Nintendo juega con el elemento del tiempo no como un simple marcador temporal sino como un personaje en sí mismo
En los videojuegos, el tiempo suele ser un recurso funcional, una especie de cronómetro que mide nuestro progreso, una cuenta atrás que añade tensión o una mecánica más que sirve para marcar el ritmo del juego. Pero en el universo Nintendo, el tiempo no es solo una herramienta sino que pasa a ser una emoción, una presencia y, prácticamente, casi un personaje más.
Desde los amaneceres perezosos de Animal Crossing hasta el bucle agobiante de Majora’s Mask, pasando por los ciclos naturales de Pikmin, los relojes comunitarios de Splatoon o los relojes internos de los Pokémon, Nintendo explora el tiempo como pocos lo hacen: no solo para medir el juego, sino para decirnos algo sobre nosotros mismos. Sobre cómo vivimos, sobre cómo esperamos e incluso sobre cómo recordamos.
Tiempo real: Animal Crossing y la lógica de lo cotidiano
En Animal Crossing, el tiempo ni se comprime ni se acelera; es el mismo que en el mundo real. Si en el planeta Tierra es domingo por la mañana, en tu isla también —ni ahí podemos escapar de los domingos, y mucho menos de los lunes—. Si es otoño, verás caer hojas y si decides de jugar durante un mes, tus vecinos se encargarán de recordártelo cuando vuelvas.
Esta sincronía con la vida real convierte a Animal Crossing en algo más que un simulador de vida, lo convierte en un espacio que respeta el tiempo del jugador sin meterle prisa ninguna. No hay urgencia, solo una especie de lentitud que transforma lo cotidiano en la propia experiencia... y lo más importante es que convierte la espera en parte del juego. Plantar algo hoy y volver mañana para ver cómo ha crecido, esperar al evento de Navidad, guardar una carta sin abrir... La gratificación que recibimos no es instantánea y por eso nos hace tanta ilusión. Animal Crossing no simula la vida en sí, sino que simula el tiempo emocional que tiene la vida cuando no la vivimos con prisas.
Tiempo en bucle: el vértigo de la repetición
En el extremo opuesto estaría The Legend of Zelda: Majora’s Mask, podríamos decir que la representación más inquietante del tiempo en todo el catálogo de Nintendo. En este juego nuestro querido Link vive atrapado en un ciclo de tres días antes de que la luna se estrelle contra el mundo. Podemos rebobinar el tiempo, pero cada vez que lo hacemos, el mundo olvida que ya hemos estado ahí. Tú lo recuerdas todo, pero los demás, no.
Este ciclo constante plantea una idea bastante angustiante, la de que el tiempo se repite, pero lo emocional se va acumulando. Salvas a alguien, pero cuando el ciclo reinicia, vuelve a estar en peligro. Te conviertes en un testigo impotente del sufrimiento que ya has vivido una vez, como si fuera una especie de condena.
Nintendo convierte así el tiempo en materia narrativa: no solo lo usamos, sino que lo sentimos. Y se siente como si fuera una pérdida, como resignación. El tiempo en Majora’s Mask no es una línea recta, es una espiral.
Ciclos naturales: Pikmin y la gestión del día
En Pikmin, el tiempo toma otra forma: el de la queridísima —sarcasmo— jornada laboral. Tienes un número limitado de días para reparar tu nave, y cada día tiene un reloj propio. Debes recoger recursos, explorar, cuidar de tus Pikmin y regresar a tiempo antes del anochecer. Si no lo haces... ellos mueren.
Aquí, el tiempo no es una cosa tan sentimental como en Animal Crossing, ni tan simbólica como en Zelda, sino que directamente tiene un componente ecológico. Está conectado con la luz, con los ciclos de la naturaleza y con el ritmo de lo vivo. Nintendo introduce así un tipo de tiempo orgánico que no se mide en segundos, sino en posibilidades: ¿qué puedo lograr hoy? Pikmin nos enseña una lección sutil sobre la gestión del tiempo, y es que no todo es acumulación.
Tiempo colectivo: Splatoon y los calendarios compartidos
Splatoon, con su estética caótica y juvenil, parece un juego orientado al presente con un ritmo casi hiperactivo. Pero, en realidad, su estructura gira alrededor de un calendario cíclico: los Splatfests, eventos temporales que duran unos días, con temáticas que enfrentan a dos o tres equipos y que ocurren simultáneamente en todo el mundo.
Este diseño convierte el tiempo en una experiencia colectiva. Los jugadores esperan juntos, participan juntos, y luego recuerdan juntos. Hay un sentido de comunidad basado en la coincidencia temporal. Es el reloj como ritual y como fiesta. Nintendo consigue, así, que el paso del tiempo no solo afecte al jugador individual, sino a la cultura del juego en sí. Lo efímero se vuelve significativo porque es compartido.
Tiempo íntimo: Pokémon y la progresión sin envejecimiento
En Pokémon, el tiempo fluye de manera ambigua. El personaje no envejece pero los ciclos del mundo cambian. Hay noche y día, estaciones, festividades, de todo. Pero lo más poderoso de este juego es el tiempo implícito: el que llevas con tu equipo. Ese Charmander que atrapaste hace 20 horas de juego sigue contigo, como también lo hace ese Pikachu que capturaste hace 20 años, si has ido migrándolo entre generaciones o si, de pronto, has decidido volver a encender tu Game Boy de nuevo.
Nintendo convierte el vínculo emocional con los Pokémon en una forma de tiempo interior. Ellos no envejecen, pero tú sí. Y cuando vuelves a verlos, algo en tu interior se activa. No es nostalgia, exactamente, sino una especie de reencuentro con tu propio pasado. Como cuando vuelves a un diario viejo o a una foto de la infancia. Los Pokémon son, en ese sentido, archivos vivos de tu tiempo jugado.
Tiempo ritual: Mario Party, Mario Kart y la repetición
Hay juegos de Nintendo que no manejan el tiempo en términos narrativos, sino sociales. Mario Party, Mario Kart, Mario Golf... no es que tengan un desarrollo en el sentido tradicional, ni ciclos que vayan cambiando, pero todos comparten algo: la repetición como forma de disfrute.
No hay una progresión real, ni trama en sí, pero hay un componente muy temporal en su diseño: la lógica del "una partida más". Nintendo logra que lo efímero sea suficiente y no necesitas recompensa más allá de la experiencia en sí misma.
Este enfoque recuerda a los rituales: eventos repetidos que no cambian, pero que adquieren sentido porque los compartimos con alguien. Son juegos que viven en el presente continuo. Como una sobremesa o una reunión familiar cada domingo del mes.
Tiempo como memoria: los remakes y el regreso al pasado
Nintendo no solo juega con el tiempo dentro de sus juegos, claro está, sino que lo usa dentro de su propia planificación. Su estrategia de remakes, reediciones y colecciones (como Link’s Awakening, Pokémon Let's Go, o Super Mario 3D All-Stars) no busca simplemente actualizar los gráficos, sino crear una experiencia de memoria compartida.
El tiempo aquí no avanza si no que se va recapitulando. El jugador adulto vuelve a un mundo que ya conoce y lo redescubre con otros ojos. Y en esa distancia entre lo que fue y lo que es, aparece el verdadero protagonista: el recuerdo. Y este es el punto clave: Nintendo entiende que jugar también es recordar. Y que el tiempo jugado no se olvida sino que se transforma.
Como vemos, Nintendo, más que ningún otro gigante del videojuego, ha sabido tratar el tiempo no como una amenaza o un simple contador, sino como una atmósfera, un ritmo, una emoción en sí misma. En sus juegos, el tiempo no corre: late e incluso respira.
Nintendo convierte el tiempo en un lenguaje para hablar de lo que somos. De cómo vivimos y de cómo nos relacionamos con la espera, la pérdida, el cambio o la mismísima permanencia. En un mundo donde todo está cada vez más acelerado, Nintendo apuesta por la ralentización. Nos recuerda que no todo lo valioso se mide en logros sino que el tiempo también se puede cuidar, compartir y revivir. Y que, a veces, lo mejor que puede hacer un juego no es hacernos correr, sino darnos un lugar donde quedarnos o al que regresar.
En 3DJuegos | Llamadme loco pero creo que Donkey Kong Bananza es la mejor carta de amor que le han hecho a One Piece, y lo puedo demostrar
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