
El uso de este material tóxico era muy común en gastronomía y cosmética, y también un símbolo de estatus social
Seguro que alguna vez habéis escuchado esa explicación tan manida sobre la caída de Roma: que sus tuberías, copas y vino estaban tan cargados de plomo que la aristocracia se fue envenenando poco a poco, perdiendo fertilidad y lucidez, hasta que el imperio se les cayó literalmente de las manos. Es una de esas teorías que suenan demasiado bien como para no ser ciertas, y por eso lleva décadas copando debates acerca de los motivos por los que uno de los grandes imperios de la antigüedad cayó de forma tan estrepitosa, aunque no fue la única causa.
Un artículo del geoquímico Jerome Nriagu, investigador del National Water Research Institute de Burlington (Canadá), publicado en 1983 en el New England Journal of Medicine fue el primero en postular esa teoría, que junto con un libro que escribió sobre el tema argumentaba que la clase dirigente romana consumía tanto plomo a través del vino la comida, e incluso el "maquillaje" de la época, que sufría una intoxicación crónica con efectos directos sobre su capacidad reproductiva y cognitiva. Pero aunque haya base científica para acusar al plomo de la debacle romana, no se ha sostenido al 100%.
El material que Roma usaba en comidas, bebidas y hasta maquillaje
El plomo no se extraía puro, aparecía como un subproducto de la minería de plata, al fundir galena. El metal resultante, blando y de bajo punto de fusión, se usaba para fabricar tuberías de acueducto, y el propio Vitrubio ya advertía en tiempos de Augusto que el agua transportada por plomo era menos saludable que la de barro. Pero el agua romana arrastraba tanto carbonato cálcico que formaba una costra interior de sarro que aislaba el metal, y al no existir grifos, corría de forma continua, limitando el contacto real.
El sospechoso más plausible por vía alimentaria era otro, el vino edulcorado. Catón, Columela y Plinio el Viejo coincidían en recomendar que el mosto se redujera hirviéndolo en recipientes de plomo, nunca de bronce, porque este último dejaba un regusto metálico. El ácido acético reacciona con el óxido de plomo formando acetato de plomo, el "azúcar de plomo". Tan dulce como el azúcar (que los romanos ni conocían) y extremadamente tóxico. El investigador Josef Eisinger calculó que, siguiendo la proporción de Columela, ese vino podía rondar los 21 miligramos de plomo por litro.
Pero fue la vanidad también la que hizo que este material de la tabla periódica -y que en los primeros tiempos de la prensa escrita masificada con las linotipias alcanzara un punto crítico- fuera el causante de tantas dolencias. Las romanas heredaron de Egipto y Grecia un ideal de piel pálida como símbolo de estatus y feminidad, y con él, un cosmético que ya usaban las heteras griegas y las mujeres egipcias: la cerussa o albayalde, hecha disolviendo virutas de plomo blanco en vinagre. El propio Plinio el Viejo describió el proceso de fabricación y llegó a advertir de sus efectos nocivos, recomendando la malva como remedio (y en los tiempos modernos, se descubrió que la ingesta de leche paliaba el envenenamiento). Los egipcios, además, usaban sulfuro de plomo en el kohl con el que se delineaban los ojos. El plomo no solo entraba por el estómago, también lo hacía por la piel, en una rutina de belleza importada junto con el resto del imaginario cultural egipcio y griego que Roma tanto admiraba.
Una teoría que no muchos comparten
Los romanos diluían casi siempre el vino con agua, en proporciones de hasta dos partes de agua por una de vino, lo que reduciría el consumo real de vino puro a menos de un litro diario. Los estudios óseos posteriores han encontrado que la carga de plomo en restos de Roma no era muy distinta de la de un campamento legionario en Augsburgo, o incluso menor que en Britania, sin que el imperio cayera antes allí. Lionel y Diane Needleman demostraron además que el supuesto declive demográfico aristocrático se explica igual de bien por la simple falta de voluntad de casarse y tener hijos, algo que ya constataba Tácito. El historiador Walter Scheidel, revisando la esperanza de vida de emperadores y aristócratas, descarta directamente cualquier impacto del plomo sobre su fertilidad.
El saturnismo romano fue real y quedó documentado por ellos mismos, tanto por vía alimentaria como cosmética, pero todo apunta a que nunca fue endémico entre toda la élite ni, mucho menos, la causa de la caída de un imperio que sigue siendo, como decía Waldron, un fenómeno demasiado complejo como para resumirlo en un solo culpable. Y hay una ironía final: el vino más caro, el que bebía la propia aristocracia, era precisamente el que menos aditivos llevaba. Quien de verdad se envenenaba de sobra era el que se conformaba con el vino barato y adulterado.
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