A sus casi 100 años, Alejandro Jodorowsky habla claro sobre Steven Spielberg. "Es el director que más odio". Y yo, le entiendo

Jodorowsky cree que el cine de Spielberg es degenerado e inmoral y sostiene que La lista de Schindler muestran la estética del trauma como mercancía

Chema Mansilla

Editor - Cine y TV

Alejandro Jodorowsky es muchas cosas: guionista, director, tarotista, creativo, psicomago y, en definitiva, lo que él quiera ser. Tengo que reconocer que algunos de sus trabajos me gustan mucho, como El Topo o El Incal. En general, es un personaje que me simpatiza, aunque siempre he tenido la sensación de que está tratando de venderme alguna moto. No pasa nada, porque tengo un bonito recuerdo de haberle saludado hace algún tiempo en una firma de libros; me pareció un anciano muy entrañable y os aseguro que tiene una fuerza en la mirada que… no sé, tiene un algo de paranormal. También es un tipo provocativo que a veces dice cosas tan bestiales como las que recogen mis compañeros de Espinof en relación a Steven Spielberg: "Es el director que más odio. Si pudiera matarlo, lo haría". A Spielberg yo le tengo un altarcito en mi casa, y soy de los que defiende que incluso la peor película de su filmografía está por encima de la media de lo que se hace en Hollywood. Y, a pesar de ello, comprendo lo que quiere decir Jodorowsky.

Hay que reconocer que estamos ante un personaje controvertido. A día de hoy todavía no está del todo claro si realmente violó o no a la protagonista de una de sus películas, un hecho condenable, criminal y bárbaro de ser verdad, que va más allá de su faceta creativa. Jodorowsky ha explicado que sus declaraciones de los años 70 sobre este asunto no estaban basadas en hechos reales, sino que eran un intento de llamar la atención al inicio de su carrera, lo que demuestra su carácter provocador incluso en lo más personal. A mí me parece francamente desagradable, la verdad. Esta ambigüedad añade otra capa a su personalidad: un creador que se mueve entre lo sublime y lo aberrante, entre la ética del arte y el impacto mediático.

Dialéctica de dos mundos cinematográficos en colisión

La historia del cine está marcada por la tensión entre su uso como herramienta espiritual y su viabilidad como producto de consumo masivo. Pocas figuras encarnan los polos opuestos de este espectro con tanta radicalidad como Alejandro Jodorowsky y Steven Spielberg. Mientras el primero concibe la cinematografía como un vehículo para la alquimia del alma y la provocación surrealista, el segundo basa su prolífica carrera en la perfección de la narrativa clásica, la catarsis emocional estructurada y el taquillazo millonario. Esta confrontación trasciende los gustos estéticos y se convierte en un debate sobre la ética de la representación y la mercantilización de los afectos humanos.

Imagen e La Montaña Sagrada

Jodorowsky acusa a Spielberg de deshonestidad, de transformar la violencia y la emoción en una mercancía para vender al público. La frase que más se repite en entrevistas y reportajes es demoledora: "Spielberg es el hijo de cuando Walt Disney se acostó con Minnie Mouse". Con ella, Jodo denuncia lo que percibe como un cine artificial, prefabricado y diseñado para entretener sin despertar conciencia. En contraste, el cine de Jodorowsky es extremo, íntimo y ritual: no busca agradar, sino sacudir y confrontar al espectador, incluso a riesgo de incomodarlo. La trayectoria de Jodorowsky nace de la marginalidad y la subversión del "Movimiento Pánico". El Topo, Santa Sangre o La Montaña Sagrada no fueron creadas para alcanzar el éxito comercial, sino por una urgencia espiritual: despertar la conciencia a través del "shock" estético. Para él, el cineasta es un chamán, y la cinematografía, un arte sagrado que conecta lo visible con lo invisible. 

Para Jodorowsky, el cineasta es un chamán, y la cinematografía, un arte sagrado que conecta lo visible con lo invisible

En las antípodas se encuentra Spielberg, arquitecto del blockbuster moderno. Su cine opera bajo un paradigma de inmersión y manipulación emocional, donde cada escena está calculada para maximizar la respuesta del público. Jodorowsky ataca esta maquinaria afirmando que representa un "cáncer espiritual", que anestesia las emociones y los pensamientos críticos de las masas. Mientras Spielberg educa emocionalmente en masa, Jodorowsky busca provocar la autotransformación individual.

De ahí que Jodorowsky, para quien el arte verdadero exige digerir la crudeza del mundo y devolverla convertida en luz, acuse a Spielberg de convertir el cine en un "restaurante de palomitas", donde la emoción se fabrica, se empaqueta y se vende. Su crítica al sentimentalismo espectacular alcanza su máxima expresión con La lista de Schindler, a la que reprocha la estetización de la tragedia y la manipulación emocional de las víctimas como telón de fondo para el heroísmo del salvador. Y la verdad es que resulta difícil rebatir ese argumento por mucho que La lista de Schindler me parezca un tremendo peliculón. La deshonestidad, según Jodo, reside en transformar el sufrimiento humano en espectáculo reconfortante. Mientras Spielberg consuela, Jodorowsky provoca: mientras uno busca la catarsis, el otro busca la transmutación espiritual. Es en esta diferencia donde se explica el odio extremo de Jodorowsky: no es personal, sino ideológico y filosófico.

Imagen de La lista de Schindler

Psicomagia frente a catarsis estructurada

Si nos fijamos en uno de los temas recurrentes del trabajo de estos dos directores, ambos procesan la ausencia y tiranía paterna, pero con métodos opuestos. Spielberg introduce elementos mágicos y extraterrestres para sublimar el dolor familiar, generando finales felices que restauran la armonía. Jodorowsky, en cambio, utiliza la Psicomagia: actos simbólicos, rituales y extremos para enfrentar el trauma directamente. Sí, Jodo es un tanto magufo, pero no puedo descartar este tipo de ideas cuando todavía no está del todo claro cómo funcionan los procesos de placebo y nocebo, siendo los dos una realidad clínica. De ahí que solo pueda encogerme de hombros ante este enfoque terapéutico de su doctrina mágica, donde la violencia simbólica permite al individuo liberarse del pasado.

Mientras Spielberg educa emocionalmente en masa, Jodorowsky busca provocar la autotransformación individual

Este contraste refleja la diferencia entre una narrativa de escapismo y otra de confrontación existencial. Para Jodorowsky, las resoluciones suavizadas son deshonestas, mientras que el arte debe ser una herramienta para explorar el dolor, la oscuridad y la complejidad del alma humana. En su documental Psicomagia, un arte que sana, Jodorowsky despliega su método sin artificios: sin guion, sin iluminación artificial, con financiación independiente y cámara en movimiento constante. Documenta actos extremos de sanación: enterramientos simbólicos, destrucción ritual de objetos, exposiciones físicas a miedos y traumas. Todo muy pseudocientífico y por momentos incluso irresponsable, creo. Vamos que de frotar una gominola de regaliz por el pecho, como muestra el documental, a dudar de las vacunas o confiar en las homeopatía, creo que hay un paso. Y no es un paso demasiado científico… ¿Pero caso el acto mágico no debe tener algo de milagroso, de inexplicable? Bueno, Jodo y sus movidas, como me suelo decir a mí mismo, pero no puedo negar negar que la magia, como dice el bueno de Alan Moore, tiene una función estética y transformadora, que alterar la psique del espectador a través de experiencias intensas e irrepetibles. Desde luego, que te partan media docena de platos en el pecho con un martillo tiene que ser intenso.

Este enfoque contrasta con la narrativa de Spielberg, que organiza meticulosamente la emoción para generar empatía masiva. Spielber sabe cómo usar los resortes narrativos del cine para gestionar emociones en el espectador como si fueran los engranajes de un reloj. En el fondo, es un manipulador. Pero un manipulador muy bueno. ¿No lo son todos los grandes artistas? ¿No pretende serlo también Jodo, aunque trate de disfrazarlo de "despertar espiritual"?  La diferencia es que Spielberg no solo quiere conmover, quiere rentabilizar esa experiencia de manera masiva. La crítica de Jodorowsky al blockbuster es directa: películas espectaculares, caras y técnicamente impecables, pero vacías de contenido vital y espiritual. Para él, el cine de consumo masivo hace de los espectadores agentes pasivos de sus propias experiencias.

Ideología y control cultural

Jodorowsky no odia a Spielberg como persona, creo; odia la representación cultural que simboliza. O eso quiero pensar. Para él, el cine de Hollywood es un método ideológico que moldea emociones y expectativas, neutralizando la rebeldía intelectual y la confrontación con la oscuridad humana. Spielberg encarna la victoria del pragmatismo corporativo sobre la improvisación chamánica y la libertad creativa, y su éxito masivo refuerza la hegemonía de un modelo estandarizado y globalizado de entretenimiento.

En el fondo Spielberg es un manipulador. Pero un manipulador muy bueno

Este conflicto plantea preguntas sobre la ética de la representación: ¿debe el arte consolar o confrontar? ¿Transformar o manipular? La postura de Jodorowsky es radical: solo un arte que sacuda y rete puede cumplir su función verdadera. Es lo que diferencia el arte de la artesanía, en mi opinión. El enfrentamiento conceptual entre Jodorowsky y Spielberg no es simplemente una diferencia de gustos; es un debate sobre la esencia del cine y de la comunicación. Spielberg ofrece consuelo y catarsis, Jodorowsky confrontación y transmutación. Uno vende espectáculo, el otro ofrece ritual. 

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