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Este RPG de estrategia y vikingos tiene el mismo amor por la historia que Kingdom Come Deliverance; también la misma mala suerte

El amor de Norse: Oath of Blood por la historia es genuino, y su combate es divertidísimo si te gusta el género, pero sus bugs empañan todo lo que hace bien

Alberto Lloria

Editor

El videojuego jamás podrá sustituir a un libro de historia. Sí, hay libros y libros, pero el carácter educativo del papel, de un autor fundamentado, da mil vueltas a cualquier otro producto cultural pues, al acomodar un hecho histórico al lenguaje de un medio de entretenimiento, conlleva cambios y adaptaciones. Sin embargo, el videojuego puede servir para difundir, siempre bajo un prisma de ficción histórica, y eso es algo que ha demostrado con maestría Kingdom Come: Deliverance 2 —y su precuela— al abordar la Bohemia medieval desde una historia tan común como es la venganza. Bajo esa misma premisa llega uno de mis juegos más esperados de 2026: Norse: Oath of Blood, un RPG táctico que atina al seguir los pasos de Warhorse Studios, pero que lamentablemente tropieza en sus mismos errores.

Como canal para transmitir realidades históricas desconocidas, periodos o conflictos, el videojuego es una herramienta poderosa siempre y cuando haya un equipo consumado detrás. Porque, aunque Assassin's Creed —franquicia que adoro— es la máxima representante en eso de "vivir" una experiencia en el pasado, no deja de ser ciencia ficción con aroma histórico. En cambio, siguiendo a pies juntillas lo hecho por el equipo checo con la aventura de Henry de Skalice, el estudio de Norse: Oath of Blood ha delegado en figuras como el novelista Giles Kristian la tarea de crear una narración ficticia con una base histórica alejada del cliché del vikingo borracho, barbudo y con cuernos en el casco.

Norse: Oath of Blood no es una clase de historia, pero se le acerca

Con esta base narrativa, Arctic Hazard nos pone en la piel de los hermanos Sigrid y Gunnar, quienes ven cómo uno de los mejores generales de su padre, el jarl, traiciona a su familia por puro deseo de poder. Tras el asesinato de nuestro padre y el destino fatídico de nuestra madre, debemos huir al norte para establecer un asentamiento, expandirnos por el territorio y ganar suficiente fuerza para acabar con Steinarr. Pero, lejos de la sangre y la violencia, es en los momentos de calma, frente a la hoguera del campamento, donde el guion de Kristian brilla de verdad, recordándonos que tras la etiqueta de "vikingo" había seres humanos con un pavor existencial a fallar a sus ancestros.

Hablamos de una historia de venganza, quizá la formulación narrativa más añeja, pero efectiva para erigir una aventura alrededor del amor por la cultura nórdica. El estudio, noruego de fundación, no trata su pasado como una mera ambientación, sino que hace girar todo en torno al realismo. Oír a un personaje hablando de cómo obtuvo una tierra tras una competición de Glima (lucha tradicional nórdica) o ver a unos NPC jugando al Hnefatafl (un juego de mesa similar al ajedrez), dan sazón a un proyecto que no olvida sus raíces. Al final, Giles Kristian es un autor de ficción, no un documentalista, pero evita los arquetipos vacíos: los nórdicos aquí no son violentos porque sí, ni viven en la suciedad constante. La familia, la ética y su cosmovisión están presentes en cada rincón.

Estrategia táctica de primer nivel

Incluso en su componente jugable, el amor por la historia tiene presencia. Si bien no consigue el impacto táctil de Kingdom Come 2 —con esa sensación de peso en las armaduras y viseras que se cierran—, Norse hace un gran trabajo en la cultura bélica. Es un RPG de estrategia táctica donde, al estilo XCOM o Baldur's Gate 3, combatimos en escenarios divididos por cuadrículas y puntos de acción. Atacar o defender gasta puntos, obligándonos a pensar con lógica. Aquí un error de posicionamiento no te quita un poco de vida, te deja a un personaje muerto para toda la partida —aunque es bastante afable, pues hay "intocables", que si mueren se acaba la partida—.

En este RPG es raro ver soldados uniformados sacados de las novelas más épicas del medio. Los bóndi (campesinos libres entrenados) son la fuerza base. El clásico guerrero con dos hachas de las películas, casi como los berserker, es aquí una rareza; lo que encontramos son soldados con poca formación al servicio de una élite, y eso se traslada al gameplay. Cada clase tiene sus nichos: los arqueros buscan precisión, pudiendo colocarlos en estructuras elevadas para ganar porcentaje de acierto y daño crítico; mientras que los portadores de escudos ejecutan ataques para mantener la distancia. Quien porta un hacha grande puede hacer ataques en barrido, y los de armadura ligera sortean obstáculos saltando. No hay "magias" locas, solo habilidades físicas con cooldowns realistas.

Norse: Oath of Blood vive por y para el realismo. Desde su arquitectura hasta la gestión de la tierra, el juego nos obliga a entender que un jarl no solo lidera con el hacha, sino con el granero. El sistema de asentamiento se siente como un organismo vivo que requiere decisiones éticas constantes: ¿sacrificamos parte de las provisiones para equipar mejor a nuestras tropas, o arriesgamos la vida de nuestros hombres en una incursión desesperada? Es en esta microgestión donde el juego abraza su propia identidad de supervivencia. Gestionar el grano y la moral del clan antes de que llegue el invierno no es un pasatiempo, dicta el estado del equipo, humano y material, que podrás desplegar en la siguiente misión.

Todo lo bueno de Kingdom Come... y todo lo malo

Y aquí entramos a su peor faceta. Si bien la secuela de Warhorse de 2025 estuvo pulida de lanzamiento, no lo estuvo su primera entrega. Al primer Kingdom Come le pesaron mucho los bugs, y casi como un devoto, Arctic Hazard cae en los mismos errores. Errores como que, al darle a "continuar partida", se cargue un archivo diferente con el riesgo de perder el progreso, han sido solo el principio de una experiencia dura.

Trabajar con Unreal Engine 5 les ha permitido crear paisajes que te cortan el aliento —la iluminación de los fiordos es, sencillamente, lo mejor que he visto en 2026—, pero a un coste altísimo. Errores que te borran el progreso, personajes que se hunden en el mapa o una IA que, en ocasiones, se queda "congelada" sin saber cómo reaccionar a un obstáculo, empañan una experiencia que debería ser redonda. He tenido que repetir misiones enteras tras horas de juego simplemente porque un enemigo no apareció.

Es doloroso ver cómo un despliegue visual tan rotundo, se ve empañado por un sistema que parece sostenerse con alfileres. Y así es que Norse: Oath of Blood es un juego que quiero recomendar. Su profundidad narrativa, su respeto por la historia y su combate merecen la pena, pero sería contraproducente animaros a jugarlo ahora mismo. Solo el tiempo dirá si los parches logran rescatar esta obra del olvido.

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