
Una secta egipcia, un joven Sherlock Holmes y un hito tecnológico son los protagonistas de uno de los grandes clásicos olvidados del cine de los 80
Los años 80 nos dejaron un buen número de pelis que lograron convertirse en clásicos sin necesidad de arrasar en taquilla. El secreto de la pirámide pertenece a esa categoría tan especial. Estrenada en 1985 bajo el título original Young Sherlock Holmes, la cinta dirigida por Barry Levinson y producida por Steven Spielberg imaginó algo que hasta entonces apenas se había explorado: cómo pudieron conocerse Sherlock Holmes y John Watson durante su juventud, mucho antes de convertirse en la pareja de investigadores más famosa de la literatura (y contradiciendo el canon establecido por Sir Arthur Conan Doyle, todo sea dicho). Ahora, quienes todavía no la hayan descubierto, o quieran volver a disfrutarla, tienen una fecha límite muy clara, porque abandonará el catálogo de Netflix el próximo 22 de julio.
La película nos traslada a un internado londinense donde un joven Watson acaba de llegar como nuevo alumno y entabla amistad con un brillante Sherlock Holmes. Lo que comienza como una historia escolar termina convirtiéndose en una aventura de misterio, sociedades secretas, asesinatos y conspiraciones relacionadas con un antiguo culto egipcio. El guion, escrito por el legendario Chris Columbus (décadas ante de meterle mano a las adaptaciones de Harry Potter), no adapta ninguna novela de Arthur Conan Doyle, sino que plantea una historia completamente original que funciona como un relato de origen del detective, explicando incluso algunos de los rasgos que definirían su personalidad adulta.
Una aventura que cambió la historia de los efectos especiales
Más allá de su planteamiento, El secreto de la pirámide ocupa un lugar privilegiado dentro de la cultura popular por otro motivo. La película fue la primera producción de larga duración en incorporar un personaje generado íntegramente por ordenador con un acabado fotorrealista. Una secuencia desarrollada por el entonces grupo de animación por ordenador de Lucasfilm, donde trabajaba John Lasseter antes del nacimiento de Pixar como estudio independiente. Aquel experimento tecnológico acabaría abriendo el camino para buena parte de la revolución digital que transformó el cine durante las décadas siguientes.
Su mezcla de aventuras clásicas, fantasía, misterio victoriano y espectáculo visual también ayudó a convertirla en una referencia para muchos aficionados al cine fantástico de los años ochenta. Y eso que el estreno comercial no fue tan brillante como esperaba Paramount. La película recaudó cerca de 64 millones de dólares en todo el mundo frente a un presupuesto de 18 millones, con un rendimiento mucho más discreto en Estados Unidos que en el mercado internacional. Aun así, recibió una nominación al Óscar a los mejores efectos visuales, un reconocimiento que terminó certificando la importancia técnica de una producción adelantada a su tiempo.
Con el paso de los años la percepción ha cambiado de forma notable. Hoy es una auténtica película de culto para los seguidores de Holmes, del cine de aventuras de los ochenta y de la historia de los efectos visuales. Precisamente por eso, la salida de El secreto de la pirámide de Netflix el próximo 22 de julio es una buena excusa para descubrir una obra que, cuatro décadas después, sigue demostrando por qué ocupa un lugar tan especial dentro de la cultura pop.
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