Hace 37 años, solo la mitad de los chinos de ciudad tenía casa propia. Ese problema se convirtió en lección para el resto del mundo.

Hace 37 Anos Solo La Mitad De Los Chinos Urbanos Tenia Casa Propia Hoy Casi Todos Pueden Decir Que Tienen Una Vivienda

Que China se tome en serio lo de que la vivienda no es para especular ha permitido que la mayoría de sus ciudadanos sean propietarios

Alberto Moral

Editor - Guías

Si en España el año 2008 se quedó grabado a fuego como el inicio de la pesadilla inmobiliaria, en China ese papel lo está jugando esta década. Pero con una diferencia que descoloca a cualquiera que mire los datos desde fuera: mientras el precio de la vivienda lleva 37 meses seguidos cayendo, en torno al 90% de los hogares chinos son propietarios de la casa en la que viven. Ni burbuja ni pinchazo al estilo occidental. Algo bastante más raro.

Según la Oficina Nacional de Estadística china, en junio de 2026 la vivienda nueva bajó un 0,15% respecto al mes anterior en las 70 ciudades que se monitorizan, y la de segunda mano se depreció un 0,32%, más rápido que el 0,26% de mayo. De esas 70 ciudades, 50 siguieron en números rojos y solo 20 -entre ellas Shanghái y Cantón- lograron subir algo. Un país entero corrigiendo precios durante más de tres años seguidos y, pese a todo, sin que eso se traduzca en un país de inquilinos.

Un ajuste que explica por qué China es un país de propietarios

Que la caída sea tan larga no significa que sea brutal. El ajuste chino es lento y administrado, muy alejado del pinchazo repentino que vivió España. De hecho, hay un dato interesante: en las cuatro grandes metrópolis -Pekín, Shanghái, Cantón y Shenzhen- la vivienda usada llegó a subir un 0,3% en junio, encadenando ya cuatro meses seguidos de repuntes. Analistas de bancos como ING lo leen como un primer indicio, todavía frágil, de que los mercados más líquidos empiezan a tocar suelo. Eso retrata bastante bien el problema real: una China a dos velocidades, con las grandes ciudades estabilizándose mientras las de segunda y tercera fila, con exceso de pisos construidos y menos gente llegando a vivir en ellas, siguen tirando la media nacional hacia abajo.

La cifra del 90% no salió de la nada, es el resultado de treinta años de política deliberada. En 1989, antes de que el país liquidara su sistema de vivienda pública heredado del bloque soviético, solo la mitad de los urbanitas chinos tenía casa propia. Para 2017, esa cifra ya rondaba el 90%, según estudios basados en la Chinese Household Finance Survey. El Banco Popular de China ha llegado a hablar de un 96% en zonas urbanas.

Por poneros en contexto de lo lejos que queda eso de la norma mundial: Estados Unidos se mueve en torno al 65% de propietarios, y España, que presume de tener una cultura de compra muy arraigada, ronda el 75%. China no solo les gana, les saca varios cuerpos.

Detrás de esto hay una frase de Xi Jinping repetida hasta la saciedad desde antes de la crisis de Evergrande en 2021: "las viviendas son para vivir en ellas, no para especular". Y no se ha quedado en discurso. Pekín ha eliminado el tipo hipotecario mínimo, ha bajado la entrada exigida para una primera vivienda al 15% -frente al 25% en una segunda y hasta el 75% en una tercera-, y ha puesto sobre la mesa una línea de financiación de 500.000 millones de yuanes, unos 63.000 millones de euros, para que gobiernos locales y empresas públicas compren el stock sin vender y lo reconviertan en alquiler protegido o vivienda asequible.

Es justo la fórmula contraria a la española: en lugar de construir suelo nuevo para aliviar la presión, el Gobierno absorbe lo que ya está construido y no se vende. El parque de viviendas no desaparece, simplemente cambia de dueño. Pero cuidado, porque no toda "propiedad" es igual. Hay estudios recientes que distinguen entre tener una vivienda como inversión -que puede estar vacía o alquilada a otros- y tener la vivienda en la que realmente vives. Esa brecha ha crecido especialmente entre los jóvenes desde 2008. Y eso matiza bastante el dato de que el 70% de los menores de 35 años ya son propietarios: buena parte de esa generación llega a la propiedad gracias al llamado patrón de "6 carteras", es decir, padres y abuelos aportando la entrada, no por mérito propio.

El ladrillo representa en torno al 30% del PIB chino, y en los años de mayor expansión llegó a rozar una cuarta parte de toda la actividad económica solo contando la inversión inmobiliaria. Esa dependencia estructural explica por qué Pekín no puede permitirse un desplome brusco —la vivienda concentra la mayor parte del ahorro familiar— pero tampoco una recuperación especulativa que vuelva a inflar la burbuja. Necesita, literalmente, ir despacio durante años. Y de momento, los números dicen que lo está consiguiendo, aunque a un ritmo que ya empieza a ser el más largo de su historia reciente.

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