La fórmula del éxito de Mortal Kombat II es tan simple que da vergüenza que haya tardado tanto en aplicarse: personajes chungos, peleas chulas
A estas alturas no nos vamos a engañar, ya somos todos amiguetes aquí: Mortal Kombat II es, cinematográficamente hablando, una película muy mala. El guion es una mera excusa para que los personajes digan cosas y vayan de un sitio a otro a pegarse. La narrativa salta de pelea en pelea con la consistencia dramática de alguien que ha lanzado las páginas del guion al aire y ha decidido que el orden según han caído al suelo. Hay personajes secundarios que aparecen y desaparecen con la misma naturalidad con la que seleccionas un luchador en la pantalla de inicio, sin que nadie se moleste demasiado en explicar por qué están ahí ni a dónde van cuando la cámara los abandona. Y para qué, ¿verdad? Si esta semana queréis ver cine de verdad, de ese que te deja pensando en la ducha tres días después y te hace querer llamar a alguien para hablar de él, id a Filmin y buscad Nouvelle Vague. Os va a gustar, de verdad, a mí me ha encantado.
Pero si lo que queréis ver a un tipo atravesar el pecho d otro de un puñetazo envuelto en llamas, pasarlo en grande durante casi dos horas como si tuvierais catorce años y acabarais de descubrir que existe el modo versus, entonces id al cine, a ser posible en IMAX, y dejad en casa cualquier expectativa relacionada con la profundidad dramática o la coherencia narrativa. Porque lo que Simon McQuoid ha entendido por fin, y a Hollywood le ha costado décadas, varios fracasos y mucho dinero tirado comprenderlo, es que Mortal Kombat no necesita ser buena. Necesita ser honesta. A cualquier fan seguramente le parezca algo de cajón, pero a los grandes estudios les ha costado asimilar que no necesitan justificar una peli de Mortal Kombat con una trama complicada o intensa, y luego pedir disculpas.
Esta secuela asume su naturaleza de una manera en la que su predecesora de 2021 se quedó algo corta. Aquella película intentaba tomarse en serio algo que, por su propia naturaleza y por toda su historia, jamás lo necesitó ni lo pidió. fue un buen nintendo, de verdad. Aquí, en cambio, alguien ha tomado por fin las riendas con la actitud correcta, y el resultado es una experiencia que te recuerda por qué esta franquicia lleva más de treinta años siendo un icono cultural. Eso no quiere decir que no se tome en serio el peso de la mitología, y lo que significa para millones de seguidores de todo el mundo, significa que no comente los errores de crímenes contra la dignidad de producciones como la peli de Dead or Alive.
El fanfilm millonario que nunca pudiste hacer
Hay una fantasía que compartimos todos los que crecimos machacando el mando de la Super Nintendo (14.000 pesetas que costaba el cartucho, ojo, el juego más caro de su época con diferencia) o amontonando monedas de veinticinco pesetas en el recreativo del barrio: la de hacer nuestra propia película de Mortal Kombat. Una en la que salieran los personajes de verdad, con sus poderes de verdad, peleando de verdad, sin personajes inventados que nadie pidió y sin guionistas empeñados en explicarnos la mitología del universo como si fuéramos completos extraterrestres recién llegados al planeta. Si conoces la saga seguramente no te importe demasiado, y si no la conoces y te has confundido al comprar las entradas y has terminado viendo la peli sin saber cómo, pues la verdad es que tampoco. cuento de qué pues la verdad es que tampoco.
Mortal Kombat II es exactamente el fanfilm que querías hacer con tus amiguetes del instituto, con el amor al lore que solo tienen los que han vivido la franquicia a golpe de entregas más o menos irregulares, pero ejecutado con un presupuesto de cientos de millones de dólares, actores de primera fila y un equipo de coreógrafos que claramente han pasado más horas jugando a la saga que durmiendo. El resultado es imperfecto, torpe en muchos momentos, y absolutamente irresistible para cualquiera que lleve la marca de Mortal Kombat tatuada en algún rincón de su memoria afectiva.
La clave de todo, el verdadero giro que separa esta película de su predecesora, y de la purrela, es una distinción aparentemente sencilla pero que en la práctica lo cambia todo para este estreno: la película no se toma en serio a sí misma, pero sí se toma muy en serio a los fans. Y esa diferencia es crucial, porque es la diferencia entre una película que te hace sentir que te están mirando por encima del hombro y una que te tiende la mano y te invita a disfrutar del espectáculo sin pedirte que te disculpes por querer ver exactamente lo que has venido a ver: puños atravesando pechos. Los fans más devotos encontrarán una generosa cantidad de guiños, referencias y detalles que solo quienes han pasado horas frente a los juegos podrán apreciar. Son decisiones de producción y de puesta en escena que demuestran que alguien, en algún punto del proceso creativo, amaba de verdad este universo lo suficiente como para protegerlo de quienes no lo entenderían jamás.
Lo que Hollywood tardó demasiado en aprender
La película de 2021 cometió un error que, visto ahora con perspectiva, resulta casi incomprensible: construyó durante dos horas una trama que nadie pidió, nos explicó la mitología del universo que no era necesaria y, sorprendentemente, olvidó meter un torneo en una película que se llamaba, literalmente, Mortal Kombat. Es el tipo de despropósito que solo puede ocurrir cuando los ejecutivos de un estudio no confían en el material que tienen entre las manos, cuando alguien en una sala de reuniones decide que una peli basada en Mortal Kombat necesita defenderse a sí misma, y cuando el miedo a hacer algo raro y excesivo y glorioso termina produciendo algo a lo que le falta pegada. Fue un buen intento, pero perdió de vista lo que quería hacer: adaptar Mortal Kombat. La secuela, en cambio, arranca desde el primer minuto con una claridad de propósito que resulta casi refrescante: hay un torneo, hay personajes icónicos, y alguien tiene que ganar o el mundo se acaba. Y luego, el musicote que tan bien le sienta a Mortal Kombat.
El gran mérito de Mortal Kombat II es haber entendido por fin qué hace grande a la franquicia: primero el espectáculo bien ejecutado, y luego, casi a partes iguales, el amor genuino al lore, a los personajes, a esa mitología absurda y maravillosa de reinos interdimensionales y torneos de lucha que deciden el destino de la humanidad. Pero sin volverse loco. ¿Que organizar la conquista del universo alrededor de un torneo con reglas poco definidas no tiene sentido? Ni falta que hace cuando tienes un tipo que invoca dragones de fuego. No hace gfalta construir una película seria, con pretensiones de profundidad emocional, encima de un universo que siempre fue gloriosamente excesivo y que nunca pidió que lo disculparan por ello. Se que en otras críticas he señalado esto mismo como algo muy negativo, pero lo he hecho porque no había nada más: un discurso hueco o simplemente un mal guion. Aquí lo importante es el espectáculo y eso es por lo que apuesta la peli: su sinceridad y falta de pretensiones es su mayor virtud. La fórmula es tan simple que da vergüenza que haya tardado tanto en aplicarse: personajes chungos, peleas chulas.
Karl Urban y la magia de poner al actor correcto en el personaje correcto
Si hay un motivo para ir al cine a ver esta película, un solo motivo que justifique el precio de la entrada, las palomitas y el IMAX si podéis permitíroslo, ese motivo tiene nombre, apellido y unas Ray-Ban puestas en la cara con la arrogancia exacta que requiere la situación: Karl Urban como Johnny Cage. Urban directamente es Johnny Cage, y debería haberlo sido hace años. ¿Tarde? No, porque la peli juega muy bien esa misma carta de actor veterano del cine de acción que ha pasado de ser una estrella a vivir de firmar autógrafos en la Comic Con. Este Cage es ese tipo egocéntrico y bocazas y absolutamente adorable que en los juegos siempre parecía estar riéndose de sí mismo mientras te partía la cara, que hacía referencias a sus propias películas en mitad de un torneo interdimensional y que, de alguna manera imposible de explicar racionalmente, resultaba completamente carismático a pesar de ser un insoportable de manual. Karl Urban logra dotar al personaje de un tremendo carisma, pero también de un oportunismo dialéctico que es capaz de sacarte más de una risa a lo largo de la película. Le robo esa frase a la web de Chicas Gamers porque me ha encantado.
Lo más importante, sin embargo, no es el humor, aunque el humor funcione estupendamente. Lo más importante es que Urban no solo actúa bien: pelea bien. Sus secuencias de combate son físicas, dinámicas y tienen ese carisma que diferencia a un buen personaje de acción de uno genérico. Hay una pelea suya contra Baraka que es, sin ninguna duda, uno de los mejores momentos de toda la película: violenta, ridícula, completamente autoconsciente de lo que está siendo, y ejecutada con una precisión coreográfica que te hace olvidar durante unos minutos que estás viendo algo objetivamente absurdo.
Tengo que destacar también Jade, a quien da vida mi querida Tati Gabrielle (la que será prota del esperado Intergalactic: The Heretic Prophet de Naughty Dog) con una presencia física que funcionan de maravilla en cada uno de los segundos que ocupa la pantalla. Jade es uno de esos personajes que en los juegos nunca me ha llamado la atención, y aquí conquista un espacio que merece, aunque ese espacio podría haber sido todavía más generoso sin que nadie se quejara. Bueno, tal vez en la próxima peli. Como os decía, tampoco es que Mortal Kombat II deje demasiado espacio para que los actores se luzcan profesional o artísticamente, pero cuando la película confía en ellos, se justifica con creces los momentos más flojos de una narrativa que no siempre sabe bien a dónde va.
Pero si hay una razón fundamental para que esta película exista, una razón que va más allá del casting brillante y del humor autoconsciente y del amor sincero al lore, esa razón es para que alguien, en alguna sala oscura del mundo, vea por fin a Liu Kang pelear como Liu Kang merece pelear en la pantalla grande. Reconozco que he aplaudido durante una de sus peleas de la peli. Ludi Lin lleva dos películas cargando con el peso de ser el corazón marcial de la franquicia en su versión cinematográfica, y en esta segunda entrega por fin tiene el escenario, la coreografía y la fotografía que su talento y su personaje se merecen. Tampoco es que haga gran cosa a nivel de trama, eso también os lo digo, pero las peleas de Liu Kang en esta película son exactamente lo que los fans llevan décadas imaginando en sus cabezas cuando piensan en cómo debería verse Mortal Kombat en imagen real: rápidas, brutales, llenas de energía y ejecutadas con una fluidez que en algunos momentos resulta genuinamente impresionante. Y dragones de fuego. La pelea entre Kung Lao y Liu Kang es para enmarcar en tu corazoncito gamer.
Las secuencias de combate son lo único que necesita Mortal Kombat II. Simon McQuoid encuentra aquí un tono más decidido: la cámara se recrea en los impactos, los escenarios remiten de forma directa a niveles icónicos y los efectos visuales asumen la responsabilidad de llevar a la gran pantalla lo que más te gusta de los juegos. Es cine de acción que no tiene miedo de parecer digital, que no se disculpa por los cromas, y que trata su esencia de fanservice no como una limitación sino como una virtud; todo lo que podrías desear de Mortal Kombat en la gran pantalla. Los fatalities están, los poderes elementales están, el sombrero de Kung Lao gira como una sierra circular y alguien muerde el polvo entre los poco higiénicos pinchos del suelo del Pozo.
He salido del cine con una sonrisa enorme y sin haber aprendido absolutamente nada. Y en el contexto de Mortal Kombat II, eso es el mayor elogio que puedo hacerle. ¿Nota? -ocho sobre diez. Cinematográficamente un 5. Como experiencia Mortal Kombat, un 9. Hacemos la media y todos contentos. El punto extra se lo regalo por John Fuc¡ng Cage. Mortal Kombat II se estrena el 8 de mayo en cines.
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