El roguelike de ajedrez lleva meses siendo una de las grandes promesas indie de Steam
He perdido la cuenta de los juegos que han pasado por mi pantalla intentando seguir la estela del éxito de Balatro. Jugamos pero no juzgamos, ojo. Es comprensible que el mundo del desarrollo indie se agarre a este tipo de modas para salir adelante. El problema es que, un título tras otro, lejos de acercarse a la joya imprescindible de LocalThunk, lo que hacen es elevarla aún más. Gambonanza es probablemente el ejemplo más claro de esa paradoja.
Que no me malinterprete nadie. Hay buenos mimbres detrás de Gambonanza y puede ser un juego de lo más entretenido, pero comete un error al apuntar tantísimo a parecerse a Balatro. Cambiando aquí las cartas por piezas de ajedrez, los joker por gambitos, y pisando la línea del homenaje en casi todo, desde la banda sonora hasta la pantalla de presentación, la comparativa se vuelve inevitable. Y no sale bien parado de ella.
Gambonanza es dos juegos en uno, pero sólo uno triunfa
Hay dos juegos distintos en el Gambonanza que llega hoy a Steam, y ambos terminan atados de una forma u otra a esa citada paradoja. El primero de ellos me parece, sin un ápice de miedo a pillarme los dedos, soberbio. O al menos todo lo aplaudible que merece un desafío así. Es aquél que, alejado de esa dolorosa pero necesaria comparativa, consigue enfrentarnos al juego de ajedrez más original y entretenido que hemos visto en años.
Sin ser yo un gran fanático del ajedrez, y acercándome a él para jugarlo con los críos muy de tanto en tanto, la premisa de plantarte ante pequeños pasatiempos de resolución de movimientos me parece una jugada fantástica. Eso es, a grandes rasgos, lo que harás durante toda la partida. Partiendo de tres piezas aleatorias que el juego te entrega al empezar cada run, deberás ir superando pequeños tableros en los que enfrentarte a combinaciones de piezas cada vez más complejas.
¿Puedes tumbar la torre y el caballo que tienes delante con tres peones? Bueno, pues depende de tu habilidad para leer la partida, de cómo coloques tus piezas para forzar los primeros movimientos y, sobre todo, de hasta qué punto podrás aprovechar la forma en la que Gambonanza consigue retorcer las reglas del ajedrez para convertirlo en algo que se salga de la norma.
Desde aprovechar los gambitos y las mejoras que puedes ir comprando tras cada victoria, hasta manipular ciertas casillas para que las piezas del rival se queden atrapadas en ellas, o incluso que las piezas que tienes en tu reserva -y que puedes jugar siempre que no superes el máximo de figuras sobre el tablero- se transformen en otras más poderosas de forma aleatoria.
Forzando eventos, como la posibilidad de no mover y esperar para que sea la máquina la que se arriesgue, o lidiando con tableros que se desmontan para que la cosa no se atasque lo suficiente como para quedar en tablas, Gambonanza consigue alcanzar ese giro adicional que eleva algo tan manido como el ajedrez a un nivel superior. ¿Para convertirse en el Balatro del ajedrez? No, para ser un ajedrez con cosas. Justo ahí es donde saltamos a ese segundo juego.
Ajedrez con cosas
Si Balatro se convirtió en el éxito que ha sido, si ha terminado impulsando proyectos como Gambonanza y una fiebre de juegos incrementales y roguelikes que por ahora no parece tener fin, es porque se valió de un componente de sobras conocido por todos, las cartas de póker, para crear algo que iba mucho más allá de ese reconocimiento inicial.
Lo que empiezas jugando como tal, como un juego de póker, termina transformándose en algo completamente distinto cuando entiendes que el juego no está en las cartas, sino en los joker, y que Balatro no va de sumar, sino de multiplicar de forma exponencial mientras unas mejoras van transformando al resto para alcanzar sinergias que ni siquiera te habías planteado. Te enseña, tal y como lo hacía The Witness en su día aunque no tenga nada que ver, un lenguaje que debes ir entendiendo, aplicando, y dominando para traspasar esa frontera.
El mayor problema de Gambonanza al perseguir a Balatro es que, pese a que esa fase inicial de disfrutar del ajedrez de una forma completamente distinta está indudablemente ahí, ese otro nivel nunca llega a aparecer. Si se complica, y lo hace conforme vas destrozando jefes y avanzando hacia tableros cada vez más grandes y complejos, lo consigue en base a las normas del ajedrez. A que más fichas implican más variables, que un mayor tablero redobla esa apuesta, y que cada movimiento debe pensarse mucho más que el anterior.
En esa epiléptica rueda que iba girando más y más hasta alcanzar cotas enfermizas en Balatro, lo que tienes aquí es todo lo contrario. Son movimientos que debes medir cada vez más con precisión quirúrgica, y una dificultad en la que la sensación de poder que traías al principio no sólo no crece, sino que disminuye de forma exponencial. Igual es que a mí me falta calle y ajedrez, pero tampoco traía afición al póker y me enganché a su primo lejano de cartas sin que nadie tuviese que empujarme a ello.
Y no sólo porque ese componente adictivo del juego al que homenajea no esté ahí, sino porque romper a la IA forzando movimientos en los que no le queda otra que quedarse vendida, es bastante más fácil de lo que parece. En cualquier caso, pese a sus logros, al final el problema es que todo se reduce a lo mismo de siempre con este tipo de juegos: a ese "una más y lo dejo", que en Gambonanza no ha asomado la patita.
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