
En España tardamos en morder el anzuelo y, cuando lo hicimos, Franco llevaba un mes muerto: la curiosa historia de cómo el blockbuster llegó a nuestras salas
Yo no había nacido en 1975. Así que el fenómeno que supuso el inicio de la historia moderna del cine. Descubrí Tiburón como descubrí La guerra de las galaxias y casi todo lo demás, no según iba saliendo, sino en una avalancha de peliculones en cintas Betamax. Eso significa que mi relación con el blockbuster es la de alguien que heredó una revolución cinematográfica y llegó en un momento en el que la industria ya se había reconvertido por completo en torno a un solo concepto: el blockbuster. Condicionó para siempre mi manera de querer al cine, y la culpa, claro, fue de Steven Spielberg.
Te cuento esto porque, si tienes menos de 50 años, lo más probable es que tu historia se parezca bastante a la mía. Todos arrastramos esta fecha fundacional del modelo actual de cine: 1975. Cada vez que oyes que aquel fue el año en que nació el blockbuster, detrás hay una película muy concreta, un director de 27 años y un tiburón mecánico que se negaba a funcionar.
Índice de Contenidos (7)
- Todo empezó con un tiburón que no quería colaborar
- Antes de Tiburón se hacían películas; después se fabricaban blockbusters
- La verdadera revolución no fue el tiburón, fue el anuncio de la tele
- El verano dejó de ser el vertedero de Hollywood
- En España tardamos en morder el anzuelo
- Medio siglo después, ¿hemos encontrado el interruptor?
- Hazte hueco en el sofá: Llega el club que tu lado más fan necesitaba
Todo empezó con un tiburón que no quería colaborar
Antes de aquel verano, el éxito de taquilla existía, pero la maquinaria industrial que hoy lo fabrica no. Los estudios estrenaban sus películas importantes en un puñado de ciudades y las dejaban crecer despacio, ciudad a ciudad, a medida que el boca a boca hacía su trabajo. El Padrino había coqueteado en 1972 con algo más ambicioso, pero seguía siendo la excepción y no la norma. El verano, además, era el cementerio donde los estudios enterraban sus títulos menores para un público adolescente que no tenía nada mejor que hacer. Y el miedo mismo tampoco lo inventó Spielberg: la novela de Peter Benchley bebía de un pánico real que había sacudido las playas de Nueva Jersey seis décadas antes, y por debajo latía una peli de monstruos que rozaba peligrosamente el cine de Serie-B.
Lo que ocurrió con Tiburón fue casi accidental. "Bruce", el escualo mecánico, se averiaba cada dos por tres, y Spielberg, acorralado por un rodaje imposible, decidió sugerir al monstruo en lugar de enseñarlo, y de esa limitación nació una de las fórmulas más eficaces de la historia del terror, de la que poco después beberías sin ir más lejos el Alien de Ridley Scott. La película se estrenó el 20 de junio de 1975 en más de 400 salas a la vez, respaldada por una campaña de anuncios en televisión sin precedentes, superó los cien millones de dólares en 60 días y se convirtió en la más taquillera jamás vista hasta que Star Wars la destronó dos años más tarde. Se llevó tres Oscar y le regaló al mundo un leitmotiv de apenas dos notas, obra de John Williams, que todavía hoy te hace mirar dos veces antes de meter un pie en el agua. No hay vez que me meta en el agua que no la tararee. Ese día cambió la historia del cine, y no es una exageración.
Antes de Tiburón se hacían películas; después se fabricaban blockbusters
De aquel éxito, los estudios no extrajeron la lección que uno esperaría. No aprendieron a hacer obras maestras, a confiar en creadores jóvenes con buenas ideas y maneras de trabajar un poco diferentes; aprendieron que aquellos éxitos se podían fabricar en serie. A partir de ahí, todo ejecutivo quiso su propio Tiburón, y cuando Star Wars repitió la jugada en 1977 la fórmula quedó consagrada y sin marcha atrás. El Nuevo Hollywood de los autores, aquel cine personal y arriesgado de comienzos de los 70, empezó a agonizar a medida que los costes de marketing y distribución se disparaban y las productoras recuperaban el control absoluto del sistema. El crítico Peter Biskind lo dejó escrito en Moteros Tranquilos, Toros Salvajes: Spielberg fue el caballo de Troya con el que los estudios volvieron a adueñarse de sus propias películas. La lección que Hollywood interiorizó no era creativa sino contable, y se resumía en preferir siempre la apuesta segura a la buena idea.
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De esa lógica viene el funcionamiento actual de Hollywood: las franquicias, las secuelas, las propiedades intelectuales exprimidas hasta el hueso, el mercha y la economía del Funko Pop. Ni siquiera el propio Spielberg escapó del engranaje, porque concibió Parque Jurásico como una secuela encubierta de Tiburón. La máquina de imprimir billetes que se puso en marcha en 1975 no se ha apagado hasta ahora, y es que cuando nuestro modelo económico da beneficios de manera constante, deja de experimentar y empieza a repetirse, sencillamente porque repetir sale más barato y es menos arriesgado que imaginar.
La verdadera revolución no fue el tiburón, fue el anuncio de la tele
La gran innovación de Tiburón no estuvo en la pantalla, sino en cómo se promocionó. Hasta entonces lo habitual era el estreno en cines: la película abría en unas pocas salas selectas y se iba expandiendo poco a poco si el público respondía. Lo que hizo Universal fue justo lo contrario, estrenar por saturación, abrir en cientos de cines el mismo día y concentrar toda la demanda posible en el arranque a base de machacar con anuncios en la televisión estadounidense. Nació así una manera de vender cine que hoy nos parece la única posible, la de la presencia continúa en el plano social, pero que en 1975 era una apuesta temeraria. Y con ella nació una métrica que antes no existía y que desde entonces lo gobierna todo, la recaudación del fin de semana de estreno.
El origen del término blockbuster es curioso. En un primer momento era el nombre de las bombas que durante la Segunda Guerra Mundial eran capaces de destruir un bloque entero de edificios en una sola detonación. Al parecer la idea se retomó de la mano de Tiburón dentro de la industria del cine cuando las productoras empezaron a llamar así a las películas que en la fecha del estreno arrasaban con el resto de películas que se estrenaban junto a ellas. Afortunadamente hay otro significado mucho más amable a consecuencia, precisamente, a ese efecto llamada del primer fin de semana del estreno: entre la promoción y el boca a boca la gente hacía cola en los cine para ver los estrenos más populares lo antes posible y esas filas daban en muchas ocasiones la vuelta a la manzana, y de ahí, blockbuster. O al menos eso dice la leyenda. Hollywood tiene muchas leyendas, pero yo prefiero esta última porque supone no tener que hacer saltar nada por los aires.
Esa lógica es la que rige la industria que conoces. El primer fin de semana se ha convertido en el veredicto, el juicio sumarísimo del que depende la vida o la muerte de una película que ha tardado años en fabricarse. ¿Te has fijado en que hoy una película se declara éxito o fracaso antes incluso de que a ti te haya dado tiempo a recomendársela a alguien? Mirad lo que le ha pasado este mismo verano a Masters del Universo y Supergirl. Ese reflejo, esa prisa por dictar sentencia en tres días, es herencia directa de aquel verano. Vivimos instalados en la tiranía del primer viernes, y la culpa es del éxito de Tiburón en 1975.
El verano dejó de ser el vertedero de Hollywood
Hubo un tiempo en que el verano era la peor época para estrenar, justo lo contrario de lo que das por sentado hoy. Los estudios reservaban los meses de calor para descargar sus películas más flojas, las que no confiaban en defender en temporada alta, convencidos de que solo los adolescentes sin planes pisaban las salas en julio y agosto. Tiburón dinamitó esa idea y Star Wars la enterró definitivamente dos años después. De pronto el verano dejó de ser el desagüe del calendario para convertirse en el terreno más codiciado, el campo de batalla donde las grandes productoras se juegan el año entero.
Cuando hoy piensas en "película de verano" no piensas en una cinta menor de relleno, piensas en espectáculo, en palomitas, en escala, en acontecimiento, y ese acto reflejo se condicionó, de nuevo, en 1975. Es una idea que se ha instalado con tanta naturalidad en los canales de distribución de películas que ni siquiera percibimos el motivo original. curiosamente, la idea de que el verano es un vertedero de estrenos también ha logrado sobrevivir, y es que muchas distribuidoras se quitan lastre de la cartera de lanzamientos a la sombra de los pelotazos más esperados, de ahí que muchas pelis pequeñas encuentren una espacio mínimo en la cartelera para colarse en los cines en busca de quienes huyen del calor, de los estrenos que ya han visto o de una manera de ocupar el verano. No es ninguna tontería que una sola película lograra reorganizar el calendario de toda una industria durante 50 años.
En España tardamos en morder el anzuelo
En España la historia tiene su propia vuelta de tuerca. Tiburón no se estrenó aquí en aquel verano, sino el 19 de diciembre de 1975. Cayó apenas un mes después de la muerte de Franco, es decir, justo en la incierta bisagra histórica en que el país empezaba a dejar de ser una larga dictadura de 40 años. Según las cifras del ICAA, la vieron casi seis millones de espectadores, una barbaridad para la época, lo que significa que el blockbuster aterrizó en nuestras salas en el mismo instante en que España se abría la Transición.
La verdadera historia española del fenómeno no está en las salas de cine de 1975, se encuentra en el vídeo. La generación que de verdad absorbió el canon del blockbuster, la mía, no lo hizo en el cine cuando tocaba, sino casi una década más tarde, al calor del boom de los videoclubs de los ochenta. este circuito de distribución doméstico permitió redescubrir un gran número de películas que llegaron a España con retraso o con una promoción deficiente y que dio visibilidad a directores como John Carpenter, demostrando que este tipo de películas tenían un público más allá de fenómenos tan grandes como los de Star Wars, Cazafantasmas o Regreso al Futuro, ya entrados en los marchosos años 80.
Medio siglo después, ¿hemos encontrado el interruptor?
Y aquí seguimos, cincuenta años después, con el mismo motor en marcha. En 2025 Tiburón volvió a los cines por su cincuenta aniversario, remasterizada en 4K. Mientras tanto, el modelo que aquella película inventó se ha desbocado hasta extremos que ni Spielberg habría imaginado: la fatiga de superhéroes es ya innegable, con 2025 firmando uno de los peores años del género en taquilla, presupuestos que rozan o superan de forma rutinaria los doscientos millones de dólares y estrenos que recaudan cifras enormes y aún así apenas llegan a cubrir gastos. Los análisis de taquilla dejan claro que el sector todavía factura muy por debajo de los niveles previos a la pandemia, sostenido más por las secuelas de animación y los sustos virales que por las grandes franquicias de toda la vida. Y con todo, mirad este verano qué locura con Nolan y su Odisea.
La paradoja es difícil de ignorar. La supervivencia misma de las salas depende hoy de esa lógica de acontecimiento que nació en 1975, mientras el cine de presupuesto y riesgo medio, el que rellenaba la cartelera entre blockbuster y blockbuster, se ha ido quedando sin sitio. Ya tampoco todos los blockbusters logran agora convertirse en un éxito, como visto, dando el relevo a películas de factura mucho más modesta en la que la apuesta está en la propuesta formal y las ideas y no tanto en replicar la fórmula del éxito, como Obsession o Backrooms. ¿Ha encontrado el público el interruptor a esta maquinaria de estrenos superlativos? Lo llamativo es que la industria se apoya cada vez más en reestrenar su propio pasado, con reestrenos, reboots y remakes, para apuntalar un presente que no termina de volver a ser tan rentable como antes. Cada pocos años alguien en Hollywood incluso fantasea con un remake de tiburón que al propio Spielberg le horroriza]. Lo que un día significó riesgo y espectáculo significa ahora, la apuesta por repetir un éxito: es complicado detener medio siglo de inercia en un motor económico tan importante.
Yo le debo mi manera entera de querer al cine a un tiburón de goma, a la necesidad de encontrar un barco más grande y a una inusitada maniobra publicitaria veraniega. Fue este primer gran éxito de Spielber, y todos los que le siguieron, los que decidieron la clase de espectador en que me convertiría. Y conmigo a varias generaciones ya de amantes del cine. Eso es demasiado poder para un bicho que se estropeaba con el agua salada en una película que se rodaba en el mar. Y hoy, ¿nacerá una nueva forma de amar el cine este verano, o el que viene, como ocurrió en 1975?
Hazte hueco en el sofá: Llega el club que tu lado más fan necesitaba
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