No me ha importado esperar seis años para el regreso del anime de Dorohedoro

Dorohedoro no se mide en años, sino en impacto: el anime que convierte seis años de espera en parte de su propio mito

Chema Mansilla

Editor - Cine y TV

La espera se ha hecho larga, larguísima. Seis años son una eternidad en el calendario del anime contemporáneo, donde las secuelas se anuncian a golpe de trending topic y las franquicias viven en una huida constante hacia adelante. Y, sin embargo, aquí estoy: sin haber perdido ni un átomo de entusiasmo, con las mismas ganas (o incluso más) de regresar al mundo de Dorohedoro que cuando terminó su primera temporada en 2020. No me ha importado esperar seis años para el regreso del anime de Dorohedoro, porque durante todo este tiempo la serie no ha dejado de vivir en mi cabeza como una anomalía irrepetible. Así que tengo motivos para estar contento: la temporada 2 se estrenará el 1 de abril de 2026. Pero… ¿Por qué estoy tan contento en realidad?

Dorohedoro: el extraño milagro

Hay series que se consumen y se olvidan. En el anime pasa mucho. Dorohedoro, en cambio, me ha dejado marcar. No es un anime que simplemente haya visto por su mezcla de fantasía, acción y retro: es un ecosistema que te traga, te mastica y te escupe convertido en alguien capaz de encontrar belleza en lo grotesco, humor en lo macabro y calidez en un mundo que, objetivamente, no debería tenerla. Esa fidelidad casi irracional no se explica solo por la nostalgia o por el hype acumulado. Se explica porque Dorohedoro es una obra que durante estos años nunca ha tenido sustituto. Sí, han llegado otros anime que me gustan mucho, como Dan Da Dan. Pero durante estos seis años hemos visto decenas de animes competentes, bien producidos y perfectamente alineados con las modas del momento. Pero ninguno ha ocupado el hueco que dejó para mí la serie de Q Hayashida, porque ese hueco no estaba pensado para ser ocupado. Bueno, a lo mejor un poco con Chainsaw Man, pero porque son series primas hermanas. 

Dorohedoro es una obra que durante estos años nunca ha tenido sustituto

El universo de Dorohedoro no es simplemente un escenario: es un personaje. Un barrio industrial podrido, cubierto de humo, magia residual y cadáveres, donde los humanos sobreviven como pueden bajo la violencia arbitraria de los hechiceros. Es un espacio postapocalíptico, pero también extrañamente cotidiano, lleno de restaurantes de mala muerte, hospitales improvisados y callejones que huelen a rancio y orines. La obra de Q Hayashida mezcla punk, grunge, gore, humor absurdo y una ternura inesperada que surge cuando menos te lo esperas.

Ese cóctel no debería funcionar, pero funciona porque está construido desde el detalle y la coherencia interna. Cada rincón de este mundo de hechiceros transmite la sensación de un universo que existe más allá de la historia en concreto que nos están contando, y eso hace que la experiencia sea profundamente inmersiva. Cuando algo es tan único, no hay "otra cosa parecida" a la que recurrir mientras esperas.

Dorohedoro narra la historia de Caimán, un hombre con cabeza de reptil y amnesia, que recorre una ciudad decadente junto a su amiga Nikaido para encontrar al hechicero que lo maldijo y recuperar su memoria. En este mundo dividido entre humanos oprimidos y poderosos hechiceros, Caimán utiliza su inmunidad a la magia y su habilidad con los cuchillos para cazar a los responsables, mientras interactúa con un reparto de personajes singulares, desde criminales hasta seres sobrenaturales, en una historia que mezcla violencia extrema y humor exagerado. Caimán, Nikaido, En, Shin o Noi parecen salidos de un experimento fallido entre un mangaka underground, el amor por El Puño de la Estrella del Norte y la psicodelia pura y dura. Y, aun así, resultan increíblemente entrañables. Dorohedoro logra algo que pocas series consiguen: que te encariñes con personajes que, en cualquier otro anime, serían villanos, monstruos o simples caricaturas violentas.

La clave está en su originalidad, su ambigüedad moral y en su humanidad torcida. Caimán es un cazarrecompensas que decapita hechiceros, pero también alguien obsesionado con comer gyozas y ayudar en un hospital. En es un capo criminal temible, pero su pasado y sus motivaciones lo convierten en algo más que un antagonista convencional. Nikaido, mi preferida, es la inseparable compañera de Caiman, uno de esos personajes que dejan huella por su carisma arrollador. Chef del restaurante The Hungry Bug y hábil luchadora sin necesidad de magia, combina fuerza, astucia y un toque de misterio, convirtiéndose en uno de los mejores secundarios que me he encontrado en el anime en los últimos años.

Una adaptación que respeta el espíritu del manga

La primera temporada, producida por MAPPA, fue una pequeña proeza. Dorohedoro era un material endiabladamente difícil de adaptar: su estética sucia, su violencia abrupta y su humor incómodo no encajaban en los estándares más comerciales del anime televisivo. Y, sin embargo, el estudio optó por no limar las aristas. El uso combinado de animación 2D y CGI, tan polémico en otros proyectos, aquí encajó como un guante dentro de ese mundo áspero y surrealista. Que el equipo creativo regrese casi al completo para la temporada 2, con Yuichiro Hayashi a la dirección, es una declaración de intenciones. Prefiero seis años de silencio a una continuación hecha con prisas que traicione el espíritu original. 

Dorohedoro nunca ha sido mainstream, y ahí reside gran parte de su encanto. Es una obra que se transmite como un secreto entre iniciados, una recomendación que suele empezar con un "no es para todo el mundo". No es un fenómeno como Jujutsu Kaisen o Demon Slayer, pero poco a poco está encontrado a sus fans, especialmente gracias al boca oreja de los aficionados. Esa identidad de culto genera una relación distinta con el tiempo: no hay ansiedad por seguir la moda ni presión por estar al día. Hay una comunidad pequeña, pero intensamente comprometida, que sabe esperar porque sabe lo que tiene entre manos. La recepción crítica ha acompañado ese estatus. Desde el manga, que en España reeditará este mismo año Norma Editorial, elogiado por su capacidad para encontrar belleza en lo grotesco, hasta el anime que encontró su espacio en una plataforma tan concurrida como Netflix, Dorohedoro ha sido legitimada como una obra con una personalidad propia. Eso explica por qué, seis años después, la serie tiene en ascuas a sus seguidores, cuando lo normal durante esperas tan largas es que la gente se vaya desenganchando.

Dorohedoro no se mide en años, sino en impacto

Seis años no son solo un retraso: son un recordatorio de que Dorohedoro es una obra que se cocina a fuego lento. La larga espera se explica por varios factores combinados. MAPPA dedicó sus recursos a otras series estrella (Chainsaw Man, Jujutsu Kaisen, Attack on Titan, etc.), de modo que Dorohedoro pagó el pato y quedó en segundo plano. Además, el equipo original prefirió tomarse más tiempo para pulir la animación y mantener la calidad, en lugar de apresurarse. A esto se suma el impacto de la pandemia de 2021, que trastocó los calendarios de producción, y la necesidad de coordinar un estreno global casi simultáneo con Netflix, lo que también obligó a reajustar los plazos. En conjunto, estos factores explican por qué han transcurrido seis años entre la primera y segunda temporada. A mí me da igual.

Esa identidad de culto genera una relación distinta con el tiempo: no hay ansiedad por seguir la moda ni presión por estar al día

El mundo de Dorohedoro es denso, su estética compleja y su producción exige mimo. La espera se convierte casi en un ritual, en una prueba de fe que refuerza el vínculo con la serie. Cuando la segunda temporada llegue este mes de abril de 2026, no se sentirá como un estreno más en el calendario: será un pequeño acontecimiento. Y me emociona especialmente pensar que pueda ser una nueva oportunidad para que más aficionados al anime se acerquen a esta serie y descubran Dorohedoro. La razón por la que no importa haber esperado seis años es sencilla: Dorohedoro no compite con nada. No hay otra serie que ocupe su lugar mientras no está

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