Sin pruebas de que haya algo tras la muerte, James Cameron cree que lo sensato es no esperar milagros. Una filosofía que conecta Terminator, Titanic y la misteriosa diosa de Avatar
La cita del titular tiene ya 17 años y más miga de lo que parece. La recoge la periodista Rebecca Keegan en The Futurist, la biografía del director James Cameron que publicó en 2009 coincidiendo con el estreno de Avatar. Cameron explica que, sin dato alguno que respalde que el individuo sobrevive en forma espiritual a su muerte biológica, lo sensato es trabajar con la conclusión provisional de que no hay vida después de la muerte, y corregir esa conclusión si algún día se descubre lo contrario. Es el método científico, al fin y al cabo, y la verdad es que le pega: esa idea, tan seca sobre el papel, lleva más de 40 años colándose en su cine.
En su cine nada baja del cielo a salvarnos, o casi
Repasa su filmografía y verás que la providencia brilla por su ausencia. En Terminator (1984) y Terminator 2: El juicio final (1991), todo depende de una camarera convertida en guerrera y de las dos palabras que Sarah Connor graba a cuchillo en la mesa de una zona de descanso de una carretera pedida,"No fate": no hay más destino que el que nos labramos. En Aliens: El regreso (1986) nos enfrentamos a un terror que es un reflejo de la naturaleza de un cosmos que sigue sus propias reglas naturales, y en Titanic (1997), bueno, shit happens, el barco se hunde por pura soberbia humana. Las máquinas, la naturaleza y la arrogancia tecnológica hacen de antagonistas, de amenazas ante las que no existe un consuelo o una salvación trascendente, algo que Cameron recuerda cada vez que le preguntan por la inteligencia artificial. Para explicar el mal, nunca ha necesitado ningún bien.
Y es que los peligros a los que se enfrentan los protagonistas de sus películas no están condicionados por la existencia de un bien o de una superioridad espiritual. Cuando el tigre caza a su presa no hay moral, hay necesidad e instinto, lo mismo si un alien de LV-426 le come a cara a un marine colonial; cuando el iceberg destroza el casco de metal del barco, no hay nada trascendental en ello, solo causalidad y un torzo de hielo enorme. La excepción, si acaso, es Abyss (1989), y tiene truco. Bud, condenado en lo más hondo de la fosa abisal, acaba debiéndole la vida a unas inteligencias no terrestres del fondo marino, en un final que a más de uno le pareció demasiado cómodo. ¿Pero os habéis fijado en que hasta sus milagros tienen explicación científica? Incluso una entidad superior de buen corazón tiene una naturaleza biológica y no puramente espiritual. Cameron se permite un rescate imposible, pero se lo encarga a una civilización alienígena antes que a un ángel. Es la misma puerta entreabierta de su frase: no hay nada ahí arriba hasta que no se demuestre lo contrario.
Cameron no cree en dioses, pero se inventó una que se puede medir
Y entonces llegó Avatar (2009), con todo Pandora unido por Eywa, la Gran Madre de los na’vi. Grace Augustine, la xenobotánica y jefa del Programa Avatar que interpreta Sigourney Weaver, la presenta como algo real y medible: una red electroquímica entre las raíces de los árboles con más conexiones que un cerebro humano. Es la diosa que diseñaría un ateo, un internet biológico que guarda recuerdos, y aun así al Vaticano le chirrió: en su crítica, L’Osservatore Romano reprochó a la peli quedarse atascada en un espiritualismo ligado al culto a la naturaleza, cuando ya a mediados del siglo XIX el cascarrabias de Arthur Schopenhauer había escrito que el panteísmo es una manera educada de despedir a Dios.
Eywa, la red de vida que conecta a todos los seres de Pandora, resuena con la Pachamama andina, el equilibrio taoísta o la interdependencia budista: la idea de una Tierra viva donde todo está entrelazado. La ciencia ofrece un espejo curioso en los hongos micorrícicos, que se asocian con más del 80 % de las especies de plantas y forman redes subterráneas de intercambio de nutrientes. El Atlas Subterráneo de SPUN, publicado en Nature a partir de 2.800 millones de secuencias de ADN de 130 países, no dibuja una única red planetaria, sino que predice dónde es más diversa esa vida invisible. No es una prueba de Eywa, pero sí una metáfora poderosa: también en la Tierra real casi todo funciona por conexiones que no vemos.
El estudioso Bron Taylor coordinó un libro, Avatar and Nature Spirituality (2013), sobre esa espiritualidad verde. En ella, el pecado no consiste en desobedecer a nadie, sino en tratar un bosque como algo a explotar y de lo que extraer un beneficio en el sentido en el que lo entiende el capitalismo. Pero que más me interesa llega con Avatar: Fuego y ceniza (2025), la última peli que de la saga que ha llegado a los cines, y su clan de la Ceniza. Su líder, Varang, a la que da vida Oona Chaplin, explica que cuando el volcán arrasó su bosque, su gente pidió ayuda, Eywa no acudió en su auxilio. Así que su clan rompe con su diosa y se entrega al fuego, una fuerza destructora, pero también regeneradora. Varang dejó de creer porque su diosa no se manifestó como ella esperaba o necesitaba, y Cameron nunca esperó que lo hiciera.
En 3DJuegos | "Esta película ganará todo el dinero del mundo" (y solo necesitó 38 segundos de prueba para convencerlos a casi todos)
En 3DJuegos | En 1982 James Cameron estaba dispuesto a todo para dirigir Terminator. En realidad, no tenía alternativa
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