La Battlestar Galactica original costaba 1 millón por episodio, y la demandaron por parecerse a Star Wars, pero sin ella no existiría la que todos recordáis

La Battlestar Galactica original costaba un millón por episodio, la Fox la demandó por parecerse a Star Wars y duró una sola temporada. Sin ella no existiría la que todos recordáis

Nadie esperaba demasiado de Galactica cuando llegó en 1978, pero aquella serie hortera de naves, robots y pelucones escondía una idea que terminaría definiendo su legendaria reinvención

Chema Mansilla

Editor - Cine y TV

Tengo que confesar que llegué a la Galactica original de rebote, como imagino que habréis llegado muchos de vosotros. Conocía la serie y los personajes, pero nunca la había visto. No lo hice hasta después de ver la Battlestar Galactica de Ronald D. Moore, y solo entonces me entró la curiosidad por saber de dónde salía todo aquello. Lo que encontré fue una serie de 1978 que ha envejecido regulinchi, con sus cascos de discoteca de inspiración egipcia, sus capas, sus cazadoras de antes y un perro robot que se mueve como si le pesara la vida. Y aun así, cuanto más escarbaba, más claro veía por qué aquella única temporada había dejado huella en la cultura pop. 

Es posible que más allá de saber que sale Dirk Benedict, el Fénix del Equipo-A, la serie no te suene demasiado. Normal, en España, además, pasó por TVE como Galáctica, estrella de combate a principios de los ochenta con más pena que gloria, y sin demasiado calado cultural. Supongo que con Star Wars y V nos sobraba y bastaba. Pero en Estados Unidos sí fue un fenómeno considerable: hablamos de la serie más cara de su tiempo, de la primera gran respuesta televisiva a Star Wars y de un fracaso que se negó a morir durante casi veinticinco años. 

En su día ya os conté cómo Glen A. Larson mezclaba el espíritu de Star Trek con las teorías de los visitantes alienígenas de la antiguedad, pero la serie tenía un algo especial que la diferenciaba de otras propuestas parecidas de la ciencia ficción del momento y que la mantenía a una prudente distancia de la magufada pura y dura. No voy a defender que sea mejor de lo que es, porque no: ya en su momento era un pelín hortera y no ha mejorado en lo que llevamos de Siglo XXI. Lo que sí creo es que la Galactica que todos recordáis se entiende mucho mejor cuando sabes lo que tuvo que pasar la primera.

La Fox la demandó por 34 parecidos con Star Wars, y con razón

En junio de 1978, tres meses antes del estreno de la serie en ABC, la Fox demandó a Universal alegando que la serie copiaba hasta 34 elementos de Star Wars, desde una heroína prisionera hasta unos robots simpáticos o un ataque de cazas contra la base enemiga. Universal respondió que, puestos a hablar de plagios, los droides de Lucas se parecían sospechosamente a los robots de Naves misteriosas (Silent Running), la peli que el propio estudio había estrenado en 1972. La verdad es que Fox, y en general Lucasfilm, no podían ir por ahí señalando con el dedo a nadie porque Lucas tomó para dar forma a su galaxia lejana lo que le dio la gana de Dune, El Señor de los Anillos, el cómic y el cine de Kurosawa.

Lo curioso es que aquello tenía mucho de pelea de familia. Los efectos especiales de Galactica, revolucionarios en la época para una producción televisa,  los puso en marcha John Dykstra, el mismo que trabajó en Star Wars y que creó la Dykstraflex, una innovadora cámara con control de movimiento digital y que fue clave para los efectos de la primera Star Wars hasta que sus roces con Lucas le hicieron abandonar Lucasfilm.  Dykstra estaba al frente de Apogee, una empresa que montó con otros veteranos de ILM que prefirieron quedarse en Van Nuys antes que mudarse al norte de San Francisco con Lucas cuando Lucasfilm dio el salto de una almacén al Rancho Skywalker. De propina,y por si las dos epopeyas galácticas no se parecía ya lo suficiente, el legendario Ralph McQuarrie, creador de los primeros diseños y papá de la identidad visual de la saga Star Wars, también firmó arte conceptual para Larson.

Creo es que la Galactica que todos recordáis se entiende mucho mejor cuando sabes lo que tuvo que pasar la primera

Lucas llegó a amenazar a Apogee por usar un equipo que consideraba suyo, lo que era cierto: el equipo de Dykstra arramplar con todo lo que pudo al salir de la incipiente ILM, desde herramientas a maquetas, y la cosa se zanjó devolviendo ese material a ILM. El pleito principal fue más lento. En 1980 el juez Irving Hill le dio la razón a Universal sin llegar a juicio, pero en enero de 1983 el Tribunal de Apelación tumbó esa decisión en una sentencia que ordenaba juzgar el caso. Ese juicio nunca llegó, porque las partes cerraron un acuerdo fuera de los tribunales. Visto hoy, Galactica fue el primer hijo bastardo de Star Wars, y el pleito cuenta muy bien cómo entendió Hollywood aquel terremoto cultural: como una mina que había que explotar antes de que se enfriara.


Cómo veis, la aspiración de Galáctica era medirse con Star Wars de tú a tú, aunque desde el circuito televisivo. Esa ambición de parecer cine se nota en todo. El piloto se estrenó en cines de Canadá el 8 de julio de 1978, dos meses antes que en la tele estadounidense, con el nuevo sistema Sensurround de Universal haciendo retumbar las butacas como en Terremoto (Earthquake). La música de Stu Phillips se grabó con la Filarmónica de Los Ángeles, y ese tema principal es de lo poco que no ha envejecido mal de esta serie. Cada episodio costaba alrededor de un millón de dólares, frente a los 450.000 de una hora de ficción normal de la época, según Television Obscuritiess. 

El equipo de Dykstra arramplar con todo lo que pudo al salir de la incipiente ILM, desde herramientas a maquetas

El problema es que una peli cada semana necesita una audiencia de peli cada semana. El estreno del 17 de septiembre de 1978 se cortó a las 22:30 para emitir en directo la firma de los Acuerdos de Camp David, y aun así quedó quinto entre lo más visto de la semana. Después la CBS le plantó enfrente All in the Family, y la serie fue perdiendo gas hasta cerrar la temporada en el puesto 34 de 114. ABC la canceló en abril de 1979, y Larson siempre sostuvo que la cadena la sacrificó para llevar Mork & Mindy, su gran éxito, a una franja más jugosa, una maniobra que además salió rana. 

Yo creo que Galactica simplemente, no era viable. Por un lado, por ese presupuesto, por otro, porque no estab muy claro a qué tipo de público apelaba, porque si intentaba llamar la atención de un espectador adulto o joven, no se termina de entender la presencia de Muffit, el perro robot del pequeño Boxey, que en realidad era una chimpancé llamada Evolution, Evie para el equipo, metida en un disfraz dentro del cual, según los directores, no siempre le apetecía trabajar. Sí, bastante infame, la verdad.

Bajo el disfraz de clon de Star Wars había una space opera teológica

Lo que a mí más me engancha hoy es lo que Larson escondió debajo de los robots y las naves espaciales. Llevaba dándole vueltas a la idea desde 1968 y durante mucho tiempo el proyecto se llamó Adam's Ark, el Arca de Adán, que ya es toda una declaración de intenciones. Larson era mormón y llenó la serie de guiños a su fe. Las doce colonias, trasunto de las tribus perdidas de Israel, venían de Kobol, anagrama casi transparente de Kolob, la estrella que la teología mormona sitúa junto al trono de Dios, y las gobernaba un Quórum de los Doce con nombre de órgano eclesiástico. Los matrimonios se llamaban sellados y valían para toda la eternidad, y en un episodio unos seres de luz sueltan una frase calcada de una máxima de Lorenzo Snow, quinto presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y considerado un profeta y vidente por sus feligreses, como recordaba Jim Bennett en un interesante artículo.

Creo que es una auténtica genialidad cómo ese poso espiritual se supo redirigir en la nueva serie

Aquí es donde la etiqueta de copia barata ya se queda corta. Mientras Lucas bebía de Joseph Campbell y de los seriales, Larson construyó un éxodo con naves espaciales, un pueblo errante que busca una tierra prometida llamada Tierra. Aquella mezcla no siempre funcionaba, y hay episodios en los que el sermón se come la aventura. Pero la semilla estaba ahí, y Ronald D. Moore supo verla al reimaginar la serie en 2003, conservando Kobol, el Quórum de los Doce y esa obsesión por la fe que en su versión se repartió entre humanos politeístas y cylons monoteístas. Lo que en 1978 pasaba por adorno exótico acabó siendo el motor dramático de la serie de 2004 y creo que es una auténtica genialidad cómo ese poso espiritual se supo redirigir en la nueva serie.

Con todo, la cancelación no la mató del todo. Primero llegó Galactica 1980, una continuación en formato película de la que casi mejor no hablar, y después un limbo de dos décadas en el que el más tozudo fue Richard Hatch, el capitán Apolo original. En 1999 rodó junto a Jay Woelfel un tráiler de Battlestar Galactica: The Second Coming y lo presentó en la DragonCon de Atlanta para demostrar que la serie seguía teniendo público. En 2001 Bryan Singer llegó a tener en preproducción otra continuación directa, que se paró tras los atentados del 11 de septiembre. Quien se llevó el gato al agua fue Moore, con una miniserie que no continuaba nada, sino que empezaba de cero y que luego se convirtió en la serie que todos los amantes del género conocemos.

Moore, eso sí, no dejó fuera a Hatch, y le dio el papel de Tom Zarek, un terrorista reconvertido en político. Dirk Benedict, el Starbuck original, se lo tomó bastante peor y en 2004 publicó Starbuck: Lost in Castration, un artículo furibundo contra la nueva Starbuck, aunque Katee Sackhoff se encargó de desmontarlo a base de interpretación y carisma. Hatch faleció en 2017, y me gusta pensar que lo más duradero de aquella Galactica de pelucones y perros robot no fueron sus naves ni su presupuesto, sino la cabezonería de quienes se negaron a dejarla marchar y confiaron en ese universo durante décadas. 

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