"No se descubre a Shakespeare hasta que los has leído en el klingon original", y los seguidores de esta serie se pusieron a trabajar
La obra de William Shakespeare es fundamental en Star Trek por muchos motivos, pero sobre todo por haber inspirado tramas y diálogos marcados por la profundidad de su obra literaria. Una de ellas protagonizó uno de los momentos más recordados de Aquel país desconocido, la sexta y última película de la tripulación original del USS Enterprise, donde el canciller Gorkon le dice al Señor Spock: "No se descubre a Shakespeare hasta que lo has leído en el klingon original". Y dicho y hecho: los fans se tomaron esta opinión al pie de la letra.
Esta frase recitada por David Warner —un actor, por cierto, vinculado a la Royal Shakespeare Company, donde dejó un recuerdo más que excelente— se convirtió en el detonante de una auténtica fiebre por el idioma klingon. Sí, para cuando se estrenó la película en 1991 el diccionario de klingon ya existía: Marc Okrand lo había publicado en 1985 y el idioma contaba con una gramática sólida y un vocabulario en expansión. Pero fue aquella línea de Gorkon, lanzada con ironía diplomática y orgullo cultural, la que encendió la chispa entre unos cuantos cientos, miles, de seguidores de esta gran franquicia de ciencia ficción.
Surgieron cursos, clubes de conversación e incluso un instituto dedicado exclusivamente a estudiar y expandir la lengua del Imperio. También se realizaron traducciones literarias completas, incluida una adaptación de Hamlet de la que se imprimieron 1.000 copias y de la que hoy he querido hablaros porque apareció fugazmente en La vida en las estrellas (1x08), el último episodio de Star Trek: Starfleet Academy, disponible actualmente en SkyShowtime. Tal y como descubrió Jörg Hillebrand, varias páginas de esta edición se colaron en un pad que lee uno de los personajes de la serie en ese capítulo.
Una idea, la de Shakespeare, tomada de los nazis
La idea de que William Shakespeare pudiera ser klingon —no en el sentido más literal de la frase— no fue un chascarrillo tomado al azar, sino una inspiración directa de Nicholas Meyer, su director. Meyer se basó en una afirmación atribuida a Hitler según la cual Shakespeare era "demasiado bueno para ser inglés" y, por tanto, debía de ser alemán. No importa tanto la veracidad histórica de la anécdota como su carga simbólica: un ejemplo claro de cómo el nacionalismo intenta apropiarse de iconos culturales ajenos para reforzar su propia identidad.
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