
Bond estaba muy bien, pero era mentira: si estás cansado de 007, recupera este clásico sobre un espía de clase obrera que solo quería llegar a fin de mes
Llevamos un par de años leyendo quinielas sobre quién será el próximo James Bond y se me está haciendo bola. Amazon MGM confirmó en mayo que la búsqueda del séptimo 007 está oficialmente abierta, con Denis Villeneuve dirigiendo y Steven Knight escribiendo. Mientras tanto 007 First Light de IO Interactive, que vendió millón y medio de copias en las primeras veinticuatro horas parece ser lo mejor que le ha pasado al personaje desde el estreno de su última película en 2021. Si buscas un sustituto al personaje, y ya estás harto de ver las pelis de JAson Bourne, te propongo rescatar una película de 1965 que existe única y exclusivamente porque alguien pensó que Bond estaba muy bien pero era mentira.
El anti-Bond lo fabricó el mismo equipo que fabricaba a Bond
Harry Saltzman coproducía las películas de James Bond junto a Cubby Broccoli, así que cuando decidió montar la alternativa que le permitiera seguir explotando el género de espías lo hizo sabiendo perfectamente que hacía de 007 un éxito. El resultado fue El Archivo Ipcress (1965) es un clásico thriller de espionaje británico que revolucionó el género al presentar al definitivo "anti-James Bond": Harry Palmer, interpretado magistralmente por Michael Caine.
Furie deja de lado el glamour exótico de 007 para convertir el espionaje en un oficio gris, burocrático y traicionero, siguiendo la investigación del secuestro y lavado de cerebro de varios científicos británicos. Palmer es un espía insolente, de clase obrera y miope (sus famosas gafas de montura gruesa acabarían convertidas en todo un icono) que termina atrapado en una conspiración marcada por la paranoia de la Guerra Fría. Con una atmósfera asfixiante, construida mediante encuadres torcidos propios del mejor cine negro clásico, y una memorable banda sonora de John Barry, El Archivo Ipcress convirtió a Caine en una estrella y confirmó que el público también quería historias de espionaje más crudas, cínicas y psicológicas.
La peli fue un éxito y dio lugar a una secuela que abría las puertas a una saga de películas que adaptaría la serie de novelas de Len Deighton, como ocurría con Bond y las historias de Ian Fleming. Para Funeral en Berlín, la segunda entrega y par amí la mejor peli de Palmer, fue todavía más lejos y contrató a Guy Hamilton, que venía de rodar Goldfinger y que, según cuenta el propio Caine, había servido en la inteligencia británica durante la guerra. La propuesta de las aventuras de Palmer no podía diferenciarse más de las de Bond: mientras 007 se paseaba por el Caribe, a Palmer se le helaba el trasero al otro lado del checkpoint Charlie, contando el dinero asignado para la misión a ver si le llega para un taxi y rellenado todo tipo de documentos burocráticos en lugar de disfrutar de lujosos cochazos con ametralladoras escondidas. En lo que sí coinciden Palmer y Bond es que son unos ligones, y personalmente creo que Palmer lo hace con mucho más carisma y gracia.
Me fascina que el protagonista de las novelas de Len Deighton no tiene nombre, nunca lo tuvo, y para la película hubo que inventarle uno buscando deliberadamente algo que no significase absolutamente nada, un nombre corriente que lo alejara del glamour de Fleming. Y las icónicas gafas, que son a Palmer lo que el smoking a 007, fueron idea de Caine por un motivo también curioso: contaba con que aquello fuese una franquicia, pero tenía pánico a quedar encasillado como le había pasado a su amigo Sean Connery, y pensó que si el rasgo distintivo era un accesorio podría quitárselo y volver a ser otra persona. Muy Clack Kent esa idea. Se puso unas gafas para poder escaparse de su propio personaje. Y funcionó tan bien que sin ellas no hay Harry Palmer que valga. Con todos estos ingredientes, el cine ya tenía su anti-Bond perfecto.
El único gadget de la saga es un molinillo de café
Las dos sagas resultan muy diferentes aun cuando siguen un patrón similar, y me encanta la propuesta de Palmer Me parece mucho mejor que la de 007. Bond abre un maletín y saca un artilugio que resuelve la escena o con el que prepara un soberbio cocktail mientras una lancha prototipo le lleva de visita a la isla caribeña donde se oculta la base de Hank Scorpio. Palmer abre un armario de cocina a las 7 de la mañana antes de ir (tarde) a trabajar, muele granos de café en un molinillo eléctrico de esos que usaba tu abuela, discute con su jefe en un supermercado sobre si los champiñones franceses valen los diez peniques de más, regatea un aumento de sueldo en su próxima nómina y por la noche se prepara una tortilla mientras su último ligue sirve las copas. Esa domesticidad es la tesis del personaje: este va a salvar el mundo, pero su mayor problema es que no tiene dinero para dar la entrada de un coche.
Dado que Paler sabe lo que cuesta la compra, que en la Inglaterra de 1965 era tanto un rasgo de personalidad como de clase, sospecho que ese retrato de working class hero, y tal vez esa cercanía a la realidad, a la jornada laboral de oficina de 8 a 17, fue la que hizo que no fuera tan famoso mundialmente como el exótico 007. No debo ir muy desencaminado: Michael Caine cuenta en sus que hubo un cable furioso desde Hollywood exigiendo que le quitaran las gafas al personaje y que cocinase la chica, porque el personaje resultaba poco viril y no gustaba en Estados Unidos. Se lo pasaron por el forro y por eso tenemos un icono incomprendido que no triunfó.
El director quemó el guion el primer día de rodaje pero ganó 3 BAFTA
Ipcress no fue una rareza de culto que se revalorizó con los años, fue un éxito inmediato y premiado. Se llevó tres BAFTA, incluido el de mejor película británica, más dirección artística y fotografía en color, y compitió por la Palma de Oro en Cannes. Y todo eso con un rodaje que empezó con Furie quemando físicamente el guion delante del equipo para dejar clara su opinión sobre él, y con Caine escuchando de boca de su propio chófer que aquella película era una porquería. Por su lado, Deighton escribió mucho después, en el epílogo de la edición de 2009 de la novela, que los críticos lo estaban usando como una porra para sacudirle a Ian Fleming en la cabeza; y dice la leyenda urbana que el propio Fleming la nombró su libro del año en 1962, aunque yo no he sido capaz de encontrar una sola fuente independiente que lo sostenga, así que tomadla con pinzas. Es que es una idea muy chula como para dejarla pasar…
Lo que sí es seguro es que la película le cambió la vida a Caine de una manera bastante literal. La peli llegó a manos de Lewis Gilbert, y de ahí salió Alfie, la nominación al Oscar y todo lo demás. En apenas dos años pasó de ser el teniente de Zulú a ser el rostro de dos personajes que definieron a los sesenta británicos. Y aun así, el hombre seguía convencido de que no lograría sacudirse de encima a Harry Palmer. La ironía es que acabó encasillado, sí, pero por el otro, por el ligón de Chelsea. Pero eso no quiere decir que se librara de Palmer.
La saga tardó treinta años en morir
A pesar de la calidad de las dos primeras entregas, la tercera supuso un tropiezo con dio al traste con la franquicia. El cerebro de un billón de dólares la dirigió Ken Russell en 1967, y tiene momentos visualmente magníficos, pero se quedó en un millón y medio de dólares en Estados Unidos y Canadá. El personaje había pasado de espía funcionario a detective privado metido en una trama de superordenadores y millonarios tejanos de ideología nazi como viallanos, es decir, se había convertido justo en aquello contra lo que había nacido: una plei de Bond venida a menos. Caine estaba además incómodo con el contrato que le ataba a Saltzman, con ofertas mejores llamando a la puerta. Y ahí murió la saga durante casi treinta años.
El regreso de 1995 y 1996 es de esos episodios que dan una pena tremenda precisamente porque se entiende por qué pasó. Bullet to Beijing y Midnight in Saint Petersburg fueron dos telefilmes para Showtime rodados a la vez entre San Petersburgo y Montreal, con Michael Gambon, Jason Conner y la Lenfilm en la producción, y con un Palmer de sesenta y pico años convertido en jubilado forzoso porque la Guerra Fría se había acabado y a él lo habían despedido. La idea no estaba mal, pero las pelis un poco sí. Deighton no participó en ninguna de las dos y así se lo confirmó él mismo años después, pese a que una de ellas se llegó a promocionar con su nombre delante del título. Del rodaje se han contado cosas tremendas, incluidas amenazas del crimen organizado ruso… El último intento fue la serie de ITV de 2022 que volvía a contar Ipcress, seis episodios con Joe Cole heredando las gafas y el personaje, Lucy Boynton y un Tom Hollander soberbio como Dalby, escrita por John Hodge y con los hijos de Deighton y de Saltzman entre los productores ejecutivos. No estaba nada mal, de verdad, pero en junio de 2023 se confirmó que no habría segunda temporada.
Len Deighton falleció el 15 de marzo de 2026 en Guernsey, a los noventa y siete, tres días antes de que se cumpliera el 61 aniversario del estreno de Ipcress. Y a mí lo que me sigue pareciendo increíble de todo esto es que el hombre que inventó a este carismático espía sin nombre, que no confía en sus jefes, que rellena hojas de gastos, fuese también el tipo que enseñó a cocinar a media Inglaterra con viñetas dibujadas a mano, porque ese era el trabajo de este autor que seguramente mereció en vida más reconocimiento.
Las dos películas buenas, Ipcress y Funeral en Berlín, y la extraña pero interesante El cerebro de un billón de dólares, están ahora mismo disponibles en Filmin, tal vez la única manera civilizada de pasar un domingo de agosto recordando la Guerra Fría. Me gustan las pelis de Bond, claro, ¿a quién no le van a gustar? Pero podéis quedaros con el maletín de Q, con los relojes láser y con la nueva quiniela de actores británicos desconocidos candidatos a heredar la licencia Doble Cero. Yo me quedo con Palmer haciendo café a primera hora de la mañana antes de ir a la oficina.
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