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El director de El Señor de los Anillos no entendió bien qué eran los Uruk-hai, en los libros son más asquerosos

Peter Jackson hizo cambios aquí y allá, todos lo sabemos, pero hizo que el ejército de Saruman fuera una creación, no un proceso de hibridación turbio

Alberto Lloria

Editor

La trilogía de El Señor de los Anillos de Peter Jackson jamás ha perdido interés, y prueba de ello es que, aun con 25 años a sus espaldas, su reestreno el pasado enero permitió a Warner Bros. ganar 11 millones de dólares más. Nunca es tarde para verlas, ya sea por primera vez o por vigésima, y si lo hacéis, cuando lleguéis a la escena de Saruman dando vida a los Uruk-hai, podréis decir que en 3DJuegos ya os contamos cómo Peter Jackson se tomó ciertas licencias creativas para crear a estos seres, alejándose y contradiciendo lo escrito por Tolkien.

Todos los fans de El Señor de los Anillos saben que el director neozelandés no se apegó al cien por cien a los textos del autor británico. Desde darle más importancia a Arwen en la historia —aunque redujera su presencia en Las Dos Torres— hasta eliminar del relato a Tom Bombadil o a Glorfindel. Muchos de estos cambios se hicieron para dotar a la trilogía de una mayor coherencia narrativa o para eliminar elementos que lastraban el ritmo del relato, pero el caso de los Uruk-hai resulta especialmente curioso. En La Comunidad del Anillo, Saruman los crea a partir de la tierra, como si nacieran de la suciedad y de las entrañas del planeta, cuando la versión de Tolkien es, si cabe, aún más macabra.

Los Uruk-hai en las películas son un reflejo de la industrialización

La trilogía de Peter Jackson no se ha ganado su estatus por casualidad. Aunque hablamos de una epopeya dirigida por un cineasta prácticamente novato, cuya película más ambiciosa hasta entonces había sido Criaturas celestiales (1994), el trabajo realizado junto a Fran Walsh y Philippa Boyens es espectacular. Hasta tal punto que incluso la banda sonora está pensada para contar más de la historia que se despliega en pantalla. Y no, no es irse por las ramas: cuando Howard Shore compuso el tema de Isengard utilizando un compás poco habitual (5/4), lo hizo para otorgarle un carácter extraño, industrial y casi sobrenatural. En El Señor de los Anillos, nada está ahí por casualidad.

El motivo de esta composición orquestal era claro: lo que estaba haciendo Saruman —y lo que Shore quería reflejar en la música— se alejaba de lo natural, de lo correcto, y transmitía la sensación de que algo iba mal en ese lugar. Ahí entran los Uruk-hai, aunque para entender su origen hay que retroceder al principio del universo. Al comienzo, Eru Ilúvatar creó a los Valar y a los Maiar, y todos ellos, mediante la música, dieron forma al universo. Sin embargo, Melkor introdujo la discordia, sembrando el mal en la creación. Después llegarían los elfos, y con ellos la envidia que consumió a Melkor, quien, incapaz de crear vida por sí mismo, decidió corromperla.

Melkor, uno de los Valar, capturó a los elfos, los torturó, los deformó y seleccionó generación tras generación hasta dar lugar a su creación más vil: los orcos. No obstante, estos resultaban más débiles que los elfos y tenían una desventaja clave: no podían actuar bajo la luz del sol. Es ahí donde entra Saruman y sus Uruk-hai, una versión "actualizada" de esas criaturas. Saruman es un Maia, un ser al servicio de los Valar, pero comparte con Melkor el deseo de destacar y de ir más allá de los límites impuestos; pero aquí Peter Jackson entendió mal lo que quería decir Tolkien.

Para ambos, Jackson y Tolkien, la figura de Saruman está muy ligada a una su visión crítica de la industrialización en Inglaterra, pero en las películas esto toma un nuevo camino al relegar a los Uruk-hai como creaciones malévolas de la tierra. Hablamos de un doble sentido que hace de menos lo natural en pro de lo industrial, lo artificioso, y eleva a Saruman a alguien capaz de deformar la tierra para sacar beneficio.

Los Uruk-hai de los libros son una creación deshonesta, cruel y retorcida

El problema fue que el director interpretó conceptos como "criar" o "seleccionar" a los Uruk-hai desde una óptica industrial, cuando en los libros ese proceso es mucho más perturbador. Cuando Tolkien mencionó "criar" en los libros se refiere a un cruce entre orcos y hombres en el sentido más literal y biológico de la palabra. Hablamos de un Saruman que trabajó en un proceso de cruce y manipulación genética mágica y antinatural, mezclando humanos varones con orcos mujeres —como bien menciona alex-explains en TikTok—, y orcos varones y mujeres humanas en un proceso corruptor y deformador.

Esta diferencia no es trivial, toca uno de los pilares filosóficos del legendarium: "el mal no puede crear, solo corromper". Para Tolkien, profundamente influido por su fe católica, el mal no puede crear vida auténtica, solo corromperla. Así, Morgoth, Sauron o Saruman no son creadores, sino corruptores. Mostrar a Saruman creando a los Uruk-hai surgiendo del barro sugiere una creación de la nada, algo que Tolkien evitó. De hecho, hay una lectura más profunda y moral. Los orcos hablan, discuten entre ellos, sienten miedo y odian a sus amos. Al convertirlos en criaturas "fabricadas", surgidas de la tierra como monstruos sin pasado, las películas eliminan ese dilema y facilitan su lectura como enemigos absolutamente deshumanizados, algo que choca de frente con lo que son bajo el punto de vista de Tolkien.

Al final, todo responde al lenguaje del cine, como muchos de los demás cambios de la trilogía. El Saruman de Jackson se presenta como un creador sin escrúpulos, capaz de levantar un ejército en cuestión de días, reforzando la crítica a la industrialización y a la maquinaria bélica del siglo XX. El Saruman de los libros, en cambio, encarna un mal más lento, más retorcido y mucho más inquietante. No es solo un cambio de origen: es una reinterpretación de una de las ideas más profundas de Tolkien.

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