dios controlador para convertirse en cuidador de lo pequeño.

Terra Nil

La fascinación por los reinos pequeños sigue aumentando poco a poco, sobre todo en PC y móvil. Plataformas como Steam y itch.io están llenas de proyectos que exploran esta sensibilidad: The Block, Townscaper, Aka, Sticky Business…

También influye su potencial de viralidad, claro, y es que hay que decir que son juegos altamente compartibles. Todos tenemos ganas de compartir con nuestros amigos o con la comunidad una captura de nuestra isla bien decorada, una animación de nuestra cabaña rodeada de árboles o un timelapse de nuestra ciudad naciendo. El diseño visual favorece lo fotogénico, desde luego; son juegos que quieren ser tan admirados como jugados.

Y en tiempos de hiperconexión y sobreinformación, quizás esto es justo lo que necesitamos: no perder el control, sino reducir la escala del mundo. Los juegos de gestión en miniatura no son simples pasatiempos. Son ecosistemas emocionales. Construir una aldea, plantar un árbol o colocar una silla bien alineada no es solo cuestión de estética, sino que es un gesto de orden, de sentido. Un refugio digital que responde a una necesidad muy real.

Y quizás ahí esté su magia, en recordar que no hace falta conquistar el mundo entero para sentirnos en paz con nosotros mismos. A veces, basta con una granja en miniatura, una casita en una colina o un reino tan pequeño… que quepa dentro de la palma de nuestra mano.

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