Es de samuráis, y es la nueva mejor peli de la historia. No me sorprende, porque su duelo final ha sido imitado hasta la saciedad

Aunque no goce de la fama de otros clásicos, Harakiri se alza como obra maestra por su clímax inolvidable y su forma única de cuestionar la autoridad y el código samurái

Chema Mansilla

Editor - Cine y TV

Como Álvaro Castellano y yo sumamos entre los dos más años que la cima de las montañas, normalmente hablamos de cine viejuno. El otro día me avisó de que en Letterboxd, uno de los grandes referentes cinematográficos de Internet, se había coronado a Harakiri como la mejor película de la historia, la más valorada por los usuarios de la plataforma en el momento de redacción de este artículo. Eso es decir mucho, porque compiten todas las películas habidas y por haber, y el perfil de los usuarios no suele dejarse llevar por modas y tendencias mediáticas de último momento. Y la verdad es que me sorprende, no porque esta película de 1962 no sea una obra maestra, que lo es, sino porque tal vez no sea tan conocida para el gran público como las grandes joyas del cine de samuráis de Kurosawa.

Harakiri (Seppuku, 1962), dirigida por Masaki Kobayashi, es más que un jidaigeki ambientado en los primeros años del período Edo. La película sigue a Hanshirō Tsugumo, un rōnin que solicita permiso para cometer seppuku en la residencia del clan Iyi, y aprovecha la ocasión para relatar los eventos que lo han llevado a buscar la muerte ante una audiencia de samuráis. Lo que inicialmente parece una historia de honor y deber se transforma en una crítica feroz del bushidō, de la rigidez jerárquica y de la crueldad del sistema feudal japonés. La película no solo denuncia la hipocresía del código de honor, sino que reconfigura la forma en que se entiende la narrativa samurái, convirtiéndose en un hito de formalismo cinematográfico y de crítica social.

Contexto histórico y significado del duelo final

Vamos con una de spoilers: El duelo final de Harakiri no es simplemente una coreografía de espadas: es el corazón moral y dramático de la película. Kobayashi utiliza este clímax para mostrar a Hanshirō enfrentándose a los vasallos del clan Iyi, desmantelando tanto sus cuerpos como los símbolos de su poder, incluida la armadura ancestral que representa el bushidō vacío y la autoridad feudal, como explica atinadamente Carlos J. Eguren. Esta última resistencia condensa el mensaje central de Kobayashi: la valentía del individuo frente a la injusticia estructural.

La hipocresía del código de honor, sino que reconfigura la forma en que se entiende la narrativa samurái

Situada en 1630, pocos años después de la estabilización del shogunato Tokugawa, Harakiri utiliza el jidaigeki como espejo de las estructuras autoritarias. Kobayashi, pacifista y veterano del ejército japonés, sabía de primera mano lo destructivo que puede ser un sistema que exige obediencia absoluta, y trasladó esa experiencia al cine. Un interesante artículo de Joan Mellen para Criterion Collection explica que el duelo final es la encarnación de esta filosofía: no se trata de demostrar destreza con la espada, sino de cuestionar el honor como fachada del poder.

Los momentos más espectaculares de la película dejaron huella en la historia del cine, desde el duelo de Darth Vader y Ben Kenobi en la estrella de la Muerte en Star Wars de la mano de George Lucas a incontables películas de artes marciales y animes. Para entender por qué tantos cineastas han replicado el duelo de Harakiri, conviene descomponer la secuencia. Primero, el espacio: la mansión del clan Iyi es la localización principal de la película, y actúa como un espacio cerrado donde tiene lugar el juicio a un protagonista rodeado de enemigos y que simboliza la opresión del sistema. Segundo, la lucha final en un entorno natural donde el protagonista encara a un rival individual. Este combate encarna la resistencia del individuo frente a la institución, más que una rivalidad personal.

No se trata de demostrar destreza con la espada, sino de cuestionar el honor como fachada del poder

Además, Kobayashi subraya la degradación del honor en tiempo real. Cuanto más los samuráis del clan apelan a las normas, más evidencian su cobardía y deshonestidad. Finalmente, la destrucción de la armadura del clan no es solo un golpe visual: es un acto de desacralización del bushidō como ideología vacía. La precisión de los encuadres, la severidad de la violencia y la claridad espacial convierten el tramo final de la película en una lección de maestría cinematográfica, elementos que cualquier cineasta puede homenajear o reinterpretar.

Imagen del remake de Harakiri de Takeshi Miike

El remake de Takashi Miike: una relectura explícita

Medio siglo después, Takashi Miike tomó nota de la importancia de Harakiri y decidió rehacerlo. Su Hara-Kiri: Death of a Samurai es un remake que mantiene la estructura central: un rōnin solicita seppuku en la residencia de un señor feudal, y su historia destapa la crueldad de la clase samurái. A pesar de los cambios formales, el clímax se mantiene fiel al original: el hombre enfrentándose a los numerosos vasallos, la exposición de la inhumanidad institucional y la crítica al concepto de "muerte honorable".

Este remake funciona como reconocimiento del peso del film de 1962, confirmando que el duelo final sigue siendo una referencia canónica. La reescritura de Miike no solo homenajea la coreografía, sino también la importancia simbólica del espacio, la tensión moral y la demolición simbólica del bushidō. Con todo, yo me quedo con la original.

Harakiri y el cine anti-samurái posterior

Kobayashi no fue un director aislado: su obra se inscribe en un linaje "anti-feudal" que critica la opresión del individuo. Otros trabajos de Masaki Kobayashi como La condición humana y Samurai Rebellion refuerzan esta visión, y Harakiri cristaliza el concepto en un solo clímax ritualizado. El jidaigeki de los años 60, lejos de ser un género de espadas meramente heroico, se convierte en un instrumento de crítica política, explorando cómo los códigos sociales y la obediencia estructural afectan a las personas, como bien señala Mellen.

Este enfoque abrió camino a múltiples películas y series que reproducen la lógica de "uno contra el clan": enfrentamiento del individuo con la institución, uso del espacio como metáfora de control, y destrucción simbólica de los signos de autoridad. No todas imitan plano a plano el duelo de Hanshirō, pero la influencia es indudable.

Ecos en la cultura pop y el anime

Más allá del cine de autor, Harakiri ha dejado su impronta en la cultura pop y el anime. La figura del rōnin marginado, enfrentado a un sistema corrupto y obligado a cuestionar códigos de honor rígidos, resuena en múltiples obras de acción, anime y manga seinen. La película demuestra que la muerte honorable puede ser manipulada y que el verdadero honor reside en la humanidad y la ética personal, una idea que permea en muchos relatos modernos del Japón histórico, como la extraordinaria y siempre recomendable El Lobo solitario y su Cachorro de Koike Kazuo y Kojima Goseki.

El uso del espacio cerrado como metáfora del poder, la mansión como cárcel simbólica, también se refleja en escenarios de anime y videojuegos, desde bases militares hasta academias jerárquicas o el mismísimo espacio imposible El Castillo Infinito de Demon Slayer: Kimetsu No Yaiba, donde la arquitectura refuerza la presión sobre el individuo. Aunque no existe un registro oficial de homenajes directos, los tropos de Harakiri,rōnin contra sistema, ritual de muerte vacío de sentido y espacio como jaula, y las mismísima coreografía del duelo, son fácilmente detectables en el imaginario audiovisual contemporáneo, ¿verdad Tarantino?

La maestría de Kobayashi: un director que transforma el bushidō

Masaki Kobayashi convirtió la violencia ritualizada del bushidō en crítica social. Su dirección enfatiza la tensión moral, los silencios densos y la gravedad de cada acto. El mismo final de la película, que resume las consecuencias morales de la historia tiene un impacto enorme a pesar de tener un ritmo muy pausado y mostrar escenas cotidianas, completamente alejado de los emocionantes duelos que hemos visto poco antes. La película mezcla lirismo visual con denuncia directa, acción y reflexión, violencia y contención, logrando un magnífico equilibrio entre belleza formal e impacto emocional.

Harakiri no solo añade duelos memorables al del cine samurái: cambia la gramática del "honor"

Hanshirō Tsugumo encarna el honor auténtico, basado en la decencia humana y la protección de los vulnerables, frente al honor impostado de los samuráis oficiales. Kobayashi nos recuerda que la verdadera valentía radica en desafiar la injusticia y mantener la ética personal, aunque ello implique arriesgar la vida.

Harakiri no solo añade duelos memorables al canon del cine samurái: cambia la gramática del "honor". Ya no es la prueba del heroísmo del protagonista, no es el juicio a un ronin, si no un juicio contra el sistema que oprime y manipula. El clímax contra la institución, la destrucción simbólica de la armadura y la resistencia de un veterano samurai despojado de su honor siguen siendo un modelo de narrativa, dramaturgia espacial y crítica social que otros cineastas replican y reinterpretan hasta hoy.

No sorprende que Harakiri haya alcanzado la corona en Letterboxd, ni que su duelo final sea imitado y estudiado como referente absoluto de cómo el cine puede combinar maestría visual, tensión narrativa y crítica social. Es, en todos los sentidos, un film que sigue vivo, que sigue enseñando y que sigue influenciando a creadores de todo el mundo. Y para los que aún no lo han visto, un consejo: Harakiri está disponible en Filmin. No es solo una obra maestra del cine japonés; es un recordatorio de que la valentía verdadera consiste en enfrentarse al poder, a la hipocresía y a la injusticia, con o sin katana.

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