Durante años, el medio interactivo ha sido sinónimo de acción frenética, ciudades distópicas y entornos urbanos. Sin embargo, una corriente cada vez más potente dentro del desarrollo independiente apuesta por todo lo contrario: juegos que celebran la lentitud, la contemplación y el entorno natural como espacio de juego y de reflexión. En este reportaje exploramos títulos como Chicory, Terra Nil, Tchia o The Stillness of the Wind, que no solo usan la naturaleza como telón de fondo, sino que la convierten en el verdadero corazón de la experiencia.
Pintar el mundo para entenderlo
A primera vista, Chicory: A Colorful Tale (2021) puede parecer un título de aventuras más, con una estética adorable y mecánicas de exploración no demasiado originales, pero tras su paleta desaturada se esconde una reflexión sobre el poder transformador del arte y su capacidad para conectar al individuo con su entorno.
Aquí, el mundo ha perdido su color, y nosotros, pincel en mano, somos los encargados de devolverle la vida. A través de un sistema que nos permite literalmente pintar cada rincón del escenario, Chicory nos anima a observar los detalles, interactuar con los animales y plantas locales y reflexionar sobre cómo nuestras acciones afectan al medio. Lo importante no es la velocidad, sino la sensibilidad con la que reimaginamos el paisaje. Además, su estructura abierta y su ritmo pausado permiten un tipo de relación con el entorno pocas veces vista en mundo de los videojuegos: íntima, emocional y libre de presiones.
En un momento donde la crisis climática domina la conversación global, Terra Nil (2023) plantea una idea revolucionaria para el género de la estrategia: en lugar de construir, conquistamos mediante la restauración ecológica. El juego, desarrollado por Free Lives, se describe como un "city builder al revés": en lugar de expandir una civilización, nuestra misión es revertir la devastación ecológica.
En Chicory: A Colorful Tale nos valdremos del poder del arte para resolver puzzles y reconectar con nuestro entorno
La partida comienza en un paisaje árido y contaminado a través del uso de tecnología limpia, debemos reintroducir vegetación, purificar el agua, devolver la biodiversidad al ecosistema y, finalmente, desmantelar nuestras propias estructuras para dejar el lugar intacto.
Este ciclo —de intervención, restauración y retirada— transforma por completo la narrativa habitual del videojuego como espacio de poder. Terra Nil no nos ofrece un marcador de puntos ni una expansión interminable, sino una invitación a cuidar y a reparar. Una experiencia profundamente ecológica en su mensaje y en su mecánica que deberíamos aplicar más en nuestro día a día.
Raíces culturales y naturaleza viva
Inspirado en el territorio francés de Nueva Caledonia, Tchia (2023) es un canto de amor a la cultura, el paisaje y la vida silvestre del archipiélago. En esta aventura de mundo abierto, seguimos a una joven que tiene la habilidad de "pasarle" su alma a animales y objetos del entorno, lo que nos permite experimentar el mundo literalmente desde múltiples perspectivas naturales.
Este poder no es solo un recurso divertido, sino una forma de estrechar nuestra relación con el ecosistema. Ser un pájaro, una piedra o un pez implica comprender mejor cómo funcionan esos entornos y cómo interactúan entre sí. La exploración se convierte así en una forma de conocimiento y respeto — que a más de uno le vendría genial en la vida real.
Además, Tchia hace un esfuerzo consciente por integrar elementos culturales auténticos, como la música, el idioma, la vestimenta o los rituales. Todo ello envuelto en una atmósfera de celebración, donde la conexión con la tierra no es solo temática, sino emocional y simbólica.
Pocas experiencias capturan la soledad rural con tanta sensibilidad como The Stillness of the Wind (2019). En este título contemplativo, jugamos como Talma, una anciana que vive sola en una granja lejana, cuidando de sus cabras, cultivando vegetales y leyendo las cartas que le envían desde la ciudad.
En Tchia podremos tomar el control de cualquier animal y comprender un poco mejor su vida
El juego no tiene objetivos en el sentido tradicional, ya que no hay niveles que superar ni enemigos que derrotar. Su fuerza reside en los pequeños rituales del día a día, en el paso del tiempo y en cómo se va desvaneciendo la conexión con un mundo exterior que apenas recordamos (sí, este juego es un poco tristón pero muy necesario).
The Stillness of the Wind nos recuerda que la naturaleza también puede ser inhóspita, y que el ciclo de la vida implica pérdida, memoria y aceptación. Es un juego que convierte la cotidianidad rural en poesía interactiva.
Otros títulos que honran la tierra
Más allá de los juegos que hemos ido mencionando, hay una amplia gama de títulos que han incorporado la naturaleza como parte esencial de su diseño y narrativa, como A Short Hike, Season: A letter to the future o Eastshade.
Estos juegos no buscan meternos en la cabeza un mensaje ecológico directo, pero nos lo transmiten mediante la inmersión: nos enseñan a mirar, a escuchar y a formar parte de un todo.
La popularidad de estos títulos responde, en parte, a una necesidad cultural más amplia: el deseo de frenar, de reconectar con lo natural en un mundo saturado de tecnología y estímulos constantes. En un contexto global marcado por la emergencia ambiental y la lucha contra el cambio climático, estas propuestas no ofrecen soluciones técnicas, pero sí algo quizás más importante: una nueva sensibilidad. Nos llevan a adoptar una actitud más empática, más cuidadosa, tanto dentro del juego como fuera de él.
En definitiva, cada vez más vemos como los videojuegos pueden ser más que entretenimiento. En manos de desarrolladores con buen ojo, se convierten en ventanas a mundos que hemos olvidado, o que simplemente ya no vemos con claridad. A través de sus mundos virtuales, estos títulos nos reconectan con la tierra, con lo esencial y con nosotros mismos. En un momento donde la desconexión con nuestro entorno parece lo normal, jugar también puede ser una forma de volver a casa.
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