A mediados de los 60, China descubrió que estaba librando una guerra silenciosa. No era contra otro país o un conflicto social, era una batalla contra el desierto del Gobi y, lamentablemente para ellos, estaban perdiendo. Lo hacían a base de ver cómo la arena se iba comiendo sus terrenos agrícolas y llenando Pekín de polvo, así que en 1978 decidieron que ya estaba bien de tanta arena.
Para solucionarlo, idearon un plan mediante el que crear una inmensa barrera de 4.800 kilómetros de longitud en la que, a base de parches y franjas reforestadas, cubrirían el norte de China con un bosque. Lo llamaron la Gran Muralla Verde y, pese a su tamaño actual, aún quedan cerca de 24 años para verla terminada.
La Gran Muralla Verde de China
Del experimento se pueden extraer varias certezas. La más reciente es la del análisis de imágenes satelitales de la Universidad de Pekín, que revisaron la evolución de los bosques y descubrieron que este tipo de bosques plantados experimentaban un crecimiento de la masa foliar -cuánta hoja tapa el suelo visto desde arriba- un 66% más rápido que los naturales.
No sólo crecían más, lo hacían durante más tiempo, pero al llegar a cierto punto, entre los 30 y 40 años, alcanzaban un límite y empezaban a frenar. Por contra, los bosques naturales mantienen un crecimiento más lento y constante, pero lo hacen durante períodos mucho más largos que garantizan bastante más sus bondades a nivel de acumulación de carbono.
La segunda certeza es que, pese a lo bonito que queda sobre el papel decir que has frenado al desierto a base de plantar árboles, el logro de China no está ahí, sino en la organización y compromiso que ha asegurado un mantenimiento y riego intenso en la zona. Lo ha hecho, eso sí, después de no pocos fracasos a base de experimentar.
En zonas como Ningxia, en 1991 tuvieron que talar y quemar 24 millones de árboles porque habían creado una plaga por el tipo de árboles plantados. En otras como Jingbian, 20 años después de empezar a plantar habían perdido el 70% de los álamos que utilizaba el programa y, de rebote, los árboles habían agotado los recursos hídricos de la zona dejando una desertificación aún peor de lo que estaba.
Por último, las tormentas de arena siguen ahí y Pekín sigue amaneciendo cubierta de polvo de vez en cuando, demostrando que la batalla contra la naturaleza es una frente a la que siempre tenemos pocas posibilidades de ganar. Que la superficie desértica de China se haya movido del 27,33% al 26,8% en 10 años es menos llamativa que la idea de plantar 66.000 millones de árboles, pero también es una lección más útil y cruda de todo este experimento a gran escala.
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